No, la rectora de Harvard no ha sido víctima de una cacería conservadora

La expresidenta de la Universidad de Harvard, Claudine Gay, durante su audiencia ante el Congreso de los Estados Unidos, el pasado viernes en Washington DC. Ken Cedeno / Reuters
La expresidenta de la Universidad de Harvard, Claudine Gay, durante su audiencia ante el Congreso de los Estados Unidos, el pasado viernes en Washington DC. Ken Cedeno / Reuters

Claudine Gay, exrectora de Harvard, dijo que pedir a gritos el genocidio de los judíos no infringía el código de Harvard contra el acoso en el campus, y sus propios compañeros han confirmado que plagió párrafos enteros de sus publicaciones académicas.

A Claudine Gay la han despedido como decana por el segundo motivo, no por el primero.

Ambos son hechos probados. En su campus, los manifestantes propalestinos llevan acosando a estudiantes judíos desde octubre. Y hace años, Gay plagió.

Algunos donantes ya habían amenazado con retirar sus dádivas a instituciones que, como Harvard, legitiman la matanza del 7 de octubre ejecutada por los terroristas de Hamás. Sólo hacía falta un empujoncito más.

Este es el resumen de lo sucedido.

Pero cualquiera que lea este titular de la prestigiosa agencia de noticias Associated Press (AP) pensará que Gay ha sido la víctima inocente de un linchamiento por parte de los conservadores estadounidenses:

Las acusaciones de plagio derribaron a la decana de Harvard. Un ataque conservador contribuyó a avivar la indignación.

Sólo dos frases han necesitado los autores del titular para hilar consecuencia y causa, la menos periodística de las cinco W, y quebrantar los principios del propio libro de estilo de AP, donde se lee: "Aborrecemos las inexactitudes, los descuidos, los prejuicios o las distorsiones".

El asunto es aún más grave. Este titular es una rectificación de otro anterior, que rezaba (religiosamente): "La dimisión de la decana de Harvard pone de relieve la nueva arma conservadora contra las universidades: el plagio".

Los medios y las redes sociales se han lanzado a la yugular de AP. Cuesta discernir cuál de los dos titulares es más deplorable, si el original o el corregido. El primero da por hecho que el plagio no está tan mal. Y cuesta añadir algo más a la evidente ruptura con el principio de neutralidad.

Analicemos el segundo, que es el supuesto remedo.

Dicen los autores que han sido las acusaciones de plagio, no las pruebas que han hallado los propios investigadores de Harvard, lo que ha hundido a Gay. Si solamente escribimos "acusaciones", entendemos que los autores no creen en las evidencias académicas presentadas y confirmadas contra Claudine Gay.

Para afianzar su teoría de causas y consecuencias, los periodistas Collin Binkley y Moriah Balingit, especializados en temas de enseñanza, entrevistan a varios miembros de la comunidad académica que aseguran que los republicanos están usando el plagio, ampliamente extendido en el sector, según ellos mismos reconocen, como un arma arrojadiza contra la "ideología DEI" (diversidad, igualdad e inclusión, sinónimo de woke), en la elitista Ivy League. Allí un curso académico ronda los 50.000 dólares.

Los editores de AP siguen sin tener problema alguno con los plagios de Gay.

Acaban así, de un plumazo, con décadas de filtraciones interesadas que, una vez verificadas, han alimentado un periodismo que ha hecho historia. Empezando por el propio caso Watergate, que fue enteramente filtrado al Washington Post por un alto cargo cabreado tras no haber sido ascendido.

Esto nunca fue un problema. Los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, lograron la gloria a fuerza de verificar lo que les susurraba el entonces subdirector del FBI, William Mark Felt, alias Garganta Profunda. Pero él exigió anonimato. Los hechos probados de la trama de espionaje ilegal acabaron con la presidencia de Richard Nixon en la década de 1970.

Pero la transparencia con las fuentes, que cabreados conservadores con nombres y apellidos destapen públicamente un escándalo en las universidades más caras del mundo, sí es un problema. La dictadura del bien es una religión intocable.

El artículo pasa de puntillas por el origen cronológico de los verdaderos problemas de Gay, que se iniciaron el martes 5 de diciembre.

Gay tuvo que rendir cuentas en una audiencia en el Congreso, junto a las decanas de la Universidad de Pensilvania, Elizabeth Magill, y la del MIT, Sally Kornbluth, acerca del acoso en sus campus contra estudiantes judíos.

