No recéis por mí, gracias

Por Luis Rojas Marcos, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Nueva York (EL PAÍS, 29/04/06):

Rezar para que sanen personas enfermas es una de las prácticas más antiguas y universales. Incluso los no creyentes a menudo invocan la ayuda de Dios cuando se enteran de que un ser querido sufre una grave dolencia. Pese a esta extendida costumbre sólo en los últimos años se ha comenzado a examinar objetivamente la eficacia de estas oraciones piadosas. Precisamente, hace unas semanas salieron a la luz pública los resultados, ansiosamente esperados, de una rigurosa investigación sobre los efectos de las oraciones, por parte de terceros, en la recuperación de enfermos cardiacos, en su mayoría cristianos practicantes. Concretamente, tres congregaciones se encargaron de rezar durante 14 días por pacientes -empleando su nombre- sometidos a la operación a corazón abierto conocida en la jerga médica por bypass. Esta intervención consiste en recomponer con injertos las arterias coronarias obstruidas, y se realiza anualmente en unas 800.000 personas en el mundo.

La investigación, publicada en la prestigiosa revista de cardiología The American Heart Journal, fue llevada a cabo en seis hospitales estadounidenses por un amplio grupo de prestigiosos cardiólogos, encabezado por Herbert Benson, profesor de la Universidad de Harvard. Los resultados muestran que de los 1.802 participantes, el 59% de los pacientes que fueron informados, antes de la intervención quirúrgica, de que las congregaciones rezarían por ellos padecieron complicaciones serias, como ataques de corazón, apoplejías o infecciones. Por el contrario, sólo el 52% de los enfermos que fueron, sin saberlo, objeto de plegarias, y el 51% por los que no se dijeron oraciones, experimentaron complicaciones posoperatorias. Los expertos han llegado a la conclusión de que mientras los rezos a espaldas del doliente son inocuos, rezar por un enfermo que ha sido previamente avisado de las oraciones es, estadísticamente al menos, perjudicial para su salud.

Como ocurre casi siempre que se escudriña un tema tan delicado como las prácticas religiosas, este estudio pionero ha provocado intensas polémicas. Algunos críticos han rechazado el trabajo en su totalidad. Aducen que, por definición, los poderes sobrenaturales no pueden ser reducidos a las reglas del método científico. Otros se quejan de que los autores no consideraran la posibilidad de que los pacientes que se recuperaron saludablemente sin las preces de las congregaciones -la mayoría- quizá se beneficiaron de las oraciones espontáneas de sus familiares.

No pocos colegas médicos han respirado de alivio. Temían que en una sociedad tan litigiosa como la estadounidense, si se demostrase científicamente que las peticiones a Dios ayudan a curar enfermedades, todos los doctores estaríamos obligados a orar por nuestros pacientes -o a contratar a otros para este servicio- pues, de lo contrario, nos expondríamos a una demanda judicial por negligencia profesional. Los resultados de la investigación tampoco han pasado desapercibidos en el mundo del humor. Hace unos días escuché al conocido cómico de la televisión Jay Leno usar el estudio para mofarse del gobierno republicano: “Se descarta el poder curativo de rezar… el fundamento ideológico del plan sanitario del presidente Bush, que quiere dejarlo todo en manos de Dios, se va a la porra”.

Pese a la posibilidad de que rezos bien intencionados puedan dañar sin querer a pacientes bajo ciertas circunstancias, estoy seguro de que este aviso de la ciencia no va a impedir que las personas religiosas sigan orando por sus semejantes desafortunados. Hoy sabemos que los frutos de las prácticas solidarias revierten a quienes las ejercen. Por ejemplo, en el caso del voluntariado, está demostrado que las personas que se involucran en actividades que tienen un impacto positivo en la vida de otros, disfrutan de una autoestima más alta, sufren menos de ansiedad, duermen mejor, abusan menos del alcohol o las drogas y persisten con más tesón ante los reveses cotidianos, que quienes rehúyen estas tareas altruistas.

El importante estudio de Benson y demás colegas tampoco va a eliminar la necesidad de los seres humanos desgraciados de buscar en otros una fuente de apoyo y esperanza. Las personas que se sienten parte de un grupo solidario superan las adversidades mucho mejor que quienes carecen de una red social de soporte emocional. Todos o casi todos, en momentos penosos buscamos aliento de nuestros seres queridos o promesas de alivio de expertos del dolor que nos aqueja. Con todo, para la mayoría de las personas que se enfrentan a las calamidades de la vida, los mensajes más reconfortantes proceden de sus propias voces internas, de su dimensión espiritual.

Si bien todavía nos queda mucho por aprender sobre los mecanismos que intervienen en la conexión espiritualidad-salud, numerosas investigaciones en Europa y Estados Unidos revelan que los sentimientos espirituales ayudan a superan mejor las enfermedades graves. Estos sentimientos pueden alimentarse de creencias religiosas; de causas como el amor, la libertad o la justicia social; o de alguna faceta del Universo, como la puesta del sol o la brisa del mar. El elemento terapéutico principal de cualquier tipo de espiritualidad es la esperanza, porque la confianza en que ocurrirá lo que deseamos nos protege del fatalismo y la indefensión.

En mis años de práctica he comprobado que, para ser eficaz, la espiritualidad no debe socavar el sentimiento de que el rumbo de nuestro barco está en nuestras manos. La conciencia de que ocupamos el asiento del conductor, aunque tenga una dosis de fantasía, nos motiva a vencer situaciones de riesgo. Si creemos que mandamos sobre nuestras decisiones y que nuestras acciones cuentan, tendemos a transformar nuestros anhelos en desafíos y a luchar con más fuerza contra los males que nos afligen, que cuando sentimos que la solución no depende de nosotros o “nada que yo haga importa”.

Por todo esto, es comprensible que resulte contraproducente comunicar a un enfermo grave que terceras personas piadosas rezarán por él. El motivo no es el temor que pueda provocar esta noticia -“¿tan mal estoy para que tengan que implorar a Dios por mi recuperación?”- sino el peligro de que el doliente decida eludir su responsabilidad personal de combatir la enfermedad y opte por delegar a otros su salvación. Todos nacemos con dos nacionalidades: la del país de la vitalidad y la del estado de la invalidez. Aunque preferimos habitar en el país de la salud, tarde o temprano casi todos nos vemos obligados a vivir en el reino de la enfermedad. Llegado ese momento, pienso que si almas caritativas nos ofrecen plegarias a Dios para que sanemos lo más prudente es decirles, ¡no, gracias!