No tiremos la primera piedra

Si el desprecio de los políticos fuera la clave de la solución de los problemas de este país, hace tiempo que estarían resueltos. La realidad es más bien la contraria. Ese desprecio es un mal signo; y sugiere que no entendemos por lo menos la mitad del problema. Quizá en lugar de usar tanto la ventana para mirar a los demás deberíamos usar un espejo, asomarnos a él, y mirarnos a nosotros.

Lo cierto es que, porque no sabemos resolver los problemas de los asuntos públicos entre todos, ni siquiera debatirlos razonablemente, es por lo que los españoles no comenzamos por lo más básico. No nos enfrentamos de cara con el problema de que somos nosotros (y no los habitantes del planeta Marte) quienes hemos estado eligiendo a nuestros políticos, casi los mismos o muy parecidos, desde hace casi 40 años. Y por ello somos, en último término, responsables de lo que ellos han hecho, y siguen haciendo.

¿No somos soberanos? ¿A qué viene, entonces, gimotear que somos unas víctimas, o ponernos en plan de vengadores iracundos e indignados? ¿Esperamos que nos consuelen, o buscamos cómo descargar nuestro sentimiento de impotencia con un arrebato? Gritos y sollozos, los justos. Pongámonos a pensar para luego actuar, y vayamos por partes.

Lo primero que nos puede convenir es darnos cuenta de la importancia de la política, y despertar, y desarrollar, nuestra capacidad de interés por ella. Este interés ha estado todo este tiempo medio dormido. ¿Ahora descubrimos que había corrupción en el modus operandi de los partidos, en las licencias de obras, en la recalificación de terrenos, en torno a los subsidios de los parados o de los cursos de formación? ¿Ahora? ¿Que había abusos en torno a unas cajas de ahorro en maridaje con unas administraciones públicas sobredimensionadas? ¿Ahora nos damos cuenta de la lentitud de la justicia, y su falta de medios? ¿Ahora?

No voy a dar al lector la retahíla de todos nuestros problemas. No es que no los hayamos visto; es que, una vez vislumbrados, hemos hurtado la mirada y mirado a otro lado. Quizá porque llevaba tiempo y esfuerzo enterarse de los problemas e implicarse en su solución, y, puestos a ahorrarnos el coste del esfuerzo, se lo hemos endosado a los demás. Es humano; es comprensible. O porque hemos creído que la cosa pública no nos concernía. Era cosa de ellos, de los políticos. Nosotros, con ser pueblo soberano, era suficiente; no había que ejercer de tal, salvo en los minutos que lleva introducir una papeleta en una urna cada x años. Cuestión de humildad, tal vez; o costumbre de ser buenos mandados. O simplemente, hemos caído, medio a sabiendas, o bastante a sabiendas, en aquello de aceptar la versión sectaria de unos partidos políticos obsesos con exhibir las vergüenzas de los oponentes y cubrir, piadosos, las suyas. Echar la culpa a los demás; buscar al culpable, en los otros. Qué cosa tan humana, demasiado humana.

En todo caso esto es a lo que nos incitaban, y nos incitan, esos políticos y sus cortes de medios y de tecnocracias de enlace. Animales políticos realistas, todos ellos. Sin duda. Gentes realistas, que parecían y parecen saber muy bien cómo se hace la política real, contando con nuestro beneplácito.

el problema es que entre unos y otros, estas gentes tan realistas por un lado y nosotros, como sus consentidores, por otro, nos ofrecemos ahora en bandeja a nosotros mismos una situación que no hay que dramatizar, por supuesto, lejos de nosotros la tentación del pesimismo, pero hay que reconocer que es interesante: un hermoso problema de 24% de tasa de paro de la población que, de dejar que las cosas sigan su aparente curso natural, podría prolongarse una década; un problema catalán encantador, es decir, propio de encantadores de serpientes, tan prudentes y sabias como la del Jardín del Edén; y un clima de maravilloso desconcierto político, en el que las pasiones de la desconfianza vibran que es un primor contra un cielo en claroscuro, no se sabe si anunciando el diluvio o una sequía asoladora.

A estas alturas, ¿qué nos queda a nosotros, los ciudadanos de a pie, si no es tener un poco de sensatez y de sentido de algo que se parezca en lo posible a un bien común? ¿Y comenzar por lo más elemental que es evitar la locura de no aceptar nuestra parte de responsabilidad por lo ocurrido, como algo ineludible antes o al tiempo de exigir responsabilidades a unas elites que nos estamos empeñando en definir como incompetentes, corruptas y egoístas?

Porque puestos a poder, ya que queremos poder tanto, y nos estamos re-descubriendo cofrades todos del Gran Poder ¿podemos, o, más bien, debemos, tirar nosotros la primera piedra? El Jesús del Gran Poder, el de Nazareth, el original, en todo caso, nos hubiera sugerido, silencioso, y dibujando un misterioso signo en la arena, no hacerlo… y al mismo tiempo no dejar de hacer algo, convertirnos en gentes de otro tipo.

Porque ya puestos, mundo secularizado y racional en que vivimos, a tirar una primera piedra, ¿no sería lo lógico empezar por tirárnosla a nosotros mismos?

Y puestos a ello, aunque sólo fuera por prudencia, ¿no convendría que la piedra no nos rompiera el cráneo? ¿Que fuera de dimensiones razonables, lo suficiente para producir una impresión, profunda, sí, que nos empujara a una gran transformación, una conversión incluso, pero sin auto-destruirnos? ¿Y no sería razonable lanzarnos, como una piedra, la pregunta de qué sabemos de los problemas del país y qué estamos haciendo, cada uno de nosotros, por resolverlos, hoy, sin esperar a mañana?

Lo digo sólo como una sugerencia.

Víctor Pérez-Díaz es sociólogo y presidente de Analistas Socio-Políticos.

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