No me encantan los cuentos de hados

No me encantan los cuentos de hados, ni me fascina la literatura de fantasía, ni me convence la ciencia ficción. El arte exige disciplina y un género que se permite cualquier invento de magia es tan irritante como una ópera de esas que divertían a las cortes aristócratas del siglo XVII, llena de intervenciones de dioses que dan vueltas al argumento y giros al cerebro del espectador. Pero sé que las fantasías son ficciones de gran alcance popular, que reflejan realidades sociales. Pienso en El señor de los anillos, escrito por Tolkien frente a los gigantes del totalitarismo; o en las Crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, que son una llamada a le fe religiosa entre los apuros de la vida, la injusticia del mundo, los vicios humanos y esa credulidad cientista que se viste de escepticismo, como un demonio disfrazado. Ambos autores eran profesores de literatura de la Universidad de Oxford, ciudad de prodigios, universidad soñada, donde, en una generación anterior, el matemático Charles Dodgson puso a la pequeñita Alice por el espejo, o la guió por una conejera hacia un madriguero de maravillas. En tal atmósfera, entre las almenas somnolientas, los mundos imaginados se conjuran y realidades y fantasías se confunden.

J. K. Rowling, en cambio, procede de un ambiente muy distinto al que nutrió a esas imaginaciones oxonienses: una burguesa de educación relativamente modesta, quien, de hecho, suspendió en los exámenes de ingreso a Oxford. En lugar de las torres de marfil habitadas por Dod-gson, Tolkien y Lewis, Rowling escribió el primer tomo de la serie de Harry Potter en un café de chicha y nabo para ahorrar el coste de la calefacción en casa. Si no he leído sus novelas, confieso que será a lo mejor por esnobismo intelectual. Leí las de los fantasistas de Oxford por compartir sus moradas, seguir sus trayectorias vitales, trabajar en las mismas bibliotecas, caminar por los mismos senderos y conocer a gente que les habían conocido. En el caso de Rowling, en cambio, me pareció que algo tan popular para quedar con cuatrocientos millones de libros vendidos, y no sé cuántos millones de lectores, debía de ser vulgar, cursi o dócil.

Para saber el significado moral o político de Harry Potter y sus amiguetes, se lo pregunté a mis alumnos. «Es que esos cuentos no significan nada», me aseguraron. «Son literatura de escape, pastiches de lo juvenil de siempre. Nos divertimos leyéndolos de chiquitines y ya está». Y me quedé contento. Ahora, empero, acabo de encontrar un ensayo de una profesora norteamericana que explica, de forma tan fehaciente como perturbadora, la realidad social que Rowling refleja. Había leído todos los capítulos que me interesaban en el último tomo de Aventuras con Britania, la serie admirable de contribuciones al seminario de estudios británicos dirigido por William Roger Louis, de la Universidad de Texas, donde, por ejemplo, Geoffrey Wheatcroft desmitifica el rol de la señora Thatcher (resulta que odiaba al presidente Reagan y que simpatizaba con los pobres). Pero el tomo se quedaba allí, al lado de mi cama, reprochándome por no haberlo leído entero. Una mezcla de insomnio e indiferencia me llevó a ojear el capítulo dedicado a Harry Potter por Susan Napier, profesora de Tufts University, especializada en literatura juvenil japonesa. No tenía yo grandes perspectivas de encontrar algo interesante; tal vez una de esas investigaciones ridículamente solemnes y polisilábicas que suelen escribirse en universidades norteamericanas. Pero me di cuenta enseguida de que la señora Napier comprendía entrañablemente a Harry Potter. Desvela un mundo mucho más interesante que lo que yo había pensado mediante un estudio minuciosamente comparado con otros clásicos juveniles.

