No me da la vida

Con la vuelta al cole y la irrupción de los coleccionables inútiles, septiembre tiene algo de Año Nuevo con sus propósitos de enmienda, y tal vez por eso el domingo recibí el ‘e-mail’ de un amigo en el que nos comunicaba a unos cuantos colegas su decisión de prescindir en adelante tanto de Twitter como de WhatsApp por el tiempo que depredan. Que lo llamemos por teléfono. «Me parece más importante -proseguía el correo- escuchar la voz de la persona con la que conversas en toda su amplitud de tonos. Creo que invierto en calidad de vida, pero no tengo todas las respuestas; el tiempo, sí». Uno de esos mensajes para reflexionar.

Razón no le falta a mi querido amigo. Se supone que las nuevas tecnologías nacieron para facilitarnos la vida y hacernos más eficientes, pero han acabado generalizando la sensación colectiva de que el tiempo es un bien cada vez más escaso. Una experta en informática norteamericana calculó que cada 11 minutos algo nos interrumpe en la oficina -una llamada de teléfono, la entrada de un ‘e-mail’, el bip de un nuevo mensajito-, de manera que al final las tareas han de acometerse con más angustia. Lapsos de concentración tan cortos no favorecen la profundidad de pensamiento, de la misma forma que la sobreinformación dinamita por empacho la capacidad crítica.

Aunque en la época del nanosegundo permanecemos conectados las 24 horas del día los siete días de la semana, las nuevas tecnologías solo son parte del síntoma. «No me da la vida», «necesito desconectar», «llego tarde a todo», «a ver si nos tomamos un café» (nunca consumado) constituyen frases que se escuchan a diario, referidas al trabajo y a la vida doméstica. Pasados de rosca, como el Conejo Blanco de ‘Alicia en el país de las maravillas’, proseguimos en una carrera a veces sin sentido, extenuante, que transforma el cuerpo en un estorbo. ¿Un resfriado? Bah, quién tiene tiempo para eso. La quietud se ha vuelto sospechosa, a pesar de que un cerebro agobiado es tan creativo como el hámster en la noria.

El filósofo Byung-Chul Han, profesor coreano afincado en Berlín, clavó el diagnóstico en un libro tan breve como intenso titulado ‘La sociedad del cansancio’: el imperio del trabajo y el desempeño en que vivimos nos han convertido en amos y esclavos al mismo tiempo, de suerte que acabamos explotándonos a nosotros mismos sin que otro nos fustigue. Ni la más perversa pesadilla de Marx habría pergeñado un capitalismo tan compacto.

Sobre esta nueva forma de alienación, la periodista norteamericana Brigid Schulte publicó hace un par de años el revelador ensayo ‘Overwhelmed: work, love and play when no one has the time’ (podría traducirse como ‘Abrumados: trabajo, amor y juegos cuando nadie tiene tiempo’). Empezó a escribirlo muy cabreada. Resulta que por encargo de ‘The Washington Post Magazine’ fue a entrevistar a un experto en el manejo del tiempo, quien le aseguró que los estadounidenses disponen ahora de 30 horas más de ocio semanales que hace tres décadas. ¿Cómo? Ella, con dos hijos por criar y un trabajo exigente, se mordía los puños, pero se comprometió a investigar el asunto a fondo.

El gurú tenía razón. Disponemos de más tiempo libre, sí, pero del que ella denomina «tiempo contaminado», esos momentos en que, aun no realizando trabajo remunerado, la cabeza sigue haciendo malabarismos con las tareas pendientes y no está ni aquí ni allí, ni descansa ni rinde. Aunque no hace distingos de género, la epidemia del «tiempo sucio» se ceba en las mujeres, sobre todo en las madres; parece que los hombres saben compartimentar mejor o bien han aprendido a escabullirse como anguilas del fregado familiar.

La autora ofrece algunas sugerencias para salir del marasmo, que pueden parecer consejos facilones de autoayuda pero resultan eficaces en su sentido común: escribir listas y aceptar que nunca se llegará hasta el final, incluir en la agenda pausas de descanso limpias, dispersar la ambigüedad con objetivos muy claros, dejar que la casa se ensucie un poco (dice Schulte con mucha gracia que la suya no se parece en nada a la de la serie ‘Downtown Abbey’, con esa tropa de sirvientes). La clave está en priorizar, en ser capaces de discernir lo urgente de lo importante.

Pautas para seguir a nivel individual, de acuerdo, pero también viene siendo urgente un cambio radical de paradigma en lo colectivo, repensar los valores tanto en casa como en el mundo laboral. Aparte de la necesidad de establecer medidas concretas que faciliten la conciliación, en el trabajo pervive una mentalidad obsoleta según la cual el mejor empleado es quien permanece más horas pegado a la pantalla, aunque medio a escondidas esté jugando a los caramelos del Candy Crush. Además, todavía sigue pareciéndonos «rarito» o remiso el hombre que recoge a los críos en el cole o asume la reducción de jornada.

Se embosca ahí una pequeña/gran revolución con derivaciones políticas que tal vez nos toca encabezar a las mujeres.

Olga Merino, periodista y escritora.

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