No viene en su libro

Sabido es aquel ingenuo y viejo subterfugio de los malos estudiantes de antaño -más bien pequeños- para quedar a cubierto de exigencias: «Eso no viene en mi libro». La acumulación de aniversarios trascendentales en este año (partida de Magallanes hacia la Especiería, fundaciones de La Habana, Veracruz, Panamá) ha vuelto a poner de manifiesto las graves carencias culturales de nuestra sociedad que, si antes no leía libros, ahora puede aferrarse con razón al argumento: en su Biblia de cabecera, en la que viven sumergidos y sin la cual no sobrevivirían, esas cosas no vienen. Y en caso de que pretendieran extraer algo de las pantallicas (maniobra posible, en teoría), la primera dificultad con que toparían estriba en que para buscar algo primero es preciso conocer su existencia. Así pues muy pocos españoles se van a dar por ofendidos si el forraje audiovisual rebasa todos los límites de incuria, acorde con un país comandado por el Dr. Sánchez, la que no quiere «explificar» su pasado laboral y la de Pixie y Dixie. Lo nuestro es la erudición de altos vuelos.

El 4 de agosto pasado ABC informaba de la emisión en TVE2 de un documental inglés en que por enésima vez nuestro enemigo de toda la vida abundaba en las aburridísimas repeticiones de la Leyenda Negra, mera propaganda de guerra, aunque , al parecer, no quieren enterarse de que la guerra entre nosotros acabó hace tiempo, al menos el choque visible; más las pintorescas escenas de la España de pandereta inventadas e hipertrofiadas por Ford y Borrow y renovadas más recientemente por Lady Hartley y Gerald Brenan. Y, por cierto, invito vivamente a leer a este último, para que los lectores se pregunten como yo mismo por qué se ha dado en nuestro país tanta cancha a tal saltimbanqui aprovechado. ¿La catetería de algunos granadinos tan necesitada estaba de que alguien hablase de ellos, aunque fuese entre tópicos baratos, ignorancia y desprecios? En el documental se combinan todos los elementos habituales y con la misma profundidad y seriedad al uso: Inquisición, Isabel la Católica, al-Andalus paradisíaco arrasado por los bárbaros del norte (y encima, católicos), el oro de América y el resto de simplezas que cansa enumerar. Pero yo no culpo demasiado al autor del bodrio, ni a la BBC. Ellos siguen a piñón fijo realimentando la imagen que les interesa y es capaz de entender su público, cuya cultura tampoco es como para tirar cohetes.

Pero lo grave es que los poderes públicos españoles -es decir, la TV del Estado- insisten en respaldar y difundir entre nuestra gente la versión de la historia forjada por los anglosajones a su conveniencia. Seguramente, nuestra leyenda rosa sea estomagante y muy insatisfactoria por almibarada y mutilada de capítulos que también deben conocerse, pero no dejando el asunto en manos de los beneficiarios de la decadencia y ruina de España. ¿Sería imaginable -no digo posible- que una productora española elaborase una historia, hasta bien hecha, de la piratería inglesa (Drake, Hawkins, Anson, etc.) y que la BBC comprara y emitiese tal serie? Pues esto sucede en nuestro país desde hace mucho y no porque la materia «no viniese en el libro» de los prebostes encargados de la programación cultural, convencidos de que desacreditar el pasado de España les beneficia, por «ser de derechas». Vergonzosa actuación mantenida en las etapas en que, supuestamente, la derecha política controlaba y manipulaba la TV del Estado: ésta nunca, desde el 82, ha salido de la férula y control real de la izquierda, infiltrada, asentada y fortificada en reductos inexpugnables del organigrama, en especial en áreas culturales, que la derecha política siempre ha desdeñado. Tan hambrientos de cargo, no se han percatado, ni se percatarán, de que la opinión global de una persona (incluida la política) no se forma en las declaraciones oficiales ni en las campañas electorales, sino en el día a día de toda la información que recibe. Y, dado el escaso aprecio por la cultura escrita -que va en aumento-, es la televisión la encargada de suministrar impulsos más que datos, estados de ánimo más que reflexiones. Desde los espacios deportivos a los cotilleos y las modas, pasando por el cine comercial, los programas de entretenimiento, los documentales y -desde luego- la manipulación manifiesta de los telediarios.

Para la izquierda, la cultura es parte de la propaganda: no esperemos en ellos ingenuidades como «el arte por el arte», esteticismo puro; pero para la derecha política no es nada, con la excepción quizá de J.M. Aznar que sí intentó llevar adelante proyectos culturales serios, pero su partido no le siguió: no querían «líos» y además gastando. Si acaso, ven a unos cuantos pedigüeños que quieren viajar gratis, publicar libros raros que las editoriales comerciales rechazan por no considerarlos negocio, o estudiar música como en Alemania o Austria. Todas actividades que no garantizan un lucro sabroso y rápido. De ahí su enemistad por los ministerios de cultura, las inversiones oficiales en esfuerzos sin beneficio tangible inmediato y su entusiasmo por que «el mercado» regule y decida qué se oye, se ve o se escribe, de suerte que habríamos de abandonar numerosos campos, instituciones, proyectos científicos, culturales, investigadores, cuya subsistencia es imprescindible en un país de civilización avanzada, si no se autofinancian. El mercado, Dios redivivo sobre la Tierra, ¿puede determinar si se mantienen las Academias o se las tira al albañal, caso de no dejarse convertir en fábricas de panfletos para el Gobierno? ¿Cómo se miden la utilidad y el provecho de las bibliotecas públicas? ¿Y de los conservatorios? ¿Y de las buenas editoriales oficiales que operan en terrenos que las comerciales eluden? A recordar que Editora Nacional fue liquidada por el primer Gobierno socialista cuando se había reconvertido por completo, cambiado el catálogo y dedicado a publicar clásicos fundamentales.

Bien es cierto que nuestra derecha política cuenta con próceres de alto bordo: el último presidente del Gobierno del franquismo se jactaba de no haber pisado el Museo del Prado y otro que tuvimos hasta anteayer nunca encontró, en seis años de mandato, media hora libre para acercarse a la RAE, aunque fuese para presidir cualquier acto protocolario, o a repartir medallas de esto y lo otro. De ahí que el Dr. Sánchez ande fingiendo lo contrario, si bien de trigo da poquito; y su continuidad sólo augure en TV2 más churros contra la Conquista, papanatismo por al-Andalus, canonización de los moriscos (más), mucha memoria histórica hemipléjica, más republicanos españoles aquí y acullá y profusión de maldades de los franquistas. Imposible que se produzcan buenas series y películas históricas, entretenidas y con gancho acerca de cualquier momento de los infinitos aprovechables y de interés de nuestra historia. No hace falta propaganda, sólo rigor. Y dinero.

Serafín Fanjul es miembro de la Real Academia de la Historia.

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