¿Nos conviene este euro rampante?

Por Roberto Velasco (EL CORREO DIGITAL, 16/11/07):

A estas alturas del discurso profesional, todo el mundo sabe que en Economía hay poquísimas verdades absolutas (si hubiere realmente alguna), lo que no impide que a los economistas se nos acuse, por ejemplo, de haber pronosticado nueve de las cinco últimas crisis. Sin embargo, caso curioso donde los haya, sólo el mínimo grupo de los muy consecuentes ha dejado de preguntarnos acerca del futuro de los precios o de los tipos de interés, así como sobre su incidencia en las economías familiares o en el clima de los negocios. Una prueba entre otras de que la sociedad de nuestros días es más confiada de lo que parece y se mueve siempre con gran respeto, cuando no con temor, al porvenir.

En esta oportunidad son varios los motivos de preocupación que acompañan al ya visible desfallecimiento de la economía española: repunte de la inflación, escuálido crecimiento de la productividad, gigantesco déficit de la balanza por cuenta corriente, caída del mercado inmobiliario y, últimamente, un euro completamente encrestado que muestra una fortaleza hasta ahora desconocida frente al dólar, el yen y el yuan, la divisa china. Todo ello rodeado por el enigma, que iremos descifrando a medio plazo, de las verdaderas consecuencias en la economía productiva de la crisis financiera provocada por las hipotecas de alto riesgo.

En el caso del euro estamos justamente en las antípodas de la situación vivida el año 2000, cuando su paridad con la divisa norteamericana se estableció en 0,8225 euros por dólar y se levantó una oleada de pesimismo respecto al futuro de la moneda europea. Los expertos recordaron entonces que los mercados financieros y cambiarios mantienen con cierta frecuencia una tendencia a exagerar los movimientos pendulares de precios y tipos de cambio, pero la desconfianza no se disipó hasta que el Banco Central Europeo (BCE) actuó junto a la Reserva Federal (FED) estadounidense y el Banco de Japón para apuntalar al euro. Ahora, cuando el euro se acerca inexorablemente a un valor de 1,50 dólares, se teme que la tendencia de fondo del billete verde seguirá presidida por la debilidad y que su descenso sin paracaídas se torne desordenado, por lo que ya se oyen voces reclamando la intervención de las autoridades monetarias.

La cuestión que se plantea es si las consecuencias de una moneda muy sobrevaluada, como el euro actual, exigen una intervención para resituarla en paridades más razonables. Y las cosas no están ni mucho menos claras. Por un lado, quedan muy atrás los días en que una divisa fuerte se correspondía siempre con una economía nacional saludable, caso que ejemplificaban a la perfección el marco y la economía alemana; al fin y a la postre, son la oferta y la demanda las que determinan el precio relativo de cada moneda en un sistema de cambios flexibles como el actual. Por otra parte, parece demostrado que los bancos centrales influyen con sus actuaciones en la relación entre divisas, aunque no es menos cierto que el tipo de cambio de una moneda respecto a cualquier otra que se tome como referencia se ve sobre todo afectado por los diferenciales de crecimiento entre áreas, por las respectivas necesidades de financiación y por las expectativas de rentabilidad de los activos financieros en uno y otro lugar. Así que, como ocurre siempre entre economistas, hay razonamientos académicos para todos los gustos, que se unen a conveniencia con las muy influyentes reclamaciones de los grupos de presión empresariales, especialmente de quienes operan activamente en el comercio internacional y conocen mejor que nadie las diferencias que existen entre los tipos de cambio nominales y los tipos de cambio reales (que incorporan la tasa de inflación de las economías cuyas divisa se comparan).

Hasta ahora, el BCE no ha ofrecido indicios de que esté a punto de actuar, aunque su presidente, Jean-Claude Trichet, haya calificado varias veces de ‘brutal’ y ‘malvenida’ el alza del euro frente al dólar. Y tampoco Joaquín Almunia, el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la Unión Europea (UE) reconoce efectos demasiado negativos en la economía de la eurozona como consecuencia del tipo de cambio del euro respecto al dólar, aunque sí viene enfatizando que hay que estar ‘vigilantes’ de su evolución, no sea que a su través paguemos los europeos los platos rotos de los desequilibrios globales de la economía mundial que otros (fundamentalmente Estados Unidos y China) provocan. En el caso norteamericano, existe la sensación de que se pretende reactivar la economía impulsando las exportaciones, dadas las dificultades que encuentran en esta ocasión para hacerlo a través del consumo interno (su receta más socorrida) y teniendo en cuenta la ‘significativa presión’ a la baja que Ben Bernanke, el presidente de la FED, estima que ejercerán los mercados financieros en los próximos meses.

Dicho todo esto, conviene ahora preguntarse si el euro fuerte perjudica o no a la salud de la economía española y tampoco podemos dar una respuesta taxativa, porque sus varios efectos son globalmente contrapuestos y pueden llegar a neutralizarse, por lo menos parcialmente. Un euro muy fuerte, como el actual, perjudica a nuestras exportaciones a Estados Unidos, Asia y Latinoamérica, pero debemos recordar que la gran mayoría (cercana al 70%) de las ventas exteriores españolas tienen a la UE como destino. Un euro fuerte es también malo para el turismo procedente del exterior a la eurozona, que tampoco es el más abundante, pero es un alivio importante a la hora de pagar las últimamente carísimas importaciones de crudos de petróleo, de las que somos absolutamente dependientes. Un euro fuerte reduce también el precio efectivo de la importación de otras materias primas cotizadas en dólares, lo mismo que ocurre con las facturas correspondientes a la importación de maquinaria tecnológicamente puntera, tan necesaria para mantener el crecimiento de nuestra economía. Hay incluso quienes piensan que una paridad euro-dólar como la actual tiene otra ventaja adicional, la de obligar a ponernos las pilas imprescindibles para afrontar algunas reformas estructurales pendientes.

Así que las demandas de intervención de los perjudicados se equilibran con el silencioso apoyo a la quietud de quienes, a la chita callando, se benefician o esperan hacerlo en el futuro de este euro rampante. En lo que está todo el mundo de acuerdo, también los economistas, es en preferir una divisa estable, con escasa volatilidad. Pero si la actualidad de la economía española se impone y hay que responder a la pregunta ‘¿es mejor un euro fuerte o un euro débil?’, los economistas sólo podemos contestar como lo haría un gallego castizo: ‘Pues depende’.