¡No son los berberechos, estúpidos!

Hasta que Tony Blair puso fin en 1997 a 18 años de hegemonía conservadora en Gran Bretaña, no hubo gobernante laborista de más éxito que Harold Wilson hasta que se subió al pedestal de la arrogancia. Adormilado con el humo estupefaciente de su pipa, no se percató del toque de atención que le dio una diputada novata que aún distaba de ser la Dama de Hierro que le apodó el diario del Ejército Rojo soviético. Sonámbulo de poder, ninguneó a Margaret Thatcher. Como el que se sacude el rapé de la solapa del terno, le largó: «Algunos de nosotros tenemos ya bastante experiencia». Pero ésta, apuntando unos modos luego proverbiales, no se arrugó ni perdió la presencia de ánimo: «Lo que quiere decir el primer ministro es que lleva ya mucho tiempo por aquí…». Wilson no reparó en que nadie es tan débil como para no devolver una ofensa.

Aun así, al tratarse de un rifirrafe de segundo orden dada la entonces poca notoriedad de Thatcher, aquel rejonazo no mermó su apetencia (ni ínfulas) de ser reelegido en el verano del 70. Sacaba tantas yardas al conservador Edward Heath que afrontó el lance como un trámite. De hecho, las casas de apuestas vaticinaban su victoria en una proporción de 33 a 1. Con un electorado volcado con su selección en el Mundial de fútbol de México, los comicios fueron acogidos como un concurso de impopularidad entre los pretendientes al 10 de Downing Street. Era tal el derrumbe anímico de Heath que emitió el grito desesperado del suicida que se arroja al Támesis: «Por amor de Dios, Gran Bretaña, despierta». Lo asombroso fue que se obró el milagro. Eliminada Inglaterra en cuartos de final, se desató tal indignación contra Wilson que reventó las quinielas y hubo de recoger sus enseres. A veces, nada es tan inminente como lo imposible.

¡No son los berberechos, estúpidos!A nadie escapa que ni el gran vencido en las urnas madrileñas de este 4-M, Pedro Sánchez, por su empecinamiento y estupidez, es Wilson; ni la gran triunfadora, Isabel Díaz Ayuso, es Thatcher. No por su tenacidad o por su saber ir a contracorriente, sino por su mayor empatía para romper las cercas del voto estabulado y granjearse ex electores de Ciudadanos, en especial, asimismo del PSOE y Vox, además de arramplar con el de los jóvenes con edad de votar recién estrenada. No obstante, la analogía sí retrata a quien, creyéndose Napoleón, imaginó que ganaría con enseñar su sombrero. Se ha dado de bruces contra quien, después de una larga y sostenida campaña de acoso y derribo en año y medio de pandemia, ha procedido con la displicencia de Wilson con Thatcher. Pero también con abierto desprecio hacia una perfecta desconocida dos años atrás.

Curiosamente, Ayuso se dio a conocer con una profecía que se ha hecho realidad para perplejidad de fanáticos y sectarios de la izquierda retardataria. En una intervención en La Sexta en diciembre de 2018 que se viralizó, en respuesta a una izquierda estupefacta por el cambio de gobierno al sur de Despeñaperros tras 40 años de régimen socialista y receptiva a las «alertas fascistas» para boicotear la investidura de Moreno Bonilla rodeando el Parlamento, Ayuso predijo que «todo aquel que intente tomar por tonta a la gente va a tener el mismo resultado que en Andalucía y pondrá de patitas en la calle a todo aquel que intente acomplejar a España». Luego de un rotundo mentís contra quienes pintan los extremos a conveniencia, amén de defender a quienes eran «tratados como basura» por colgar banderas de España o a aquellos a los que acorralaban «como fachas por estar en contra de la dictadura de los independentistas radicales», su entrevistadora puso punto final a la charla con un escueto: «Agradezco mucho su claridad, pero tengo otra entrevista».

