‘No’, una película

La confusión entre cultura e industria cultural ha convertido las secciones culturales de los medios de comunicación en un lío que resuelven de un plumazo las agencias de publicidad y promoción. Fíjense que, de un tiempo a esta parte, los que discuten sobre “la cultura” –expresión tan genérica como un cajón de sastre– suelen ser gentes que viven de lo que crean los demás. Son administradores e intermediarios de la cultura. Ninguno de ellos va más allá de lo que marca su contrato, sus presupuestos o su astucia mediática.

Si a estos sumamos que España dio un triple salto mortal a la industria cultural sin haber consolidado la artesanía de la cultura, es decir, la creatividad de los artistas y el consumo privado, nos enfrentamos a un panorama poco saludable. ¿Qué hacemos con los libros que están fuera del mercado de la industria cultural? Todos sabemos que esos serán, con toda probabilidad, los que marquen la época que nos ha tocado vivir, pero la industria vive del mercado: de los grandes autores inventados, de los negros que escriben libros que jamás hubieran existido de no haber sido porque les puso nombre y autor un imaginativo ejecutivo editorial. Si la cultura de un país vive de la publicidad que le otorga la industria cultural, estamos jodidos. Y yo creo que estamos muy jodidos.

Y eso es cierto en mundos como el del libro, la literatura, el ensayo y la reflexión filosófica, donde hemos alcanzado cotas insalvables de desvergüenza –las necrológicas al difunto Eugenio Trías, al que me unía cierta amistad y escaso respeto, son un monumento a la impostura de la casta; Eugenio creyó que el Partido Popular de Aznar le convertiría en algo grande y la derecha, como la izquierda, son instrumentales. Le montaron un sarao de homenaje en el ABC que avergonzaría a cualquiera con sentido del ridículo y luego le dejaron solo para morirse, que es en definitiva nuestro destino, y para que se volcara en el análisis musical, porque la política es asunto de profesionales y no de amateurs, pero eso sí todos haciendo como si no se hubieran enterado. Un país que se obliga a ser cínico no tiene ningún futuro intelectual; está muerto porque vive de la impostura.

El cine lleva hasta el límite las diferencias reales entre industria, gran industria y artesanía local, referidas a la cultura. Ha llegado a nuestros cines No, un filme chileno imprescindible para quien todavía piensa que hay cosas sobre la que reflexionar sin ponerse estupendos, olvidando el arroyo del que salimos y del que no nos sacará nadie por más esfuerzos que hagamos por torear el presente. “¡Vivimos tiempos inmarcesibles!”, aseguran quienes lograron negocios intelectuales que provocan rubor hasta en los que viven de chaperos tertulianos.

No es una película que nadie publicitará por más que sea candidata al Oscar a la mejor película de habla no inglesa. De poco le va a servir este sello de garantía, porque entre nosotros nadie ha osado acercarse a la Transición democrática con un ánimo similar. No trata del plebiscito que montó el general Pinochet para mantenerse en el poder, buscando el apoyo popular y barrer a la oposición democrática. Algo así como esa estupidez, ahora muy repetida, según la cual si Franco llega a presentarse a unas elecciones las hubiera ganado. Por eso se cuidó de evitar las elecciones democráticas.

No es la brillante crónica del plebiscito que monta Pinochet forzado por la presión extranjera, y su base social, que quiere avalar el golpe contra Salvador Allende de 1973. Un publicitario que no entiende casi nada de política acaba asumiendo la campaña del No, frente al aparato mediático y represivo de la dictadura pinochetista.

