“No soy Tony Blair”

“No soy Tony Blair…”. Una pausa silenciosa invadió el auditorio en el que Ed Miliband se dirigía al congreso laborista británico. En aquel momento los delegados no sabían si su nuevo líder les invitaba a valorar una noticia magnífica o trágica. El silencio de Ed era intencionadamente equívoco y cuando finalmente –tras cerrar los ojos durante un par de segundos– acabó con un comentario positivo acerca de Blair, la audiencia sabía que Ed había esperado demasiado, que su objetivo era sembrar la duda y la crítica acerca de la herencia política del blairismo, duramente reprobada estos días por los nuevos cuadros del partido.

Resulta evidente, Miliband no es Blair: no tiene ni su carisma, ni su personalidad, no es un orador atractivo, le falta empatía a la hora de relacionarse con la gente y los medios de comunicación británicos le definen como weird (un poco raro). Dicho esto es totalmente cierto que el laborismo liderado por Blair y Brown, en el gobierno durante 13 años, es responsable del déficit que ahora atenaza a la Gran Bretaña; porque durante este tiempo se gastó más de lo que el país se podía permitir y ahora la ciudadanía se enfrenta a una deuda que debe asumir sin haberla generado directamente.

Miliband rechaza las políticas de la tercera vía y se sitúa claramente hacia la izquierda; de ahí su apodo Ed the Red (Ed el Rojo). Su prioridad es recuperar el voto de la clase trabajadora –dejando de lado a las clases medias que Blair intentó y consiguió atraer. Para cumplir su objetivo, Miliband cuenta con el apoyo de los sindicatos, sin el respaldo de los cuales no habría podido acceder al liderazgo del Partido Laborista. Aun así, se trata de una relación no exenta de tensiones, por ejemplo cuando Miliband se pronunció en contra de la huelga convocada por los sindicatos el mes de junio pasado.

El giro hacia la izquierda del Partido Laborista significa el abandono de la centralidad política que le permitió ganar tres elecciones consecutivas –dos de ellas con mayoría absoluta. Es una maniobra arriesgada porque ofrece a los conservadores –en bandeja de plata– la posibilidad de instalarse en el centro y consolidar su liderazgo. A mi modo de ver se trata de un error de cálculo por parte del Labour, que tras el mediocre gobierno de Gordon Brown no puede permitirse más luchas internas ni experimentos de dudosa resolución. Al fin y al cabo Ed Miliband debería tener muy presente que sólo un 18% de la ciudadanía británica valora positivamente su papel como líder laborista.

Miliband critica las políticas del Estado de bienestar implementadas por Tony Blair, rechaza también sus políticas de inmigración, el acercamiento al mundo de los grandes empresarios y lo que define como un alejamiento de los principios laboristas.

Pero, ¿cómo piensa Ed Miliband generar empleo sin la colaboración de los empresarios a los que se refirió como “depredadores”? ¿Cómo dinamizar la economía del país cuando el mismo Gobierno se ve obligado a recortar puestos de trabajo a diestro y siniestro? En este contexto hay que estimular la inversión privada, plantear objetivos inmediatos pero sin olvidar desarrollar un plan a medio y largo plazo. Es necesario identificar nuevas áreas de investigación, favorecer la industria, promover la formación universitaria y profesional. El Gobierno debe facilitar este proceso y crear las condiciones que permitan la recuperación del país; no se puede alienar a los empresarios sino apoyar la creación de empleo.

En estos momentos conservadores y laboristas coinciden en la necesidad de reforzar moralmente el país a través de la promoción de valores como el trabajo, la responsabilidad y la solidaridad, lo cual representa una vuelta a aquellos valores que hasta hace bien poco eran considerados como anticuados; recordemos que el individualismo rampante invadía la sociedad.

Ya ven que la crisis económica –la necesidad– no sólo altera la economía sino que nos fuerza a buscar aquellos valores que deben permitirnos sobrevivir en una situación precaria; parece que nunca aprendemos que hay valores que deben ser para siempre. Así, mientras los conservadores defienden la big society (gran sociedad), los laboristas nos hablan del blue labour (laborismo azul); en ambos casos se trata de buscar nuevos caminos para la reconstrucción moral del país. Ambos movimientos reivindican el sentimiento de pertenencia a la comunidad, promueven la solidaridad y la ayuda mutua; los discursos cosmopolitas yacen en el olvido.

Mientras, los liberaldemócratas ponderan los gozos y las penas de estar en un gobierno de coalición; los primeros les permiten proclamar su papel de moderadores del conservadurismo de Cameron; las segundas les confirman un éxodo de afiliados hacia el Partido Laborista.

Por Montserrat Guibernau, catedrática de Política, Queen Mary University  of London.

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