Merced a su alegato televisivo y al no dejar de recibir Pablo Casado noes a sus ofertas por doquier para encabezar la lista de Madrid a las autonómicas de la primavera siguiente, éste recurrió –como sucedería con Almeida para la Alcaldía– a Ayuso entre el desconcierto y el escepticismo generales. Lo cierto es que la última de la fila acabó en el despacho principal de la Puerta del Sol y dos años después ha barrido a la izquierda, al no haber aprendido ésta su lección televisiva. Casi con la misma mayoría de Ruiz-Gallardón y Aguirre en la época del bipartidismo. Tal gesta merece hoy los caracteres de la prensa internacional como referente de los valores liberales en la lucha contra la covid y el sostenimiento compatible de la actividad económica.

Frente a lo que arguye La Moncloa para salvar al presidente Ryan –al modo del rescate del soldado de la película de Spielberg–, lo acaecido en Madrid no se queda en Madrid al haber librado Sánchez en persona esta lid como si le fuera la vida, y puede que no anduviera desencaminado. Desplazó al candidato Gabilondo hasta reducirlo a un muñeco roto y al PSOE de Madrid a mero atrezzo. Ahora les hace pagar el pato de lo que a él y a su jefe de gabinete y de campaña, Iván Redondo, compete. Tras haber puesto Gabilondo la cara por él hasta ser hospitalizado por las arritmias, escrito está que recibiría el mismo pago que el alguacil Perico Sarmiento de su corregidor: «Pues ahí me las den todas».

Tras sus razias contra la presidenta madrileña bajo amenaza de intervenir la comunidad aplicándole el mismo artículo 155 que a los golpistas catalanes, cuyo sometimiento trató de escenificar con su visita-desembarco en la antigua Casa de Postas en septiembre del año pasado, como si fuera la recreación de la rendición de Breda con la multiplicación de banderas haciendo las veces de lanzas, y luego de urdir una moción de censura con Cs que Ayuso conjuró convocando elecciones anticipadas, Sánchez encaró el 4-M como un plebiscito que ha perdido. Como en la repetición electoral de noviembre de 2019 en la que, buscando el «haz que pase», desmejoró sus ya peores resultados del PSOE desde la restauración democrática que había cosechado cuatro meses antes en su primera cita electoral desde que accediera a La Moncloa por la gatera.

Si entonces su abrazo poselectoral de rescate mutuo con un Iglesias también en retroceso –y un cadáver político desde el martes– le permitió sostenerse en la Presidencia, ahora el calamitoso revés madrileño ha tenido como remate el sorpasso que el PSOE evitó con Podemos y ahora ejecutado por Más Podemos (perdón, Más Madrid) arrebatándole la hegemonía de la izquierda en Madrid. A la formación sandía (verde por fuera, comunista por dentro) de Íñigo Errejón, crecido a los pechos del régimen bolivariano, le ha bastado situar al frente a una Mónica García que, al ser una desconocida del gran público, no origina la repulsión de un aborrecido y tóxico Iglesias. De estampar las papeletas con su foto, ha pasado a borrar su instantánea de los carteles, y no por un súbito ataque de modestia del hacendado de Galapagar.

No es mucho menor el rechazo –y que ha beneficiado a Ayuso tanto como la de Iglesias– que comienza a suscitar y sentir Sánchez. Su impopularidad de autómata del teleprónter no escapa ni a quienes viven del sueldo que les dispensa. Por eso, la convocatoria madrileña entraña una clara reprobación de quien, yendo a por lana, regresó trasquilado.

En su envite, Sánchez no ha tenido escrúpulos en usar partidistamente La Moncloa, como hace desde que llegó al poder con la excusa de regenerar la política con su moción de censura Frankenstein contra Rajoy. Además de ubicar allí el cuartel electoral, ha empleado el Ministerio del Interior para la agitación y la intoxicación políticas y ha usado el CIS para generar un artificial clima electoral, a la par que su director, José Félix Tezanos, afrentaba a los votantes de la presidenta madrileña con tan mal vino –como el de la vicepresidenta Calvo– que olvidó que el PSOE se fundó en la centenaria taberna Casa Labra.

