No perdáis la esperanza

Arthur Schlesinger, Jr. es historiador estadounidense (EL PAIS, 12/09/04)

Amigos europeos, no perdáis la esperanza con respecto a Estados Unidos. Sigue siendo el país audaz e idealista de Franklin D. Roosevelt y de John F. Kennedy, aunque últimamente la audacia y el idealismo se han convertido más bien en belicosidad y arrogancia. Es la consecuencia de dos experiencias históricas. Una es la victoria de la democracia sobre el comunismo en la guerra fría. La disolución de la Unión Soviética ha convertido a EE UU en la potencia imbatida e imbatible del planeta; no sólo en el sentido militar e ideológico, sino también en el de la economía, la tecnología y la cultura popular. Los ideólogos neoconservadores de Washington creían que EE UU podía prescindir de sus aliados y de las instituciones internacionales. Han despreciado a la ONU, irónicamente en la casa de sus fundadores, Woodrow Wilson y Franklin Roosevelt. Muchos estadounidenses buscaron consuelo en la vuelta a la desconfianza tradicional hacia lo que Jefferson denominaba las “alianzas engorrosas”.

La segunda experiencia histórica la conmemoramos ahora: el tercer aniversario del ataque con aviones secuestrados contra las Torres Gemelas en Nueva York y contra el Pentágono en Washington, dos símbolos de lo que el presidente Eisenhower llamó en su momento “el complejo militar e industrial”. El 11-S ha impactado terriblemente en la psique nacional; de manera más clara aún que el ataque por sorpresa japonés a la flota del Pacífico fondeada en Pearl Harbor. Después de todo, en 1941 sabíamos quién era el enemigo. El ataque japonés tuvo lugar en una remota isla en medio del océano Pacífico. El objetivo era la potencia naval estadounidense, no civiles inocentes que realizaban su actividad diaria. Hoy, los enemigos son apátridas; golpean en ciudades conocidas para todos; se autoinmolan o se retiran a las sombras; convierten una comodidad familiar, el avión, en un arma maligna, y a personas normales en su objetivo.

La II Guerra Mundial fue un conflicto más amenazador, con unos enemigos mucho más peligrosos. Pero la guerra no amenazaba a los estadounidenses que hacían su vida diaria. Actualmente, muchos sienten una intensa vulnerabilidad personal que nunca antes habían experimentado. Por supuesto, los europeos están acostumbrados al terrorismo local: los vascos de ETA en España, las bandas de extrema izquierda en Italia y Alemania, los corsos en Francia, el antiguo IRA en Gran Bretaña. Para los estadounidenses, el terrorismo es una experiencia nueva y horrible. Esta amenaza misteriosa condujo a un Gobierno recién instalado en Washington a cambiar la base de la política exterior. Esa base había sido la contención y la disuasión, una mezcla que nos permitió ganar la guerra fría. La nueva base de la política exterior es la guerra preventiva, que los presidentes estadounidenses de la guerra fría habían aborrecido y vetado. La doctrina de Bush es atacar a un enemigo, unilateralmente si hace falta, antes de que pueda atacarnos, un derecho reservado a EE UU. Esto convierte a este país en el juez, el jurado y el verdugo del mundo, una posición difícilmente popular.

Los estadounidenses habían respaldado mayoritariamente la guerra en Afganistán contra Al Qaeda, que cometió un acto de agresión monstruosa, y contra los talibanes, que protegían a los terroristas. La segunda, y distinta, la de Irak, era una guerra optativa, decidida por el presidente. Se declaró sobre la base de dos premisas falsas: la acumulación de armas de destrucción masiva y la supuesta alianza entre Sadam Husein y Osama Bin Laden. El argumento a favor de la guerra preventiva descansa en la suposición de que tenemos un sistema de inteligencia casi perfecto sobre las intenciones y la capacidad del enemigo. Las investigaciones post mortem realizadas a nuestros organismos de inteligencia demuestran lo imperfectos que eran nuestros conocimientos sobre Irak.

Mientras tanto, la ansiedad por la “seguridad interior” se mantiene en muchos hogares estadounidenses. Los habitantes de la era del terrorismo están dispuestos a pagar un precio por proteger a sus familias. Como todas las guerras, la de Irak ha aumentado el poder presidencial. Hace más de treinta años, escribí un libro titulado The Imperial Presidency. Hoy, la presidencia imperial ha renacido en Washington. La denominada Ley Patriótica, presentada apresuradamente tras el 11-S por un fiscal general imperial, impone restricciones a las libertades civiles de los ciudadanos estadounidenses. El Tribunal Supremo ha condenado la suspensión presidencial del juicio justo para los presos retenidos muchos meses y sin acceso a abogado defensor en Guantánamo, la base militar de EE UU en Cuba.

El Gobierno de Bush es el más secretista que se recuerda, y su secretismo aumenta día a día. El fiscal general ha hecho todo lo posible por sabotear la Ley sobre la Libertad de Información. El número de documentos clasificados ha aumentado un 60% entre 2001 y 2003. El Gobierno de Richard Nixon mantenía el récord del secretismo, pero ahora el asesor de Nixon, John Dean, ha escrito un libro muy vendido, titulado Worse than Watergate: The Secret Presidency of George W Bush [Peor que el Watergate: la presidencia secreta de George W. Bush]. Dichas restricciones preocupan a los estadounidenses. No debe suponerse que George W. Bush fue elegido mayoritariamente. Es un presidente minoritario, elegido por el Tribunal Supremo en una sentencia tomada por cinco votos a favor y cuatro en contra. Si se sumaran los votos emitidos a favor de Al Gore y Ralph Nader, Bush habría perdido la votación popular por tres millones de votos. Las encuestas de opinión dan a entender que el 45% del electorado adora a Bush, y otro 45% lo detesta.No es probable que muchos de los electores de los dos bandos opuestos cambien de idea de aquí a las elecciones del 2 de noviembre. La batalla la ganará el 10% de los indecisos. El candidato demócrata John F. Kerry, senador por Massachusetts, pertenece a la escuela de Roosevelt y de Kennedy. Su campaña ha flaqueado momentáneamente, pero en el pasado ha demostrado ser un gran luchador y fuerte en la meta. Inmediatamente después del 11-S, una oleada de simpatía mundial inundó EE UU. Tres años después, el mundo lo contempla con hostilidad. Nunca en su historia el país había sido tan impopular en el extranjero. Eso no se le pasa por alto al votante estadounidense. Y la gran virtud de la democracia es su capacidad para enmendarse. Así que, amigos europeos, no desesperéis.

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