No, no hablamos de Hockey

Por Antonio Franco, director de EL PERIÓDICO (EL PERIODICO, 01/12/04):

Catalunya debe de ser el país del mundo en el que hay más gente no independentista que sonríe y guiña un ojo a los que sí lo son cuando éstos se expresan o hacen propaganda directa o indirecta de sus ideas. El resultado es una situación de extrema ambigüedad general. Esto crea un ambiente peculiar que suele traducirse en la existencia frecuente de situaciones concretas poco racionales, o muy conflictivas, o enormemente frustrantes, para unos y otros, como ha sucedido ahora en torno al pulso sobre la selección catalana de hockey sobre patines.

Los datos son tozudos. Cuando los catalanes se expresan libremente en las urnas, sin presiones, a través del voto secreto, apuestan muy mayoritariamente por formaciones que no se presentan ante los electores como independentistas. Sin embargo, luego, en cada legislatura, la minoría que sí lo es consigue crear una sensación social de tener una dimensión muy superior a su representación parlamentaria, en relación al vínculo con España. Eso plantea incógnitas sobre si lo que existe es, por un lado, miedo de los que están contra el independentismo a decir cotidianamente lo que piensan, y por otro, miedo a expresar abiertamente la afinidad con quienes no se consideran españoles.

Tras el éxito deportivo del hockey catalán en Macao, fue tan explícito el tono independentista de la celebración que nadie pudo dejar de verlo. Y, asimismo, de acusarlo. Entre ellos, no sólo las autoridades deportivas y no deportivas españolas, que tomaron buena nota de lo sucedido, sino también las de otros países que hasta ese momento podían respaldar la participación de la selección catalana en las competiciones internacionales sin sospechar que con ello tomaban parte y se mojaban en un contencioso político ajeno. Hasta ese momento, el punto de partida de muchos de esos futuros asistentes a la reunión de Fresno era que, tal como argumentaba siempre la federación catalana, no había ninguna razón teórica para que las selecciones deportivas tuviesen que hacerse siempre forzosamente a escala estatal. También manejaban un segundo dato: las selecciones que actualmente representan a naciones en vez de a estados no protagonizan ningún forcejeo político interior. La demostración de ello es visible en el ejemplo tantas veces citado de Inglaterra, Escocia y País de Gales, en diversas especialidades deportivas, en relación al Reino Unido.

PUES bien, todas estas interpretaciones blandas quedaron bastante maltrechas con la profusión de esteladas y el contenido mayoritario antiespañol de los gritos que se oyeron en aquella fiesta en la plaza de Sant Jaume, hasta el punto de que debieron de hacer pensar a quienes tenían que votar en Fresno que lo de Catalunya y España era diferente a lo del repetido ejemplo británico. Las fotografías de altos cargos de la Generalitat que no estaban en Macao o allí a título personal, y que en vez de exhibir la senyera institucional acompañaban complacientes a la bandera independentista, también proporcionaban esa misma lectura, esencialmente política, de lo que se quería fabricar con la victoria en el Mundial B de hockey.

Dándole vueltas a aquella celebración, creo que si se trataba de buscar un ulterior conflicto que a la larga resultase concienciador de lo subordinada que está Catalunya respecto de España, aquella fiesta estuvo bien planteada. Pero si el objetivo final de los convocantes era conseguir que el hockey catalán acabase teniendo un estatus internacional oficial parecido al que tiene Escocia en el planeta del fútbol, todos aquellos pormenores constituyeron un error.

A partir de ahí, cara a la cita de Fresno tampoco se continuaron enfocando bien las cosas para lograr la ratificación deportiva de Catalunya. Da la sensación de que, puestos a trabajar para conseguir sus respectivos objetivos, quienes lo hicieron para apuntalar al hockey catalán lo hicieron peor que quienes defendían el propósito de no dividir al hockey español.

Ahora, que es el momento en que abundan las quejas victimistas de los responsables que no consiguieron lo que se proponían, no hemos de ser ingenuos: los dos lados tocaron teclas parecidas y utilizaron procedimientos similares. Mezclaron política y deporte, utilizaron tanto la persuasión simpática como la presión, supongo que manejaron dinero público –o por lo menos, pagaron billetes de avión para garantizar la presencia en Fresno de los que creían afines– y argumentos ideológicos y estudiaron tácticas para encarrilar las reuniones decisivas así como asesoramientos jurídicos para conseguir que se votase de una manera u otra. En definitiva, lo que ocurre casi siempre en relación a los temas reñidos de la política y del deporte, y lo que, cuando ya ha pasado todo, provoca invariablemente las quejas del que lo ha hecho peor y ha perdido.

EL PULSO del hockey sobre patines no ha sido un forcejeo candoroso. Pero resulta poco interesante continuar refiriéndonos a ese deporte tan simpático como menor, como no sea para pedir explicaciones sobre la inferioridad profesional manifiesta en el partido de Fresno. En cambio, tiene más sentido volver a lo planteado al principio: a las relaciones que mantiene este país, y concretamente, sin eufemismos, sus personas, con el independentismo. También puede valer la pena interrogarnos sobre la importancia objetiva de lo que ha pasado, y de la sensación de agravio insuflada, en relación a los demás problemas –más graves– que tenemos. Y, en todo caso, preguntarnos sobre lo que pensamos tanto de aquella celebración de la plaza de Sant Jaume como de las salidas de tono de después, porque van a afectar a las muchas cosas que en estos momentos se están hablando entre Catalunya, el resto de España y el Gobierno central.