Ante tal desatino e insulto a la inteligencia, habría que evocar el cartel que plantó James Carville, el genio de la triunfante campaña de Clinton en 1992, en la sede de la candidatura, «es la economía, estúpido» y espetar: «No han sido los berberechos, estúpidos», sino ofrecer un porvenir que permita tomarlos, si le apetece, en el libre ejercicio de su libertad. Pese al aldabonazo, Sánchez no esboza un amago de enmienda como González tras la huelga general del 14-D de 1988 –«he entendido el mensaje»– o los comicios de 1993 –«he entendido el mensaje de los ciudadanos: quieren el cambio del cambio»–, sino que se obstina en el sostenella y no enmendalla. Como la gente ha perdido la confianza, pensará en disolver al pueblo y que el Gobierno elija otro, como ironizó Bertolt Brecht.

Como el orgullo precede a la caída y creerse tocado por la suerte conduce a la debacle, atendiendo a la sabiduría del gran historiador Heródoto, Sánchez debiera abrir otro de esos tres sobres que se dice que todo nuevo gobernante encuentra en la gaveta de su despacho. Sin poder contener su curiosidad, seguro que el primero lo abrió raudo. Al leer «responsabilízame de todo cuando tengas sus primeros problemas», respiraría con alivio, aunque ya lo hubiera hecho para apartar a Rajoy. Si ha desprecintado el segundo tras el batacazo madrileño, comprobará que se le recomienda que acometa una profunda remodelación gubernamental y destituya, si menester es, a su mano derecha. En su caso, esta tarea se complica al tener tantas vicepresidentas como para constituir ellas solas un Consejo de Ministros entero. A tenor de lo dicho por José Luis Ábalos al término de la Ejecutiva Federal en la que Sánchez le hizo la autocrítica a los que marginó, en vez de asumir responsabilidades, el jefe del Ejecutivo finge que no ha pasado nada y, si ha pasado, es asunto de otros.

No se sabe si un Sánchez en ascuas ha tenido la tentación de rasgar el lacrado del tercer sobre. Como cuentan que hizo el premier James Callaghan, sucesor de Wilson, al dimitir de su segunda etapa en 1976. Tras negar la recesión con una lapidaria frase que hizo historia («crisis, what crisis?»), Callaghan abrió las misivas que le dejó Wilson hasta llegar a la tercera y última, justo la que aguarda a Sánchez: «Siéntate y ponte a escribir los tres sobres para tu sucesor». Al cabo de un corto mandato roto por aquel Invierno del descontento que franqueó la llegada de Thatcher, la BBC fijaría este epitafio: «Fue víctima de los acontecimientos, del tiempo y del destino».

Aunque sea incapaz de enderezar el rumbo y cave el hoyo electoral, lo más letal para el sanchismo –el PSOE ha dejado de existir como tal, por más que mantenga su apariencia expulsando a líderes históricos y su refundador González pueda serlo cualquier día por «el tío de La Moncloa», como le llama– es la desafección del electorado socialista. En Madrid, no ha tenido inconveniente en huir a otros pagos, incluidos los de la vilipendiada Ayuso. En el caso de que el líder del PP, Pablo Casado, atine con la estrategia que aproveche el viento de cola de Ayuso, quien ha revelado resolución para ir contracorriente y carisma para atraerse aquellos votantes que Rajoy dispersó en Cs y Vox, podrá fraguarse un cambio de ciclo tras el trienio negro de la Alianza Frankenstein que se cumple este final de mayo. De no ser así, en semanas se esfumarán los efectos del estruendo originado por Ayuso y, como en el adagio, Post festum, pestum.

Si quiere tener la oportunidad de ojear las tres cartas que esperan a todo inquilino de La Moncloa, Casado ha de echar un ojo a aquella otra que el presidente Thomas Jefferson envió a su amiga Maria Cosway: «No hay que morder el cebo del placer hasta estar cierto de que no esconde un anzuelo».

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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