“No me toques el domingo”

Francia vive de nuevo una de esas guerras intestinas que tanto adora. Un debate social se ha desatado hace poco sobre el hecho de saber si los comercios deberían o no estar abiertos los domingos.

El caso ha llegado al primer ministro, Jean-Marc Ayrault, que se ha reunido con los cuatro ministros afectados por este sector. Dos empresas abanderadas del bricolaje (Castorama y Leroy Merlin) habían sido conminadas a bajar las puertas el domingo por la denuncia de uno de sus competidores (Bricorama) que no podía abrir. Ambas empresas prefirieron pagar una multa de 120.000 euros por almacén para poder acoger clientes el domingo.

A finales de noviembre el expresidente de Correos, Jean-Paul Bailli, hará público un informe sobre el tema. En la petición sobre el trabajo a realizar se pone como objetivo que “la prohibición (de abrir) debe seguir siendo la regla general pero la cuestión de la excepción a este principio merece ser examinada”. Será difícil ponerse de acuerdo sobre ello. En un país de tradición católica como es Francia la regla es, en efecto, que del domingo está destinado al descanso, eventualmente a la misa y a la familia. Se trata de permitir a los asalariados hacer una pausa para recobrar su fuerza de trabajo, hacer deporte, alimentar sus relaciones familiares, el tejido asociativo, etcétera. En el 2008 una proposición de ley quiso levantar los obstáculos a la apertura de comercios en domingo, pero las excepciones que contemplaba venían a complicar más el problema que a simplificarlo. Algunos almacenes pueden abrir, algunas zonas están abiertas en domingo, otras no. En dos palabras, nadie se aclara. Cuando Nicolas Sarkozy quiso, en el año 2009, devolver a los franceses la libertad de consumir o de trabajar en domingo, la oposición más fuerte le vino de su propio campo político. Cincuenta y cinco diputados lanzaron una petición contra su presidente titulada: “No me toques el domingo”. Para la derecha católica y social el domingo era un logro social, obtenido después de fuerte lucha en el siglo XIX. No podía ser amenazado por la libertad de los consumidores. Es el día del Señor y debe permanecer sagrado.

Ahora, cuando el presidente François Hollande reflexiona sobre si abrir los comercios en domingo, se enfrenta a los sindicatos de izquierda y a la izquierda de su mayoría, vinculada al descanso dominical por razones no religiosas sino sociales (el descanso de los trabajadores). La opinión, pues está muy dividida.

En primer lugar porque Francia ha cambiado y ya no es un país rural y cristiano vinculado al domingo. Los modos de vida han estallado, las familias se mueven por otros parámetros. Los modelos de consumo y de ocio han variado, el domingo en que todo permanece cerrado es visto por una parte de la juventud como un encerramiento, no como una libertad. El domingo ya no es el día obligado de encuentro familiar. Por un lado está el temor de presiones suplementarias que irían dirigidas a aquellos que no tendrían otra opción más que ir a trabajar el domingo y que no tendrían tiempo para dedicarlo a la familia. Por otro lado, numerosos asalariados critican a los sindicatos que han logrado judicialmente el cierre de comercios en domingo porque ellos estarían encantados de poder trabajar y cobrar dos veces más que entre semana, porque eso les permite aumentar su poder adquisitivo.

En estos tiempos en la lucha contra el paro es una prioridad nacional, la preservación o el desarrollo de puestos de trabajo es un argumento de peso.

En París, el cierre en los Campos Elíseos de un comercio de perfumes a las 21 horas cuando hasta ahora abría hasta medianoche ha abierto el debate. Si París quiere conquistar el mercado turístico, especialmente la clientela extranjera, debe adaptarse a horarios más flexibles. Es verdad que la apertura general de tiendas en domingo podría modificar el equilibrio de la sociedad y los momentos compartidos. Pero estos ya no son más que los que eran. La evolución de los modos de vida, ciertamente más aún por el paro y la argamasa social, ha modificado el orden actual. En realidad solamente un 37% de franceses se ven afectados por un ritmo consistente en llegar el lunes por la mañana al trabajo y salir por la tarde, y eso de lunes a viernes, para descansar el fin de semana. Lo que denominamos horarios atípicos afectan ya a dos tercios de los franceses también el domingo y el retraso de horarios nocturnos. Ya nadie aceptaría no poder ir al cine, tomar el metro o el tren, ir al restaurante o al café o no estar protegido por la policía un domingo.

A condición de que sea voluntario y mucho mejor pagado que los días ordinarios, es probable que el trabajo en domingo aumente.

Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.

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