No podemos mirarles a los ojos

Fue durante el vuelo de regreso de Washington a Madrid tras asistir a la última reunión anual del FMI. El presidente de una importante corporación financiera española, de los pocos dotados de una sólida formación intelectual y sentido histórico, confesaba desolado a su segundo de abordo: «En los años 50 solicitábamos desde la dignidad de nuestra pobreza ayudas internacionales y nos las concedían sin humillaciones ni dilaciones. Más tarde, ya en los 70, volvimos a pedir fondos para la Transición sin perder nuestro pundonor. También nos las otorgaron con simpatía hacia nuestro cambio de Régimen. Ahora, tres décadas después, al recabar ayudas al FMI, esta vez para nuestro marasmo, nos miran como se hace con el amigo alcohólico arruinado que te está pidiendo más dinero para seguir yéndose de copas». Y tras este desahogo ciertamente revelador, añadió: «Y lo peor no es eso. Es que nosotros no somos ya capaces de mirarles a los ojos. No lo somos. Eso es parte sustancial de nuestro drama, si no el drama mismo». Tras lo cual se sumieron los interlocutores en un silencio melancólico como aquel que recorre el soneto XVII de Quevedo: «Mire los muros de la patria mía…». Que contiene en sus versos, para quien los relea, muchas de las claves de lo que nos pasa desde honduras mayores que Bloomberg o el Ibex 35.

Y es que en los últimos tres años ha venido sucediendo un fenómeno que pasaba desapercibido al narcisismo y vivir en falso de nuestras élites políticas y financieras: en tanto que ellas estaban a lo suyo, mirándose en el lago de la complacencia y ocultamientos varios, el país iba siendo inspeccionado in situ y calladamente por diversos equipos del FMI, BCE y Unión Europea, la Troika al cabo. Tales chequeos exhaustivos se acometían en el plano de las haciendas locales, autonómicas y estatales apoyados a su vez por otro elemento al que tampoco se prestó -por nuestra petulancia dirigente- la debida atención: los informes periódicos que a petición de parte elaboraban los agregados comerciales -cada vez piezas más estratégicas- de las principales embajadas en Madrid, especialmente aquéllos de Alemania, EEUU, China y países escandinavos, cuyos fondos de inversión y de pensiones (que se consideran sagradas en las naciones serias) tantos intereses tenían en España. El nivel de detalle de sus memorándums sorprende por su concreción y conocimiento de causa: como si fueran un verdadero doctorado sobre nuestra almoneda hasta en sus últimos recovecos territoriales y hacendísticos.

Pero mientras se levantaba trabajosamente el cadalso de nuestra condena, la dirigencia estatal, autonómica, local y financiera -pública y privada- seguía funcionando a lo suyo, bien ajena a la inminente conclusión de la cartografía de nuestra realidad. Recordaban así a aquellos predecesores que, ante la noticia del Desastre de Cavite el 2 de mayo de 1898, no suspendieron la corrida prevista tal fecha en Madrid y los aficionados acudieron a la Fiesta como si tal cosa. Qué más da. No por azar, en su fatídico artículo del 15 de noviembre de 1930, Ortega nos advertía que la frase que más se estilaba en los órganos rectores de nuestro país era precisamente «¡En España no pasa nada!» hasta que al final termina pasando y mucho. Tal que hoy, como veremos.

