No más cumbres, por favor

Los presidentes de Perú, Martín Vizcarra; Colombia, Juan Manuel Santos; Chile, Sebastián Piñera; México, Enrique Peña Nieto, y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, en la VIII Cumbre de las Américas, el 14 de abril de 2018 Credit Reuters
Los presidentes de Perú, Martín Vizcarra; Colombia, Juan Manuel Santos; Chile, Sebastián Piñera; México, Enrique Peña Nieto, y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, en la VIII Cumbre de las Américas, el 14 de abril de 2018 Credit Reuters

La Cumbre de las Américas, el encuentro de los líderes del continente para debatir problemas compartidos, tuvo una vida breve: inició el viernes 13 y terminó el domingo 15 de abril. Pero el ataque a Siria del viernes por la noche marcó su final como noticia. Incluso antes, el anuncio de la ausencia de Donald Trump fue un golpe para el espectáculo. El hombre que huye por igual de una prostituta que de un exdirector del FBI era una garantía para el espectáculo y, a última hora, dejó a los medios con los crespos hechos.

Al final de la cumbre, la corrupción y la gobernabilidad terminaron reducidas a un documento, a una sala más en el estéril museo de los buenos propósitos. Tampoco hubo consenso frente a las próximas elecciones venezolanas, a celebrarse el 20 de mayo. Solo quedaron declaraciones más o menos predecibles: dieciséis países firmaron la Declaración de Venezuela, en la que hacen un “llamado urgente” a Maduro para que las elecciones sean limpias. Excusas conocidas, promesas renovadas.

El sentido común dicta que no es conveniente organizar una fiesta con los tipos más cuestionados o menos queridos del barrio. Pero peor aún es, encima, publicitar la celebración, difundir fotos y videos de este grupo sonriendo, repitiendo en voz alta cosas que ya ha dicho antes y festejando como si en sus respectivas casas no estuviera pasando nada. ¿Para qué sirven las reuniones internacionales de presidentes? ¿Qué queda de la edición más reciente de la Cumbre de las Américas?

El tema oficial de la VIII reunión de mandatarios de todo el continente americano era la “gobernabilidad democrática frente a la corrupción”. Y el encuentro se dio en Perú, un país cuyo presidente debió renunciar apenas un poco antes, precisamente debido a un escándalo de corrupción y soborno. En un acto de coherencia involuntaria, el anfitrión quiso estar acorde con el tema planteado y se retiró de la fiesta antes de que lo sacaran. Después de verse implicado en el escándalo de la constructora brasileña Odebrecht, el expresidente Pedro Pablo Kuczynski dejó la presidencia y el vicepresidente, Martín Vizcarra, tomó su lugar. Pero su caso no es único.

Una buena parte de los mandatarios que acudieron a la cumbre han tenido o tienen que lidiar con escándalos similares. Hace apenas dos años, cuando su popularidad estaba mejor, ya el 72 por ciento de los mexicanos percibía a Enrique Peña Nieto como un presidente corrupto. En estos momentos, solo puede llegar al final de su mandato jugando a la defensiva. Michel Temer es otro caso emblemático: se mantiene en la presidencia gracias al control que tiene del congreso brasileño. Así ha logrado bloquear las repetidas denuncias por corrupción que ha presentado en su contra la Fiscalía General del Brasil. Igual podrían señalarse los casos de Orlando Hernández en Honduras o de Daniel Ortega en Nicaragua. Hacia donde se estire la mirada, la relación entre corrupción y política aparece como una realidad terrible. Más que debates, se necesitan acciones urgentes.

Este es posiblemente uno de los mayores fracasos de la reciente historia política del continente. Los gobiernos, supuestamente renovadores, que llegaron invocando a la izquierda y anunciando cambios radicales, terminaron repitiendo de la misma forma —o aún peor— las prácticas corruptas del pasado. La imagen de Lula en una celda es un duro retrato de ese descalabro. El dinero de Odebrecht fue lo que realmente se movió a través de las venas abiertas de América Latina.

Visto desde esta perspectiva, parece entonces un poco absurda toda la maniobra de impedir que Nicolás Maduro asistiera a la cumbre. Lo ideal, realmente, habría sido lo contrario: tenerlo como invitado de honor. Si alguien puede hablar de corrupción y gobernabilidad es el presidente de Venezuela. Según ha confesado Mónica Moura, una publicista brasileña, Maduro le entregó 11 millones de dólares como parte del pago de su trabajo para la campaña presidencial de Hugo Chávez. También el expresidente de Odebrecht en Venezuela, Euzenando Prazeres de Azevedo, declaró que financió con 35 millones de dólares la campaña de Maduro en 2013.

Por otro lado, en rigor, Venezuela era el tema no oficial pero sí protagónico de la cumbre. La crisis del país petrolero se ha internacionalizado y se ha convertido en un conflicto de la región. Es un problema físico para todos los demás países —con un éxodo migratorio que en los últimos dos años ha llevado a un millón de venezolanos a huir de su país— y una situación cada vez más difícil de manejar. Si la idea era presionar al gobierno de Venezuela para que acepte la ayuda humanitaria y unas elecciones realmente transparentes y equilibradas, también habría sido mucho mejor tener ahí enfrente al mismísimo Maduro: encararlo y cuestionar su legitimidad le habría dado, además, algo de legitimidad a la cumbre.

¿Qué se puede debatir o acordar sobre gobernabilidad y corrupción en tres días llenos de protocolos diplomáticos, sesiones de fotos y declaraciones oficiales a la prensa? ¿Acaso es posible lograr algún tipo de eficacia? No. Por supuesto que no. Lo que está en discusión, después de los días de la cumbre, es más bien la eficacia del espectáculo.

Un temblor recorre toda la región: la crisis de la representación política. En América Latina la pobreza, la violencia y la impunidad permanecen, y los mesías provisionales y desechables se multiplican. Mientras la sociedad civil, a pesar de todos los problemas, crece y se fortalece, ocupa más espacios y tiene cada vez más exigencias, el liderazgo político parece quedarse cada vez más rezagado. La antipolítica amenaza con convertirse ahora en un fenómeno religioso. Los showmen y los predicadores, con la formación de su propia telegenia, quieren ser los protagonistas de la gestión pública. Cualquiera puede ser político menos los políticos.

Los líderes fraguados en las luchas sociales, los militantes del partido y los funcionarios caminan sin equilibrio sobre su propia fragilidad. No más cumbres, por favor. Es hora de reinventar la política.

Alberto Barrera Tyszka es escritor y colaborador regular de The New York Times en Español. Su novela más reciente es Patria o muerte, recientemente traducida al francés en Gallimard.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *