Nombres para una época

Al morir el príncipe de Ligne en 1814, en pleno Congreso de Viena, las señales que indicaban un vertiginoso deterioro del mundo en que había nacido ya estaban encendidas, pero sólo a unos pocos les fue dado advertirlas. Metternich, arquitecto de la Restauración, se encontraba entre esos privilegiados. Y quizá por eso, junto a su pensamiento más secreto – que la vieja Europa estaba al principio del fin- anotó en su diario personal que el entierro en Viena del príncipe de Ligne, seguido por emperadores, reyes, ministros y grandes nombres de la nobleza europea, era igualmente el sepelio de un mundo ya insalvable.

Y en cierto modo, Metternich no se equivocaba. Ligne, el más cumplido y noble aristócrata que haya dado Europa en el siglo XVIII, era el encanto y la dulzura de vivir del Antiguo Régimen; un espíritu señorial, descreído y anti-filosófico; un soñador de quimeras inasibles no arrastrado por la corriente nerviosa de la Revolución y la explosión nacionalista inducida por Napoleón; un militar y diplomático para quien la nación contaba menos que la Casa Real, la cortesanía o el ejercicio de unos valores amenazados por las múltiples huellas de las victorias napoleónicas.

Una vez más, confesó Metternich aquel año de 1814, «noté como una sombra que desaparecía». Un sentimiento que en 1902, un año después de los funerales de la Reina Victoria, también vivieron muchos ingleses ante el féretro del escéptico, melancólico y conservador lord Salisbury, primer ministro del último gobierno británico que poseyó todos los atributos de la aristocracia gobernante. Lo que entonces se extinguía, como más tarde comprobaría Winston Churchill, era todo una época: el mundo rígido y elitista de la Reina Victoria, que Salisbury simbolizaba mejor que nadie, el tiempo del imperialismo triunfante y de las aterradoras desigualdades, que daría paso a una Inglaterra democratizada de libertades incontenibles.

Decía Azorín que todas las cosas tienen durante el día un breve instante en que irradian su verdadero espíritu, y que es inútil visitarlas y contemplarlas a otra hora distinta. En esos momentos precisos, todos lo detalles, la luz, el color, el aire, los ruidos, las líneas, forman una síntesis perfecta, algo como una armonía, que adquiere su máximo en un punto y que poco a poco va disipándose, fundiéndose en el ambiente vulgar del resto del tiempo. Así los jardines, los museos, los viejos palacios, las iglesias, las calles… Así también el siglo XVIII en el entierro del príncipe de Ligne o la era victoriana en la muerte lord Salisbury. Porque hay personajes de la historia que son como esos instantes, capaces de resumir una época, de simbolizar un período, de arrastrar consigo una era.

Dante, por ejemplo, ¿no se eleva como la catedral gótica por encima del mundo medieval, no resume con su figura una época en que la Iglesia era, a un tiempo, la fuerza y la ciencia, no representa el gran sueño del reino de Dios temporal y espiritual, que ni los emperadores ni los papas pudieron consumar en el mundo y él culmina en el gran monumento literario de La Divina Comedia?

Lo mismo, pero con respecto a la epopeya de las Indias, puede decirse del soldado y cronista Bernal Díaz del Castillo, que participó en la gran conquista de México y que, al final de su vida, a sus ochenta y cuatro años, quiso despedirse del mundo con las fabulosas imágenes de una juventud aventurera: los días de gloria y abyección en que menos de seiscientos esforzados españoles sometieron un imperio nueve veces mayor que España, la caída de la gran capital azteca en medio del rumor de los atabales y el fuego de los cañones castellanos, el agua quemada de la laguna sobre la cual se asentó Tenochtitlan.

Hay personajes de la historia que aceptan su condición de creadores y abarcan en sus obras el mundo que ellos conocieron. Piensen en Cervantes, en Balzac, en Dickens, en Galdós. Hay otros que son la memoria misma de la época que vivieron, que encarnan los rasgos precisos y distintivos de un período concreto de la historia. Ahí está Scott Fitzgerald, quien es a los años veinte del siglo pasado lo que Ligne al Antiguo Régimen, el símbolo de una edad dorada de fiestas y jazz, el emblema de aquellos tiempos de opulencia y prosperidad que sepultaría la Gran Depresión del 29. Ahí está el escurridizo y legendario John Dillinger, que a ráfagas de ametralladora y a persecuciones, personifica una etapa desesperada y feroz de los Estados Unidos, cuando los caminos se llenaban de gente pobre y huidiza, decenas de miles de brazos se ofrecían por los pueblos para labores de sol a sol, a cambio de comida y un pedazo de cielo como techo, y la vida era literalmente una pesadilla.

En el tiempo de las vanguardias, después de ver la luna de Nueva York en su viaje de novios y preguntarse en su diario, «¿Es la luna o el anuncio de la luna?», Juan Ramón Jiménez le pidió a la inteligencia que dijera el nombre exacto de las cosas. En los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial y durante la misma, el nombre exacto de «estadista» era Winston Churchill, por su mucha insistencia en el peligro que suponía la Alemania de Hitler y la convicción, puesta de manifiesto en sus discursos más famosos, de que si las democracias occidentales renunciaban a la lucha, si buscaban un acuerdo con los dirigentes nazis, sería el final; el final definitivo, no sólo de su independencia, sino de la civilización occidental, para siempre.

La historia universal no se reduce a la biografía de los grandes hombres, como quería Thomas Carlyle en el siglo XIX. Pero esto no significa que no exista la grandeza; y mucho menos que no haya algunos personajes excepcionales de la historia capaces de resumir, por sí solos, toda una época.

¿Quién negaría que la muerte de Edward Kennedy ha cerrado una página del siglo XX? El león del Senado no sólo era el celo de la coherencia, la intención constante o el frío compromiso del mejor liberalismo americano. También era la cara dulce de una América que había empezado a perder su inocencia y a desengañar a muchos; y el último reflejo de una dinastía de políticos que enseñó al mundo que el proceso de redescubrir Estados Unidos no concluye jamás, haciendo que el país de Jefferson o Walt Whitman volviera a encontrarse a sí mismo, borrando la impresión de una nación vieja de hombres viejos, gastados, cansados, temerosos de las ideas, de los cambios, del futuro.

No… Metternich no se equivocaba. Hay personajes de la historia que arrastran consigo épocas enteras. Algunos mueren con las botas puestas, en el mismo escenario donde se convirtieron en leyenda. Otros desaparecen entre las sombras silenciosas y familiares del retiro. Así cerró los ojos al mundo este pasado verano Joaquín Ruiz-Giménez, arquitecto del diálogo en los tiempos del tardo-franquismo, muñidor de la reconciliación entre las dos caducas Españas que helaban el corazón de Machado, precursor de la Transición. Un soñador para una democracia.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos Mayo, Nación y Libertad.