Para cerrar el cerco del conocimiento del laberinto político-financiero español y del estado de error incubado, se les unía a dichas inspecciones la investigación simultánea de varias de nuestras Cajas, desbrozándose pacientemente su entramado con el poder autonómico y local, así como la falsedad de sus auditorías y las dolosas omisiones del Banco de España. El espanto inspector no dejaba de crecer en Berlín o en el Washington del FMI, ante la envergadura del fraude que tantas resonancias suponían para el resto del mundo. Pero a la vista de la escasa vigencia de la veracidad entre nosotros -el problema español es en gran parte su defectuosa relación con la realidad y por ende con el mundo actual-, la Troika, instalada ya en la filosofía de la sospecha, decidió diseccionar también el estado real de nuestros Bancos, tan reputados. El espanto se trocó en irritación creciente al descubrir, a la vista de las toxicidades que emanaban de sus zahúrdas, que del naufragio del sistema financiero español no se libraba nadie. Hasta el punto de que los resultados de una investigación específica de la SEC americana finalizada el mes pasado dejaban también en evidencia la onerosa realidad de nuestros dos bancos menos malos -inconsolable eufemismo- que operan en su territorio. De ahí emergieron las inquietísimas alarmas en The Wall Street Journal, Financial Times, The Economist y New York Times, secundadas por lo más serio de la prensa alemana. Y esto explica, de paso, las devaluaciones bursátiles y las rebajas de S&P y Moody´s de nuestras dos entidades más importantes, «si un tiempo fuertes ya desmoronadas», según la elegía quevedesca citada.

De manera que cotejados finalmente los datos de la Troika, SEC y embajadas, los resultados de la megainspección resultante han colocado a nuestros Narcisos del poder político y financiero ante un espejo tan arisco como el del retrato de Dorian Gray. Esto es, ante un golpe de realidad que nos aboca a una intervención nacional que supondría 700.000 millones de euros inexistentes o, más localizadamente, unos 100.000 millones para salvar sólo nuestro Sistema Financiero, que excede con mucho a la tragedia griega de Bankia. Draghi lo acaba de mostrar en la reunión del BCE de Barcelona cuando comunica que la supervisión de todas nuestras entidades financieras ya no recaería en el Banco de España. Y ello se ha dicho, para que entendamos bien el humillante mensaje, ante su mismísimo gobernador, quien todavía no ha presentado su dimisión.

Así las cosas, ¿extraña que habiendo puesto al mundo en un brete tal, inspiremos tanto desdén como pocas ganas de perdonar y olvidar? ¿Nos sorprende que Alemania, por no mentar a Noruega y sus pensiones, haya decidido imponernos unos arduos dolores de atrición, que el BCE y el FMI apoyan sin fisuras junto a China? ¿No se comprende ahora mejor esa imposibilidad nuestra de sostener la mirada aludida, al solicitar más y más dinero ante unos interlocutores que nos desestiman? Claro que dichas interrogaciones tienen un elemento común que juzgo esencial no olvidar: el conocimiento de nuestra verdadera situación, de la bajura de nuestro estado, no nos ha venido por un ejercicio de introspección colectiva o por una decisión política soberana o por un movimiento civil más o menos espontáneo.

Ha sido, como se ha visto, algo sobrevenido de fuera, similar al Desastre del 98 mencionado. Ha tenido que ser el exterior quien nos haya hecho conocernos a nosotros mismos y caer en la cuenta del doble error funesto cometido por nuestras élites citadas: ignorar, por un lado, que el banco emisor ya no estaba aquí sino en Fráncfort y, por otro, que en gran parte del mundo rige el principio de realidad merced al cual las acciones, comisiones y omisiones tienen consecuencias. Como, por ejemplo, la renovación forzada de los órganos de administración de nuestros bancos y la pérdida de la cínica impunidad con la que han venido actuando las élites políticas-financieras. Y, si no, al tiempo.

En estas horas ciertamente graves que preludian una intervención inédita por su magnitud y alcance, conviene releer un texto de Unamuno de un momento de nuestra Historia igualmente crítico, en que se nos impuso también una dolorosa realidad llena de pérdidas: «Es inútil callar la verdad. Todos estamos mintiendo al hablar de regeneración, puesto que nadie piensa en serio en regenerarse a sí mismo. No pasa de ser un tópico (…) que no nos sale del corazón sino de la cabeza. ¡Regenerarnos! ¿Y de qué, si aún de nada nos hemos arrepentido?». Creo que en él se esconde la condición necesaria para reconciliarnos con ese mundo agraviado por nuestros débitos y, de paso, poder volver a sostener su mirada. Mientras aguardamos la aparición de una nueva Generación del 12 que reavive este país hoy mortecino con aquella austera veracidad, amor al trabajo y a la obra bien hecha que concitó el noventayochismo nuestro. Que muy bien podía mirar a cualquier cara.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

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