No la tomen con los judíos

Por Marwan Bishara, profesor de la Universidad Norteamericana de París (LA VANGUARDIA, 24/10/03):

No queda más remedio que mover de un lado a otro la cabeza en señal de escándalo y frustración al oír las palabras del primer ministro malasio, Mahatir Mohamed, quien ha acusado a los judíos de controlar el mundo por delegación, al tiempo que –en la reciente reunión anual de la Organización de Estados Islámicos– ha pedido a los representantes de 1.300 millones de musulmanes que se opongan a la amenaza judía internacional, si bien no de forma violenta. Designar el mundo judío como “el enemigo” resulta insidioso y censurable desde el punto de vista moral. Es una manera cómoda de eludir encararse con los auténticos desafíos procedentes de Estados Unidos y de Occidente en general. En lugar de buscar una nueva senda a fin de afrontar las peligrosas perspectivas erróneas sobre los musulmanes posteriores al 11-S, el discurso de Mohamed agravará aún más las tensiones religiosas y la inestabilidad geopolítica.

Sus declaraciones resultan todavía más sorprendentes si se consideran sus 22 años de notable trayectoria como estadista moderno, en los que ha situado a Malasia en el lugar número 17 del comercio mundial, y que ha propuesto numerosas ideas inteligentes y audaces sobre el desarrollo del Tercer Mundo. Deberían ocurrírsele mejores ideas que la de utilizar a los judíos como chivo expiatorio de los problemas de los musulmanes, un recurso que suena a falso.

Incluir en el mismo cesto a todos los musulmanes y a todos los judíos considerándolos políticamente iguales o idénticos resulta, en el mejor de los casos, erróneo. En Estados Unidos, por ejemplo, las voces judías críticas respecto a la política exterior estadounidense se elevan sobre la mayoría del resto. Y en Israel un número creciente de judíos israelíes se opone a la política de ocupación de su país y apoya el derecho de autodeterminación de los palestinos. Las declaraciones de Mohamed no hacen más que socavar los notables y denodados esfuerzos de los judíos que no se consideran representados por el Gobierno de Israel y perjudican la lucha justa del pueblo palestino.

La energía de la causa palestina brota de un derecho universal a la libertad respecto de la ocupación y el colonialismo. No se trata de un conflicto religioso entre musulmanes y judíos. Recuérdese, a propósito: Israel fue fundado por menos del 3% del pueblo judío, en tanto que Palestina resultó traicionada por más del 50% de los dirigentes árabes y musulmanes. Tales dirigentes han traicionado los intereses de su nación por treinta monedas de plata. Muchos han consentido la presencia incondicional de las fuerzas armadas norteamericanas en su territorio y han vuelto la espalda a Palestina prefiriendo relaciones más intensas de carácter bilateral con Washington. Inflamar el fervor religioso musulmán atacando supuestas conspiraciones judías es una táctica que no solucionará sus problemas. Los argumentos ideológicos de la Administración Bush obedecen a intereses geoeconómicos y geoestratégicos que sobrepasan toda posible influencia judía.

Sería absurdo negar el hecho de que los grupos de presión proisraelíes ejercen una influencia considerable en Estados Unidos (y, en menor grado, en Europa) con relación a la política exterior en Oriente Medio. Sin embargo, sus esfuerzos se ven fundamentalmente coronados por el éxito por sus lisonjas a la política exterior norteamericana y por ser consecuentes con su carácter hegemónico mundial. La cuestión relativa de quién manda a quién en las relaciones norteamericano-israelíes ha concitado la atención de numerosos observadores en la región a la vista del sin par respaldo norteamericano al “Estado judío”. Numerosas personas, como el primer ministro malasio, piensan que Israel y su grupo de presión judío ejercen un grado desproporcionado de influencia sobre el proceso de adopción de decisiones de Estados Unidos al apoyar y financiar sus iniciativas diplomáticas al tiempo que dañan las de quienes se oponen a un apoyo enérgico a Israel. La falta de interés de los norteamericanos en materia de política exterior refuerza tal inclinación. Otros consideran que la política de Estados Unidos favorable a Israel obedece a un toma y daca por el importante papel estratégico que desempeña este país como aliado en una región hostil a sus intereses. Israel, a quien la administración Nixon consideró en su día “policía de la región” y la de Carter “factor influyente en la región”, fue designado “recurso estratégico” contra el “imperio del mal” soviético por parte de la administración Reagan. Israel, tras el 11-S, surgió como el aliado más fiel de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo.

Si por una parte puede apreciarse un amplio grado de verdad en ambos puntos de vista, hay que añadir que no son mutuamente excluyentes. Ni tampoco justifican las alusiones a la influencia o predominio judío. De hecho, Israel ha dependido gradualmente de forma descarada de Washington mientras Estados Unidos avanzaba al compás de un mayor compromiso a propósito de una tierra prometida para los judíos en el lugar donde viven más judíos del mundo, incluido Israel.

Cada vez que han chocado los intereses norteamericanos e israelíes, Israel se ha retirado en favor de la influencia imperial norteamericana. Ya se trate de vender armamento sofisticado a países vecinos de Israel o de exigir a éste la retirada de territorios árabes ocupados, Estados Unidos consigue lo que quiere. Washington posee muchos aliados poderosos en el mundo y es la sede de más de 80.000 grupos de presión registrados en su territorio. El factor que incrementa la influencia proisraelí en el mundo es la ausencia de siquiera un puñado de grupos de presión árabes así como la carencia total de una estrategia árabe común dotada de significado con relación a Washington e Israel.

Israel y sus grupos de presión judíos parecen realmente encabezar en ocasiones el conflicto con los musulmanes. Sin embargo, como pude saber por una anécdota que recogí recientemente al leer un texto judío, si un perro se adelanta a su dueño (sin dejar de ir a su lado) tal cosa no implica que el perro lleve las riendas de la situación: tan sólo significa que sabe adónde se dirige su dueño y se sitúa un paso por delante mientras su corazón le salta en el pecho.

Si el dirigente malayo u otros dirigentes tienen alguna diferencia con Estados Unidos o con Europa, deberían tener la valentía de asumirla de acuerdo con sus respectivos gobiernos en lugar de tomarla con los judíos.