No soy tu bollera

La comparación que, a finales de julio, realizó Empar Moliner entre ser gay en Marruecos y ser catalán en España no la terminé de comprender.

No solo es que en Marruecos las relaciones consensuadas entre personas adultas del mismo sexo puedan llevar a la cárcel, sino que, además, cuando los homosexuales son señalados públicamente como tales, su vida e integridad física corre un serio peligro. Las lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT) marroquís que huyen de Marruecos y piden protección internacional tratan, ante todo, de salvar su vida ‘contra natura’ de los insultos, amenazas, denuncias, linchamientos, palizas y violaciones de sus propios hermanos, padres, madres, vecinos, compañeros… y no solo de las leyes y los agentes estatales. Una situación objetivamente muy distinta de la que vive un catalán en España.

Servida la polémica, días después el ‘conseller’ Santi Vila y el ‘president’ Puigdemont intervinieron en el Circuit Festival para subrayar las similitudes entre la historia de los catalanes y la de los gais. Ambos «colectivos», a su juicio, son generadores de riqueza y han venido desafiando la legalidad. Confieso mi sorpresa como activista LGBT ante la habilidad que mostró el Govern para arrimarse a nuestra causa y señalarnos como un movimiento de éxito que ha alcanzado sus reivindicaciones. Nunca imaginé que se podría hilvanar la lucha de los homosexuales y personas trans con el ‘procés’ catalán con la intención de añadir valor a este.

Pensar que existe una especie de afinidad entre el independentismo catalán y el movimiento LGBT considero que no se ajusta a la historia de la diversidad sexual y de género en el Estado español. Hacerlo sería olvidar el pasado, los 40 años de dictadura franquista y obviar las reclamaciones de 1977 en la Rambla de Barcelona al grito de «Amnistía y libertad sexual» que todavía están por conquistar. Una sincronía con el movimiento LGBT no se logra hablando de riqueza y bienestar. Nuestra historia no es poética ni romántica ni rosa. Es vergonzosa. También a día de hoy. Por cierto, todavía ninguna institución ha pedido perdón a nuestros mayores LGBT por el horror que vivieron en la dictadura franquista, y también durante la Transición.

Últimamente está de moda banalizar, y de las modas tampoco se va a escapar la comunidad LGBT. Por eso es necesario recordar a quien nos quiera utilizar que la nuestra no es una lucha resuelta, no es una historia de éxito. No mientras haya gente en la calle y en las instituciones que tolere, asienta y apoye campañas como las de Hazte Oír.

Ser homosexual hoy en España nada tiene que ver con serlo en alguno de los países cuyas leyes sancionan con cárcel, castigos físicos e incluso pena de muerte las relaciones del mismo sexo. Sin embargo, a pesar de contar con el apoyo del 90% de la opinión pública y un sólido corpus legal, el Estado español y las naciones que lo conforman siguen teniendo un alma homófoba y tránsfoba, la que aflora para reprimir cualquier disidencia sexual que rompa los esquemas de lo tradicional. Sin ir más lejos, en los libros de texto solo hay cabida para un modelo de familia: la heterosexual.

La marginación y violencia por ser homosexual y transexual persisten, a no ser que seas gay blanco, binario y neoliberal. Ese es el reto al que nos enfrentamos desde el movimiento LGBT, el de frenar la tendencia de que todo sea cada vez más blanco, más masculino, más uniforme y más empresarial. Justo la tendencia que parece gustarle al Govern de Puigdemont, aunque no solo: también gusta a otros gobiernos autonómicos del Estado español y a la Europa menos europeísta.

El principal éxito de la lucha por la diversidad sexual será lograr la tan nombrada igualdad real. Pero no solo para los que somos aparentemente iguales, sino también para quienes son diferentes a nuestra idiosincrasia, a nuestra forma de pensar. Si algo caracteriza al movimiento LGBT no es su uniformidad sino la diversidad, la interseccionalidad y la universalidad. En definitiva, la libertad de expresión.

Todas las alabanzas al movimiento LGBT son bienvenidas, pero, como decía James Baldwin, la Historia no es el pasado sino el presente, y los LGBT –al igual que otros colectivos discriminados y perseguidos– llevamos nuestra historia con nosotros. Por eso nadie puede tratar de contar las cosas de una manera distinta a cómo fueron y cómo son. Porque más allá de nuestra orientación sexual e identidad de género no somos instrumentos, somos personas.

Violeta Assiego, periodista.

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