No importa que nos odien siempre que nos teman

Por Paul Krugman, profesor de Economía en la Universidad de Princeton, Estados Unidos. © The New York Times, 2003 (EL PAÍS, 11/03/03):

“¿Por qué aprueba nuestro presidente la actitud fanfarrona y despectiva para con nuestros amigos y aliados adoptada por este Gobierno, incluso por sus más altos cargos? ¿Se ha convertido el oderint dum metuant en nuestro lema?”. Así se expresa en su carta de renuncia John Brady Kiesling, diplomático de carrera que recientemente ha abandonado el Servicio Diplomático en protesta contra la política del Gobierno de Bush. Oderint dum metuant se traduce, aproximadamente, como “no importa que odien siempre que teman”. Era uno de los dichos preferidos del emperador Calígula, y quizá parezca excesivo para describir la actual política estadounidense. Pero la crisis experimentada esta semana en las relaciones entre México y Estados Unidos -una crisis prácticamente silenciada al norte de la frontera- da a entender que es una descripción perfecta de la actitud de Bush hacia el mundo.

México es un aliado enormemente importante, no sólo por nuestra frontera común, sino también por su especial función como escaparate de los ideales estadounidenses. Durante siglo y medio, México consideró a su poderoso vecino -a menudo con razón- como un explotador, o incluso como un enemigo declarado. Sin embargo, desde el mandato de George Bush, Estados Unidos ha hecho grandes esfuerzos por tratar a México como a un aliado, y la reciente senda de estabilidad económica y democracia que ha emprendido este país es, y debería ser, fuente de orgullo a ambos lados de la frontera. Pero el asiento de México en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas le da un voto en la cuestión de Irak, y las amenazas que el Gobierno de Bush ha lanzado para conseguir ese voto están destruyendo rápidamente cualquier apariencia de buena voluntad.

La semana pasada, The Economist citó a un diplomático estadounidense que advertía que si México no votaba a favor de una resolución estadounidense, se podrían “provocar sentimientos” contra los mexicanos residentes en Estados Unidos. Comparó la situación con la de los estadounidenses de origen japonés que fueron internados después de 1941, y se preguntaba si México “quiere avivar los fuegos de la patriotería durante una guerra”. Unos comentarios increíbles, pero fáciles de rechazar siempre que el diplomático no fuera identificado. Después vino, el lunes, la entrevista del presidente Bush con la agencia Copley News Service. Aludió a la posibilidad de que se tomasen represalias si México no votaba lo mismo que Estados Unidos, diciendo: “No espero que haya unm castigo significativo del Gobierno”, resaltando la palabra “Gobierno”. A renglón seguido insinuó que, sin embargo, podría haber reacción desde otros círculos, citando “un interesante fenómeno que está teniendo lugar en Estados Unidos respecto a los franceses… una reacción violenta contra los franceses no fomentada por nadie más que por la población”. Y a continuación Bush dijo que si México u otros países se oponían a Estados Unidos, “habrá cierto sentido de la disciplina”.

Los siempre protectores medios de comunicación estadounidenses prácticamente no han prestado atención a estas declaraciones, que han creado una tormenta política en México. La Casa Blanca ha intentado frenéticamente dar marcha atrás, afirmando que cuando Bush hablaba de “disciplina” no estaba lanzando una amenaza. Pero en el contexto de la entrevista está claro que sí. Además, Bush no hablaba sinceramente al afirmar que la reacción violenta contra los franceses no estaba “fomentada por nadie más que por la población”. El mismo día en que apareció su entrevista, The Financial Times publicó el siguiente titular: “Hastert organiza las diatribas contra los franceses”. Se refiere a Dennis Hastert, portavoz de la Cámara de Representantes. De hecho, el sentimiento antifrancés ha sido cuidadosamente fomentado por los altos cargos republicanos, el imperio de las comunicaciones de Rupert Murdoch y otros aliados del Gobierno. ¿Se puede culpar a los mexicanos por interpretar las declaraciones de Bush como una amenaza de que lo mismo se hará contra ellos?

Por tanto, oderint dum metuant. Yo podría hablar de la estupidez de una intimidación tan descarada, o sobre los increíbles riesgos que puede suponer en una sociedad multiétnica, multirracial, el que uno insinúe siquiera la posibilidad de que se fomente una reacción violenta contra los hispanos. Y sí, quiero decir hispanos, no mexicanos: una vez desatados los sentimientos, ¿creen ustedes realmente que la gente preguntará amablemente a alguien con tez oscura y acento hispano si es ciudadano y, si no, de qué país procede? Pero mi reacción más intensa a esta historia no es ira por la estupidez y la irresponsabilidad del Gobierno, ni siquiera consternación por la destrucción despreocupada de amistades que tanto ha costado conseguir. No. Cuando leo una entrevista en la que el presidente de Estados Unidos se comporta en opinión de todo el mundo como el malo de una película de serie B -“Tienes familia en Tejas, ¿no?”-, lo que siento, ante todo, es vergüenza.

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