Las tres decanas reconocieron que hubo acoso. Tanto, que aseguraron que estaban tomando medidas que incluían incrementar la seguridad y facilitar terapia psicológica a las víctimas, según explica aquí también AP.

Sin embargo, las decanas dudaron ante la insistente pregunta de la congresista republicana Elise Stefanik: "¿Pedir el genocidio de los judíos viola los códigos de conducta de sus universidades?".

Su respuesta fue tan tibia que Magill tuvo que dimitir el 11 de diciembre.

Gay opinó que "es una decisión que depende del contexto". En su mensaje inicial, indicó que le resultaba difícil mantener un equilibrio entre la libertad de expresión (más de unos que de otros) y la seguridad y la inclusión (ídem).

"La respuesta correcta obvia es que los llamamientos al genocidio de judíos, palestinos, sudaneses del sur, rohinyá o cualquier otro grupo son viles y no tienen cabida en Harvard", explica Eugene Robinson en el Post.

Eso, más o menos, escribió Gay retractándose al día siguiente de la audiencia. Pero ya era tarde.

AP ha cubierto todos los aspectos de esta controversia, hasta el punto de publicar un fact check el 1 de noviembre en el que aseguraba que los cantos genocidas habían sido "malinterpretados".

Según el autor de esta verificación, Philip Marcelo, los manifestantes propalestinos cantaban "Israel, te acusamos de genocidio". A la luz de los acontecimientos, suena un poco al "me gusta la fruta" de Isabel Díaz Ayuso.

AP aporta varias pruebas visuales de esa malinterpretación, centradas en los cantos genocidas, pero no en otros aspectos del acoso a los judíos. Tal vez entre el 1 de noviembre y el 5 de diciembre, fecha de la audiencia en el Congreso, sucedió algo más que se nos haya escapado, porque ninguna de las decanas negó los cantos genocidas.

Solamente Kornbluth, que es judía, dijo que ella "no los había escuchado". Ni mención al fact check de AP.

Es preocupante la deriva de esta agencia centenaria, cuyos ejemplares estándares periodísticos se sostienen en el propio modelo de negocio de la agencia. Una cooperativa sin ánimo de lucro cuyos miembros son los principales medios anglosajones.

La diversidad editorial (ideológica) de estos miembros es lo que garantizaba, hasta ahora, la neutralidad de AP y el énfasis tajante en evitar la opinión en sus contenidos. Cualquier adjetivo se miraba con lupa.

Que AP haya cedido en ese aspecto tan fundamental es una prueba más de que sus miembros han sucumbido a los encantos de la Ivy League también a la hora de contratar a sus periodistas. Un larguísimo texto de James Bennet, exdirector de opinión de The New York Times, explicaba con gran detalle autoexculpatorio la deriva identitaria de una redacción criada en la Ivy League. Una redacción amotinada contra cualquier disensión con las creencias woke y contra la que él, pobre, nada pudo hacer.

A la espera de que dimita la tercera decana, Gay se ha quejado públicamente de ser objeto de racismo. Sus alumnos judíos no lo eran. Sólo estaban recibiendo su merecido porque Israel bombardea Palestina. En la simplista visión woke, esos alumnos representan a un gobierno.

El periodismo y la educación, dos pilares fundamentales de la democracia, han sido secuestrados por una generación que aborrece la igualdad de derechos y que cree que la venganza histórica justifica a los terroristas de Hamás que el 7 de octubre torturaron, violaron y asesinaron a 1.400 ciudadanos israelíes.

Las acusaciones de racismo de Gay se pueden poner en contexto gracias a Ayaan Hirsi Ali, la valiente investigadora de origen somalí de Stanford, que ha denunciado que la decana plagió de otros académicos negros, como Carol Swain o Roland Fryer, cuya investigación negaba evidencias de sesgo racial en los tiroteos policiales en Estados Unidos.

La prensa socialdemócrata española se ha aferrado al clavo de AP y a la confabulación conservadora contra la santidad de Gay y sus acólitos de la élite millonaria demócrata. Sus escribas teclean "supuesto antisemitismo", "supuesto plagio" y "supuestos plagiados".

Que los conservadores estén llevando a cabo "una guerra más amplia contra la fe pública en los pilares de la sociedad democrática" es un mal que por lo visto hay que frenar, no sea que algún wannabe blanco quiera llegar al poder en un país democrático tras haber plagiado parte su tesis y usado un negro para escribir sus memorias.

Marga Zambrana es periodista, corresponsal en China desde 2003 y en Oriente Medio desde 2013.

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