Nos perjudicamos a nosotros mismos, no sólo a Carlos

Por John Major, primer ministro británico de 1990 a 1997 por el Partido Conservador (EL MUNDO, 19/11/03);

Estos han sido unos días espantosos para la familia real británica. A las «revelaciones» de un antiguo mayordomo han seguido las alegaciones no corroboradas -y extremadamente desagradables- acerca de un incidente que implicaba al príncipe Carlos.

Conozco al príncipe de Gales desde hace casi veinte años y creo que esas alegaciones son inconcebibles; es más, son tan insultantes que jamás deberían haber sido aireadas sin pruebas, que por otra parte no existen. Proceden sólo de un hombre enfermo, que es reconocidamente un testigo poco fiable; un hombre que no ha sido veraz en las cosas que ha contado anteriormente; un hombre que padece un trastorno de estrés postraumático; un hombre que ha recibido atención psicológica; un hombre que se halla evidentemente en mal estado mental y físico y que tal vez no sea capaz de apreciar plenamente lo que está diciendo y el sufrimiento y la consternación que causa.

El pobre George Smith, la fuente de estas historias, necesita atención médica, no publicidad en grandes titulares de prensa; me sorprende que unos medios sofisticados -aun reconociendo en privado lo inverosímil de esas alegaciones- hayan dado lugar a semejante tempestad. Al final se extinguirá -sobre todo todo porque lo que se dice es pura fantasía-, pero dejará tras de sí daños y destrozos, además de sórdidos recortes de prensa de los que se echará mano en el futuro.

Además, esas aseveraciones no han quedado confinadas dentro de nuestras costas, sino que han sido motivo de titulares todavía más sensacionalistas en todo el mundo. Ahora que está claro que son infundados, ¿qué titulares de rectificación habrá? Poquísimos, me imagino, pues los titulares son un material que nadie vuelve a revisar cuando se han contado cosas que resultan ser falsas, ni se pone muy de relieve el hecho de que se trata de afirmaciones deshonrosas e indignas de crédito.

A veces me pregunto cuáles son los motivos de los que cuentan esas historias. ¿Dinero? ¿Deseo de publicidad? ¿Venganza? Y ¿por qué se airean esas fantasías? ¿Es por la básica necesidad comercial de crear noticias y vender periódicos, sea cual sea el coste personal? ¿Cómo es posible suscitar el interés mundial en algo que es palmariamente falso? ¿Nos hallamos ahora en un mundo en el cual el periodismo de los cotilleos publicará cualquier cosa, verdadera o falsa, y la diga quien la diga, sano o enfermo, sólo porque tiene que ver con un personaje público y por lo tanto el público tiene «derecho a saber»? Derecho a saber mentiras; derecho a saber calumnias e insinuaciones. Si es éste el futuro, va a ser un futuro muy negro para todos nosotros.

Cuando la reina describió 1992 como un annus horribilis, ni ella ni ninguna otra persona habría imaginado ni en sueños que, una década después, un miembro de su familia fuera a sufrir un ataque continuado e injustificado. Tampoco se hubiera podido figurar el príncipe de Gales que se fuera a convertir en blanco favorito de esta galería de tiro.

El príncipe de Gales no se merece esto. El eje de su vida pública han sido siempre los deberes y obligaciones de su posición. Pero no se limita a esto su manera de entender el papel de un miembro de la familia real: es un hombre que se preocupa -tal vez demasiado- y sin duda se queda desconcertado cuando ve cómo sus mejores intenciones son distorsionadas con tanta frecuencia.

En los aspectos en los cuales el príncipe está expuesto a las críticas, éstas le han llovido hasta la saciedad. Nadie debe imaginar que su elevada posición lo protege: de hecho, sucede lo contrario y, con cada nueva tanda de titulares, sus críticos se vuelven más atrevidos y menos inhibidos por la realidad.

Tampoco es el príncipe de Gales la única víctima de este cargante frenesí: el sufrimiento y la angustia caen también sobre cabezas totalmente inocentes. Los príncipes William y Harry han padecido una década tempestuosa. A pesar de su pena por la ruptura matrimonial de sus padres -tan traumática para ellos como para cualquier otro niño en circunstancias similares- tuvieron que soportar el tormento añadido de asistir a la persecución a la que fue sometida su madre por las demandas de unos medios de comunicación insaciables, hasta el momento mismo de su trágica muerte. Ahora vemos que el foco de la calumnia lanza todos sus rayos sobre su único progenitor vivo, a quien están tan unidos.

Nunca he hablado ni he escrito acerca del acceso privilegiado que he tenido en ocasiones a la familia real, pero un breve vislumbre de su vida privada podría ilustrar la preocupación que siento por la influencia de la publicidad en los dos príncipes. Una mañana temprano, hace unos años, fui a visitar al príncipe de Gales. Después del desayuno estuvimos conversando. El príncipe William escuchaba ávidamente mientras el príncipe Harry, más pequeño, se entretenía con las páginas deportivas de la prensa matinal. Al cabo de un rato, el príncipe Harry dejó el periódico y los dos muchachos se volvieron hacia su padre. No había ni una sombra de duda en cuanto al cariño que expresaban aquellos rostros juveniles, y menos aún en cuanto a que era correspondido.No formaban una unidad disfuncional sino una familia vinculada por el humor, las bromas y las afectuosas atenciones que caracterizan a las mejores relaciones familiares.

Tal vez convendría que quienes no muestran compasión alguna por el príncipe de Gales reflexionaran sobre los sufrimientos que de rebote causan a sus hijos, de manera más especial quizá al príncipe William. Conforme vaya entrando en la vida adulta, sus obligaciones como segundo en la línea sucesoria al trono pasarán a constituir una parte más importante de su vida. Al haber sido testigo, durante toda su infancia, del malicioso trato que se infligía a las personas que más quería en el mundo, no le habrían faltado buenas razones para ver el futuro con pesimismo. El que no sea así da la talla del hombre en que se ha convertido.

Hay muchas cosas que el mundo tiene derecho a saber, en efecto, del príncipe de Gales. Debe saber que fundó su propia institución de beneficencia, The Prince’s Trust, para ayudar a los menos privilegiados de nuestra sociedad. Debe saber que tiene un interés absorbente en ella y que, como consecuencia, cada año miles de jóvenes encuentran el modo de superar sus dificultades y hacer realidad sus ambiciones.

Deben saber que el príncipe es un formidable defensor de las Fuerzas Armadas, que tiene el valor de manifestarse a favor de causas que no están de moda y que habla apasionadamente en privado en nombre de quienes no pueden hablar por sí mismos. Dentro del príncipe público hay un hombre privado, un hombre sensible, un hombre que espera gozar de tranquilidad personal. A pesar de su valerosa actitud exterior, es indudable que se ha sentido herido por la reciente publicidad, pues -sabiendo que es falsa- no comprende por qué se le ha dado tanta difusión. Si esto es una ingenuidad excesiva en un hombre que va a ser rey, yo prefiero esta vulnerabilidad humana al cinismo cómplice que tantas veces se presenta como mundología.

Un día, el príncipe Carlos será rey: la presencia más visible de nuestra monarquía y el símbolo de nuestro país ante el mundo.Humillarlo con falsos testimonios no sólo es profundamente injusto con el príncipe de Gales como individuo; es también una grave injusticia para con los intereses de la institución de la monarquía y de la nación en su conjunto.