No somos iguales

EL sábado pasado, día 8, se celebró, como todos los años, el Día Internacional de la Mujer. Es así desde que, en 1977, la Asamblea General de la ONU lo proclamó. La razón de esa proclamación es conmemorar la lucha de las mujeres para alcanzar, primero, la igualdad de derechos con los hombres y, después, la igualdad real de oportunidades en todos los campos de la sociedad, y conmemorar la lucha de las mujeres para acabar con cualquier tipo de discriminación.

Siempre he pensado que lo mejor sería no tener que celebrar este día, porque sería la demostración de que esa igualdad real de derechos y oportunidades ya se habría alcanzado y de que habrían desaparecido todas las discriminaciones que, a lo largo de la Historia, han sufrido y sufren las mujeres.

Pero eso, desgraciadamente, está muy lejos de ocurrir. Es verdad que en los países occidentales, como España, la igualdad jurídica está absolutamente asentada, pero todavía entre nosotros siguen existiendo muchas diferencias a la hora de acceder realmente a las oportunidades que ofrece nuestra sociedad. Y en otros muchos países y sociedades ni siquiera está reconocida esa igualdad jurídica.

Por eso, sigue teniendo sentido dedicar un día a reflexionar acerca de la emancipación de la mujer para llamar la atención sobre las injusticias que las mujeres sufren en nuestra sociedad, y para reclamar que acaben las discriminaciones en aquellos países donde todavía existen.

En muchas ocasiones se ha dicho que el siglo XX ha sido el siglo de las mujeres porque en ese siglo ha triunfado de manera indiscutible la que podemos llamar «revolución de la mujer». Hay que recordar que ese siglo empezó sin que la mujer tuviera derecho al voto en ningún país, y hoy, al menos en todos los ordenamientos jurídicos de los países occidentales, ya no existe ninguna distinción en los derechos que amparan a hombres y mujeres.

El éxito de esta «revolución de la mujer» se hace especialmente significativo cuando la comparamos con las otras revoluciones que tuvieron lugar en el siglo pasado y que fracasaron estrepitosamente. Porque la revolución comunista, la fascista o la nacionalsocialista sólo han dejado un rastro de millones de muertos y de sociedades arruinadas.

Todas esas revoluciones fracasaron porque eran totalitarias y liberticidas. Mientras que la clave del éxito de la revolución de la mujer estriba, precisamente, en que es una revolución de libertades, de reconocimiento de derechos individuales. En un cierto sentido, es una consecuencia del cambio sustancial que introdujo el liberalismo cuando acabó con la sociedad de privilegios del Antiguo Régimen para propugnar una sociedad de ciudadanos libres e iguales.

Lograr la igualdad de mujeres y hombres ante la Ley ha costado muchos años, y las mujeres han tenido que luchar mucho para conseguirla. Y hay que resaltar que el impulso que ha movido siempre las reivindicaciones de las mujeres ha sido el ansia de libertad.

Ese largo camino para lograr la plenitud de derechos de las mujeres en España fue especialmente difícil, por la sencilla razón de que, durante el régimen de Franco, no es que no se reconociera la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, es que no había libertad política ni para unos ni para otras. Por eso puedo recordar que, todavía cuando estudiaba mi carrera de Derecho en los años setenta, en el ordenamiento jurídico de la época la mujer carecía de capacidad para obrar. De facto estaba equiparada al menor y al loco. Por ejemplo, para abrir una cuenta corriente necesitaba el permiso de su padre o marido, si estaba casada, aunque fuera mayor de edad.

De hecho, podemos decir que en España las mujeres alcanzaron el reconocimiento pleno de todos sus derechos al mismo tiempo que los hombres: con la Constitución de 1978.

Pero ese reconocimiento legal de sus derechos presenta muchos problemas a la hora de plasmarse en una igualdad real. El más grave es, sin duda, la violencia que algunos hombres ejercen con las mujeres por el simple hecho de ser eso, mujeres, Una violencia que se ha dado en llamar «violencia de género», cuando ninguna de las posibles acepciones de la palabra «género» se corresponde con el hecho de que un hombre utilice la violencia contra una mujer. Pero, hecha esta salvedad acerca de esa incorrecta expresión que oímos tantas veces, la denuncia y castigo de todos los que usan la violencia contra las mujeres debe ser una prioridad en nuestra sociedad.

El siguiente caballo de batalla para las mujeres es el de conseguir la igualdad real en el campo laboral. No es de recibo que los salarios de algunas mujeres sean más bajos que los de hombres que hacen el mismo trabajo, como ocurre con demasiada frecuencia. Y tampoco es comprensible el todavía escaso número de mujeres en puestos directivos en empresas, universidades, empresas periodísticas y muchas otras instituciones.

Esto nos plantea el eterno dilema de la discriminación positiva, el de las cuotas, que, sobre todo en política, ya se están aplicando. Estoy convencida de que es muy difícil que una discriminación, de cualquier tipo, sea positiva, aunque quizás, en algún momento, haya podido producir resultados beneficiosos. Porque la mejor manera de ayudar a las mujeres a emanciparse no es el paternalismo de ofrecerles ventajas por el hecho de serlo, sino la de no ponerles nunca la menor traba.

Además, este Día de la Mujer puede servirnos también para mostrar nuestra solidaridad con todas aquellas mujeres que viven en países, donde, por atavismos culturales o por fanatismos religiosos, aún perduran prácticas, costumbres o leyes que las privan de sus derechos y que, en la práctica, las someten a la voluntad y al capricho de los hombres. Como ocurre con la aberración que supone la ablación del clítoris que sufren millones de mujeres en países no tan lejanos de nosotros.

La última reflexión que me suscita la celebración de este Día es la de que la lucha por lograr la legítima igualdad real de derechos y oportunidades no puede en ningún caso confundirse con la búsqueda de la igualdad entre los hombres y las mujeres. Somos y queremos seguir siendo diferentes. Y queremos serlo sin perder ningún derecho ni renunciar a ninguna oportunidad.

Esperanza Aguirre, presidente del PP de Madrid.

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