No se te ocurra confesar que de pequeña quisiste ser una india

La actriz y modelo Chrissy Teigen y el cantante John Legend, disfrazados de india y vaquero para una fiesta de Halloween de 2008. Teigen fue criticada por llevar un disfraz que colectivos indígenas consideraron racista.
La actriz y modelo Chrissy Teigen y el cantante John Legend, disfrazados de india y vaquero para una fiesta de Halloween de 2008. Teigen fue criticada por llevar un disfraz que colectivos indígenas consideraron racista.

Cuenta Jens Balzer en su reciente Ética de la apropiación cultural (Herder) que, un día, Bettina Jarasch, la cabeza de lista de Los Verdes en las elecciones a la presidencia del Estado federal de Berlín, a la pregunta de un periodista acerca de qué quería ser antes de ser candidata, respondió ingenua: “Yo, de niña, quería ser jefa india”. Ni que decir tiene que en la época posmoderna de la sinrazón en la que vivimos no tardaron ni un minuto en ponerla de vuelta y media recordándole que era discriminatorio utilizar un término como “indio” y que ridiculizaba a personas de otra raza y cultura. La anécdota de los sueños de infancia de Jarasch podría haber quedado ahí, pero —ya no me sorprende nada— ella y su partido no quisieron parecer “racistas” y, en menos de dos horas, no solo eliminaron ese corte en el vídeo, sino que hicieron pública una disculpa que añadía: “Condeno los recuerdos espontáneos de mi infancia”. Hagan la prueba; no lo encontrarán.

Hace unos años, en Barcelona, en las populares fiestas de Gràcia, tuvo lugar un fenómeno similar. Es tradición que en las fiestas de verano de ese barrio algunas calles se engalanen temáticamente. En esa ocasión, una de las asociaciones del barrio tuvo a bien adornar la calle en homenaje a los indígenas americanos. Error: una veintena de personas protestaron por considerar que eran racistas sus referencias a los nativos americanos de una reserva, que habían hecho apropiación cultural. Acabaron destrozando los adornos.

Me pregunto, vista la reacción de unos y de otros, a qué extremos hemos llegado para que una frase, una imagen, pueda acabar siendo censurada por la policía de lo políticamente correcto con la excusa de la apropiación cultural. Las palabras crean realidades, dicen los posmodernos, y estas realidades, las más de las veces “sentidas” (o sea, de discutible realidad), pueden hacernos dudar de o incluso borrar lo que hemos creído toda la vida. Los sueños de una niña, el homenaje de unos vecinos, son proscritos, incinerados en el altar de la corrección política, cancelables pues.

Por resumir, explicaré que apropiación cultural es aquello que, dicen, se da cuando uno recurre a saberes y tradiciones de otros para beneficiarse de ellos. Los hay que incluso añaden que es un robo colonial que activa una herida histórica. Todo ello en el marco de una cultura minoritaria, claro, frente a otra que se considera dominante.

Mil y una dudas y preguntas surgen de inmediato frente a esta definición que destila victimismo: ¿Tienen propiedad intelectual las expresiones culturales? ¿Quién establece que algo pertenece a una cultura o a otra para poder ser utilizado sin cometer herejías culturales? ¿Por qué hemos de pensar que el uso de referencias de tradiciones pertenecientes a una cultura que no es la propia se hace con intención de ridiculizar al otro? ¿No podría ser un homenaje? Es más, y creo que aquí está la verdadera piedra de toque: ¿De verdad en pleno siglo XXI alguien puede creerse que existen culturas tan aisladas como para existir sin reflejar el contacto con otra? ¿Existe una cultura pura?

Es evidente que el sentido común debería defender que, en realidad, la apropiación cultural, llamémosla si preferimos mestizaje cultural, es lo que ha hecho ricas a todas las culturas del mundo. Sí, incluso los sueños de infancia o las calles engalanadas. ¿Hubiera sido Elvis Presley uno de los iconos musicales del siglo XX de no haberse dejado influir por el góspel o el blues? ¿Puedo teñirme con henna sin que se me acuse de apropiación cultural? ¿Sería Rosalía lo que hoy es sin sus influencias flamencas, del reguetón, el hip hop o el jazz? ¿Tiene Eric Clapton derecho a tocar blues? ¿Es ilícito que un estadounidense cocine una fabada o se estaría apropiando de la cultura de los asturianos?

Parece claro que la apropiación solo es un caso más del desnortado panorama en el que estamos inmersos, donde, por momentos, una tiene la sensación de que la acusación de apropiación cultural termina siendo una forma de racismo y discriminación por parte de las víctimas tradicionales del racismo y la discriminación. ¿Existe algo más racista y supremacista que prohibir que gente de otra cultura utilice elementos de la tuya?

Quizás por eso la realidad se impone de nuevo, y lo que habría que preguntarse es si no será que todo aquel que vea apropiación en el intercambio y enriquecimiento cultural no estará imbuido de un sentir supremacista que convierte su sentimiento de pureza en modelo y medida de todas las cosas. Y no solo eso, sino que si lo propio de cada cultura resulta que solo puede ser utilizado por aquellos que pertenecen a ella, ¿acaso no estaremos negando lo que justamente enriquece a la cultura, que es el intercambio y el eclecticismo, o sea aprender, disfrutar y crear de la experiencia del contacto con el otro?

La conclusión parece de Perogrullo, pero ahí va: prohibir la apropiación es cortarle las alas a toda creación cultural; de lo contrario, estaremos atacando la libertad de creación y de expresión. Quienes denuncian apropiaciones culturales no están protegiendo ninguna cultura histórica; están atacando el futuro de todas.

Carmen Domingo es escritora. Su último libro es Con voz y voto. Las mujeres y la política en España (1931-1939) (RBA).

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