No somos mitología

Por Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, abogado y periodista (EL PAÍS, 01/05/07):

A Henry Kamen, el gran hispanista de Oxford, le debemos -entre otras cosas- un magnífico libro sobre la idea de tolerancia en la Europa moderna, un notable estudio sobre Felipe II y hasta un trabajo muy original sobre la Inquisición española, en que revisa conceptos sobre el siniestro tribunal. El tema es que a fuerza de revisar y revisar viene haciendo reinterpretaciones que van dejando pocos títeres con cabeza.

En su última obra (Del Imperio a la decadencia) la emprende contra lo que considera la mitología de la historia española y en ese esfuerzo de derrumbar ídolos pasea por su metralla a la “nación histórica”, a la “España cristiana” y hasta “el mito de un idioma universal”. A propósito de este último desarrolla la tesis de que la afirmación de la “universalidad” del español, especialmente desde Menéndez Pidal, es una construcción mitológica nacida para sublimar las humillaciones de la derrota de 1898, que aún hoy perdura y renace en una soterrada batalla contra el liderazgo de la lengua inglesa. Estigmatiza nuestra devoción al Quijote, a quien estaríamos usando como arma política, mientras recaemos en un “imperialismo cultural” que llega hasta que “EL PAÍS”, en forma “delirante”, afirmó que en el año 2000 existían 400 millones de hablantes en español.

Si empezamos por esta última afirmación, digamos que en este diario habrá aciertos y errores, pero no se advierten delirios y que al historiador le está faltando información sobre las recientes investigaciones que sobre el valor económico del español se vienen realizando bajo la dirección de José Luis García Delgado. Si se asomara a ellas vería que estudios serios, como los de Francisco Moreno Fernández y Jaime Otero Roth, contabilizan 359 millones de hablantes en los países donde la lengua española es oficial, apreciándose en ellos un leve descenso en España (98,8% de su población total), a raíz de la inmigración, y un importante aumento en naciones como Bolivia, Paraguay y Perú, donde la sobrevivencia del quechua, aymará y guaraní es una consecuencia de un fenómeno que señala Kamen para los tiempos coloniales: los misioneros evangelizaron en las lenguas locales y no intentaron imponer el español, como lo dispusieron Carlos V y Felipe II, en trascendentes Reales Cédulas. Por ejemplo en Paraguay, los mismos autores estiman que hablaba el español el 55% de la población en 1996 cuando hoy llega al 86%; o sea que al idioma español no lo impuso España pero terminó triunfando.

A esos 359 millones le debemos añadir 40 millones de hablantes en países donde la lengua no es oficial, fundamentalmente EE UU, con lo que nos encontramos con los “delirantes” 400 millones. A ellos podrían añadírsele estudiantes de español y conjuntos importantes de personas con una competencia limitada en la lengua, como extranjeros en países de español oficial, pero para cifras baste -por ahora- la señalada, que es un poquito mayor que la calculada por Unesco pero muy inferior a otros estudios publicados.

Lo que nadie puede negar es que el español está en expansión. No ha dejado de crecer desde que España llegó a América y ese ritmo se ha acentuado en el siglo XX, muy especialmente en las tres últimas décadas, en que los fenómenos migratorios y el reencuentro del mundo iberoamericano han aportado nuevo brío a la afirmación de nuestra cultura. Si es el segundo idioma en EE UU y el segundo más estudiado en Europa, estamos ante una realidad social y económica de vastas proyecciones.

En el rastreo histórico podemos coincidir con muchas afirmaciones del historiador británico, especialmente en su cuestionamiento a los arrebatos hispanistas de algunos teóricos del nacionalismo conservador, pero hoy no estamos en ninguna operación de imperialismo cultural sino en un esforzado empeño por mejorar y difundir esa gran herramienta de comunicación que es una lengua. Desde mucho antes que existiera el Instituto Cervantes, tanto Gran Bretaña con su Consejo Británico o Francia con su Alianza Francesa y su Francofonía, han procurado difundir sus lenguas y culturas. Nosotros hemos arrancado tarde, pero el éxito económico de la España contemporánea y el proceso de democratización en la América Latina, por más altibajos que ofrezca, configuran hoy un gran marco para un novedoso desarrollo. De él ha resultado, por ejemplo, una presencia muy importante de la empresa española en Iberoamérica y una emigración que ha llevado el español hacia el mundo desarrollado.

Lejos de exorcizar complejos, el auge de la literatura en español le ha dado a la manida “lengua de Cervantes”, en el último medio siglo, un refresco tan formidable como el de la obra poética monumental de Jorge Luis Borges y Octavio Paz y la novelística superior de García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez, Juan Rulfo, Julio Cortázar y Juan Carlos Onetti, entre tantos otros de parecida valía, que no tienen enfrente lote equivalente en inglés, francés o italiano.

Nadie niega que así como la literatura crece, estamos débiles en la red de redes, al punto que la lengua francesa posee aún más sitios en Internet. Y que en el lenguaje científico, apenas asomamos al nivel de la relevancia. Razón por la cual hoy por hoy no hablamos de “universalidad” del español, pero sí de una muy exitosa internacionalidad y de una rotunda expansión.

Quien haya podido estar en el mágico recinto amurallado de Cartagena de Indias en el último Congreso de la Lengua, o haya tenido la suerte de verlo en televisión, habrá percibido la fuerza de un mundo iberoamericano bullente y creativo. En una enorme sala, durante una semana, se abigarró una multitud, sobre todo de jóvenes, interesados en las dimensiones diversas de ese fenómeno lingüístico que la Real Academia, en feliz hora, ha sacado del misterioso mundo de los filólogos para ponerlo en el escenario popular. El homenaje a García Márquez -al cumplirse los 40 años de la publicación de Cien años de soledad, bien llamado “El Quijote del siglo XX”-, bajo el palio del rey de España y el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, con presencias tan expresivas como un Bill Clinton, declarado devoto del escritor caribeño, y discursos tan elocuentes como los de Fuentes, Eloy Martínez y Muñoz Molina, fue una expresión viva, afirmativa y serena, de una lengua que no es mito, de una civilización que no es un invento publicitario y de un grupo de gentes que simplemente afirmamos lo nuestro. Sin renegar de Shakespeare o Joyce, de Balzac o Proust, del Dante o Lampedusa, que todos están también en nosotros, en esta construcción permanente que es el Occidente.