No quiero acostumbrarme

La crisis, no solo económica, sino también en valores, que vivimos a nivel general, es el peor de los abonos para potenciar todos los conflictos; nos centramos en la precariedad, no en lo que tenemos, sino en lo que nos falta, y nos sentimos en desventaja.

Estaremos de acuerdo en que la situación que estamos viviendo en Catalunya es inadmisible. Se repiten viejos patrones que también se dan a nivel individual, a pequeña escala. En primer lugar, un recuerdo de viejas heridas, no cerradas, y que no nos dejan ‘pasar página’ y dirigirnos hacia nuevos horizontes. En cambio, revivimos la vida de nuestros antepasados, para bien y para mal. Hace años no entendía el símbolo del bautizo, ahora la entiendo muy bien, poder ‘limpiar’ un pasado escrito por otros.

También juega un papel muy relevante la invalidación afectiva, cuando el interlocutor no acepta el relato del otro, niega la situación y no admite ni pactos ni acuerdos. No sentirse escuchado y comprendido es el peor de los inicios de una relación. Otra de las dinámicas que se dan en los conflictos es la escalada simétrica, el incremento exponencial de ambas partes en imponer el propio criterio por encima del otro, perdiendo la visión global del conjunto.

Cuando uno se siente vencido, más contraataca, y se entra en un círculo vicioso imparable, en el que ninguna de las partes se siente reconocida y valorada. Y es más, cada alternativa solo percibe y es permeable a la información que es congruente con la visión que ya se tiene, con el resultado que acabamos viviendo en mundos diferentes y paralelos. Y ya el último extremo: la violencia. Es una marcha atrás donde el pacto, y peor, el vínculo, ya se rompe y se pierde la voluntad de acordar y de estar.

Pero nunca me quiero acostumbrar a la utilización de la violencia como se ha hecho el 1 de octubre, es injustificable bajo ningún motivo, y más ante un colectivo de personas admirablemente pacíficas. Y es indignante tener que escuchar que estas acciones fueron correctas y ponderadas.

Las propuestas, a pesar de inmensamente difíciles, son ahora imprescindibles. Siguiendo el mismo orden desarrollado anteriormente, en primer lugar, apuntar hacia el presente y el futuro, en lugar del pasado; la escucha empática, abierta, hacia el punto de vista del otro, sin tener una mente cerrada solo en la propia visión (tal vez alimentada por la rabia, aunque sea comprensible).

Dialogar con nuevos interlocutores, aceptando mediadores, es solo posible desde la actitud imprescindible de ambos agentes implicados a ceder una parte. Y por último, y quizá más importante, no actuar solo como reacción automática al otro, sino basarnos en nuestra naturaleza: tolerante, pactista, constante, solidaria, trabajadora y por encima de todo integradora: tenemos claro que la pluralidad es nuestra riqueza. Y la legalidad, no lo olvidemos, se escribe, se crea y se pacta, no se obliga.

¿Imposible llegar a pactos ante esta situación? ¿Difícil? Sí, pero la humanidad ha avanzado precisamente ante las grandes dificultades. Al fin y al cabo, lo que queremos todos es vivir en paz, con las personas, sea de donde sea su procedencia, con las que hemos convivido siempre.

Núria Farriols, profesora de Blanquerna-URL y psicóloga del CSM del Consorci Sanitari del Maresme.

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