Como ya sabe todo lector -y cuanto más joven, mejor lo sabe – la primera regla que exige la literatura juvenil es expulsar a los adultos. Los niños, que saludablemente quieren rechazar a sus padres y escapar de su tutela, aman libros que prescinden de la presencia de los adultos y trasladan a sus pequeños héroes a mundos de aventuras sin límite ni frontera. Pero según la señora Napier, Harry Potter va más allá. En el mundo secreto que se encuentra detrás del andén número 9 de la estación londinense de King’s Cross, no existe ninguna figura de autoridad. En la Middle Earth de Tolkien había un tal Gandalf, brujo sabio que aconsejaba a los protagonistas. En la Narnia de C. S. Lewis, los niños tropezaron con Aslan, el león divino, cuyo evangelio encarna toda verdad. En el País de Maravillas, Alicia cuenta con la ayuda de la sagaz oruga, que le explica el uso de las setas mágicas. Las intervenciones de aconsejadores misteriosos guían también a los protagonistas juveniles de las novelas fantásticas de los autores españoles Juan José Merino y Javier Negrete. Hasta la Caliandra de Laura Gallego tiene su maestre Belban.

En el Hogwarts de J. K. Rowling, mientras tanto, no hay nadie con quien contar, sólo los fieles compañeros de clase. Si el relato de la señora Napier es cierto, todas las supuestas autoridades, poco a poco, se deshacen, y toda seguridad se desmantela. El maestro Lupin, idealizado en algún momento por Harry, resulta ser un hombre lobo. Sirius, el padrino de Harry, es inepto e incapaz. El gran maestrescuela, Dumbledore, supuestamente objetivo y moralmente superior, que al principio parece el tipo de mentor ideal que Harry va buscando, se devela como egoísta, explotador y manipulador de los demás. Lo normal en la literatura juvenil tradicional es que los huérfanos redescubran a sus padres o encuentren a quienes les amen y cuiden. En Harry Potter, en cambio, Harry acaba contento de ser huérfano, y Hermione, la compañera de sus aventuras, renuncia a sus propios padres para ser, desde luego, huérfana digamos optativa. Harry tiene que inventar su propio patrono, un ciervo mágico que procede de su imaginación.

Me pregunto si esa narración desengañadora y subversiva es la clave para comprender la popularidad de Harry Potter. Habitamos un mundo de autoridades en decadencia. Los padres han dejado de disciplinar a sus hijos y prefieren calificarse de amigos relativamente maduros. Los profesores de cole -que en mi niñez se comportaban como reyes en sus aulas, donde había que obedecerles o sufrir consecuencias graves- se han convertido en pequeños funcionarios mal pagados y moralmente desdeñables, a quienes no se les permite ni sancionar a los alumnos. Ya no admitimos la gerontocracia. A los ancianos, antiguamente reverenciados por la madurez de sus conocimientos del mundo, les proponemos la eutanasia o el suicidio asistido. Descartamos las tradiciones. De los sacerdotes, ni hablar: hasta el sacramento de confesión, si se practica, ya se parece más a una conversación entre iguales que al juicio portentoso que solía infligirse en el confesionario. Los expertos académicos han sacrificado su propia credibilidad, vendiendo sus opiniones en el mercado. El debate entre intelectuales se ha transformado en una especie de entretenimiento, al nivel de una telenovela o un partido de fútbol. Seguimos consultando a médicos, pero sin fiarnos de su diagnóstico, que se corrige consultando sitios web. No respetamos a los políticos, ni a los oficiales de las fuerzas armadas, ni siquiera a las familias reales. Por fantástico que sea el mundo creado por J. K. Rowling, refleja un aspecto inquietante de nuestra realidad.

¿Qué será de un mundo desprovisto de autoridad? Me parece bien descartar las supuestas autoridades que resultan ser indignas. No hay que respetar a un anciano por ser viejo, sino por ser auténticamente sabio; ni a un profesor por ser profesor, sino por cumplir bien con su obligación de docente; ni a un político por ser político, sino por comportarse honradamente; ni a un juez por ocupar su sitio, sino por ejercer debidamente. Pero, a fin de cuentas, la deferencia hacia la autoridad genuina es parte del pegamento de la sociedad. Al final de la serie de Harry Potter, el mundo mágico termina en ruinas, poblado de muertos, dejando traumatizados a Harry y sus amigos. Esperamos que J. K. Rowling no sea la profeta de ese otro mundo desprovisto de autoridad que habitamos nosotros.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad Notre Dame (Indiana).

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