No te acuestes con bibliografías

Un grupo de mujeres protestan contra la violencia de género y la cultura de abuso y acoso sexual en Washington, en diciembre de 2019. Credit Erik S Lesser/EPA vía Shutterstock
Un grupo de mujeres protestan contra la violencia de género y la cultura de abuso y acoso sexual en Washington, en diciembre de 2019. Credit Erik S Lesser/EPA vía Shutterstock

El título de esta columna es uno de los mejores consejos que he recibido. Me lo dio una maestra, ahora amiga, cuando ella tenía cuarenta y tantos y yo veintipico. Para entonces ya me había acostado con alguna bibliografía por genuino y libre deseo, pero también alguna vez como partícipe de una de esas dinámicas entre maestros y jóvenes alumnas en las que más que deseo lo que se juega es poder.

Muy a menudo el intercambio de poder ocurre así: de un lado, una joven descubre su sexualidad probando el poder que le confiere su cuerpo y practicando lo que la cultura patriarcal le ha adoctrinado a creer en torno a lo que ella vale en la sociedad. Del otro, un hombre que sabe que sin su obra no tendría el éxito que tiene en la cama. Entonces, hay muchos autores que a sabiendas de las vulnerabilidades de algunas mujeres —ignorancia, inmadurez, falta de experiencia— y de una dinámica de poder claramente establecida a su favor en virtud de su autoridad y prestigio —su bibliografía— se aprovechan de personas que llegamos a admirarles sinceramente. Y así muchas mujeres han sido abusadas y violentadas de la forma más despreciable.

En cualquier renglón del saber humano suele haber algún maestro que, prometiendo oportunidades y ejerciendo su poder, se aprovecha de una mujer más joven que le admira. O, aún peor, que va por ahí agarrando de ella lo que le apetece —tanto de su cuerpo como de su intelecto— con violencia física, emocional o ambas. Y estos personajes con poder lo hacen sin esperar consecuencias, porque saben que hay toda una estructura social que les protege. Sabíamos que estos intercambios ocurren, pero ahora empezamos debatirlos, señalarlos y repudiarlos.

No hay contexto social que justifique o explique el abuso. Pero es importante hurgar en escenarios de esta naturaleza porque ocurren y hay que decirlo, aunque incomode y nos coloque en una zona gris peligrosa. Hay que hacerlo porque es desde esa zona gris que damos saltos que parecen cuánticos pero que se han ido concertando poco a poco, apoyados por conquistas culturales y sociales que han costado décadas de lucha y activismo feminista.

Hablaba de todo esto recientemente con amigas a raíz de las denuncias penales por abuso sexual y acoso que presentaron dos mujeres —las periodistas Alejandra Omaña y Angie Castellanos— contra el cronista Alberto Salcedo Ramos y que se hicieron públicas a través de Las Igualadas, un canal de YouTube del diario El Espectador que se especializa en temas de género. A ellas se sumaron cinco testimonios de denunciantes anónimas.

Se nos revolvían las tripas recordando muchas de las experiencias similares que sintonizaban con las que describen las agredidas, a quienes concedo a título personal toda credibilidad y respeto por su valentía.

Salcedo Ramos ha respondido a las acusaciones con un extenso comunicado en el que asegura tener pruebas de su inocencia y en el que dedica párrafo tras párrafo a construir una identidad de víctima de un linchamiento mediático, sin percatarse de la inmensa oportunidad que deja pasar. Perdió un espacio valioso. En lugar de descalificar al medio y la comunicadora que lo entrevistó, debió hacer lo que se esperaría de un cronista de su envergadura: escuchar a las mujeres, reconocer —confiriéndole credibilidad a las denunciantes y tras una reflexión honesta— las faltas que él mismo pueda considerar haber cometido y, claro, aprender acerca del nuevo orden que se está instalando para entender mejor el mundo que habita. El acoso y el abuso sexual siempre han estado mal, lo que pasa es que ahora las mujeres no lo pierden todo por atreverse a denunciar.

Creo en la presunción de inocencia y el llamado a un juicio justo para el acusado es fundamental. Pero en casos como este, me parece muy importante creerles primero a las mujeres que se atreven a denunciar a sus agresores. “Un secreto a voces”, suele decir la gente acerca de las denuncias que empiezan a salir en todas partes del mundo. Pues no. Un secreto a voces no es un secreto, es una verdad que elegimos ignorar.

Mis amigas y yo hablábamos acerca de los momentos en que tuvimos la madurez suficiente para reconocer que algún “maestro” nos celebraba el textito no porque fuera bueno, sino por conveniencia. Muchas veces supimos ver lo que estaba sucediendo y lo atajamos. Pero hubo otras en las que no. Hubo veces en que era tan baja nuestra autoestima que preferimos no lastimarle el ego al “maestro” a atrevernos a decir que no, que no nos gustaba como hombre, que si aceptamos el café era porque de verdad queríamos tomar café. Inventamos novios, fuimos acompañadas a reuniones de trabajo para evitar que nos abordara, tratamos como una imprudencia risible, una inconveniencia propia del oficio, lo que hoy tenemos claro que es acoso. Preferimos mandar una cara feliz ante la coquetería excesiva y no deseada, antes de rechazarle de golpe porque sabíamos lo mucho que nos podía costar.

No estamos orgullosas de ello y reconocer la complejidad de estas dinámicas jamás les excusará. Pero la culpa nunca será de la víctima porque dentro o fuera de estas dinámicas —que siempre ocurren en el marco de una estructura patriarcal— se juega tanto el poder como el carácter de más de un laureado intelectual. No hay zona gris que les excuse. Duele bastante reconocerlo, pero es un paso importante para erradicar la cultura persistente de acoso y abuso y una acción liberadora.

Por todas estas razones, el consejo que me dieron —no te acuestes con bibliografías— ahora lo comparto con amigas y estudiantes. No por puritanismos, o porque tenga algo de malo intercambiar poder libre y voluntariamente (incluso cuando cuestionemos el origen de ese poder), sino porque tengo muy fresco en la memoria el asco, la sensación de sentirme usada y, lo peor, la conciencia de que participé en alguna medida.

Si supiera lo que hoy sé, con toda seguridad mi actitud y acciones habrían sido diferentes. Pero lo que aprendí fue gracias a los aciertos y errores de esa muchacha que fui y lo agradezco todo. Esto nos pasaba hace diez, quizás quince años y todavía pasa. Pero aunque los engranajes del mundo se mueven lentos ahora nos ha tocado a las mujeres por fin estar en la rueda de arriba.

A las mujeres que despertaron y denunciaron antes que yo, mis disculpas, mis respetos y mi agradecimiento. A los hombres que jamás se aprovecharon de su poder, gracias por ser maestros de verdad. Y a los que siguen aferrándose a los vestigios de un orden que está cayendo, aleteen todo lo que quieran. Este mundo va a dejar de ser ese lugar en el que sus acciones y sus egos están a salvo de todo y valen más que la vida o bienestar de cualquier mujer. Si les revuelca el estómago esta columna, si se sienten aludidos o con unas ganas viscerales de defenderse, me alegro. Así se siente. Así nos sentimos siempre.

Ana Teresa Toro es periodista puertorriqueña y escribe para el Nuevo Día de Puerto Rico.

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