En una sociedad normal –que no es la nuestra– este filme provocaría polémica, interés, pasión, incluso confesiones personales sobre la época que vivimos entonces y que tantos elementos comunes tiene con esta historia. Sobre todo uno: la distancia entre la clase política salida de la clandestinidad y una generación que quiere borrarlos a todos, empezando por los fascistas pero parándoles los pies a los usufructuadores del dolor. El golpe de Pinochet contra el socialismo democrático de Allende en 1973 es una historia que nosotros ni siquiera podemos contar. Me abruma evocar las cosas que leímos entonces en nuestros periódicos y vimos en los informativos de TVE. ¿Nadie contará las cosas que dijo nuestro inefable Pla, entre otros? Me revuelve las tripas recordarlas.

¡Qué lujo el de los chilenos, poder hacer una película inteligente sobre su propia historia! Guste o no guste, provoca la discusión, el debate, la singularidad de unos profesionales de la publicidad que aportaron un ángulo que dio al traste con la continuidad. ¡Y todo para esto!, se dice el personaje. Pues sí. Así son las cosas. Es posible encontrar rendijas por donde poner al régimen dictatorial contra las cuerdas. Nosotros no tuvimos suerte, ni quizá talento.

¿Cómo se aborda la pacificación después de una sangrienta dictadura? Se puede hacer de muchas maneras. No creo que eso que los voceros de la Transición española consideraron un éxito pueda hoy exhibirse. A mí, que Barcelona dedique una estatua Winston Churchill, responsable máximo de la permanencia de Franco en el poder, es un chiste macabro que sólo ha denunciado Lluís Permanyer. Probablemente estemos incapacitados, por falta de valor, no por otra cosa, para abordar el final de Franco, nuestro fracaso resistente, el confeti fraternal derramado por los verdugos sobre sus víctimas, la satisfacción perplejante de los inocentes, en fin, todo eso que constituyó nuestra transición y que está tan escondido que se entendería como una provocación el volver a ponerlo en candelero.

Pues eso lo hace Pablo Larraín, chileno, en un filme sencillo y difícil, porque nadie soporta con comodidad una película donde antes de empezar ya sabe cómo termina. Cierra un ciclo que abrió con una película terrible, que aún recuerdo como de ese grupo de las que no quisiera volver a ver, y que se titulaba Santiago 73. Post morten, que probablemente no se proyectó en España. Tuve el privilegio de verla en Canadá, ¡manda huevos, en Montreal!, y contaba la historia del golpe de Pinochet visto desde un empleado de la morgue, patético personaje que ahora vuelve de gran publicista en No, Alfredo Castro. He reconocido en varios de los actores del No del 2012 a personajes siniestros de Post morten del 2010, que incluso llegó a Venecia, y que por eso de nuestra cultura barrida por la industria cultural, no alcanzamos a ver, y nos quedamos tan panchos, discutiendo. ¡Oh, la crisis de la cultura vista por los ejecutivos de la industria cultural!

Porque No tiene muchas interpretaciones. Desde la concepción de la política como un espectáculo, hasta la frustración de unas generaciones machacadas por la dictadura que exigen venganza, o al menos reconocimiento. Atiendan al silencio sobre lo que está sucediendo en el País Vasco; allí se vive un complejo proceso que dejará mala huella, porque el crimen se aparca y se pacta el silencio. Eso que fue nuestra primera lección grabada a fuego en el lomo de todos los perdedores. La vida empieza el día que cambia y que se abre una esperanza. Derrotado Pinochet en su propio plebiscito, ¿acaso no es mejor cualquier líder que no tenga las manos manchadas de sangre? Borremos la complicidad, como si los verdugos hubieran actuado solos.

No es un filme digno, modesto en su realización y cargado de sentido para nosotros. Plantea que la alegría es la salida menos onerosa a la socialización del dolor y la represión. La “concha de tu madre” le dirá un viejo militante cuando escuche la teórica de la publicidad por el “no” frente al “sí” de Pinochet. Esa expresión que no necesita traducción y que refleja la ruptura entre dos mundos: el pasado de sangre y el futuro del olvido. Vayan a ver No antes de que la quiten. Está fuera de la industria cultural, pero pertenece a nuestra cultura.

Gregorio Morán

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