Nos quedan sus palabras

Este mes de marzo del 2014 se acaban de cumplir quince años de la muerte de José Agustín Goytisolo. Sin duda uno de los poetas de su generación más populares gracias, en cierto modo, a los cantautores –Paco Ibáñez, Joan Manuel Serrat, Rosa León y un largo etcétera– que musicaron con acierto poemas suyos y los divulgaron entre un público al que, de otra manera, probablemente jamás hubieran llegado. La pasada semana, organizado por la Cátedra Goytisolo de la Universitat Autònoma, donde está depositado el legado del poeta, tuvo lugar el VI Congreso Internacional José Agustín Goytisolo. Para rendirle homenaje y continuar estudiando su obra vinieron a Barcelona investigadores de Argentina, Colombia y Cuba.

Veintiún libros de poesía, más una ingente colección de artículos periodísticos y numerosas traducciones dan fe de una producción vasta que concluyó de golpe cuando Goytisolo se cayó desde la ventana de su casa el 19 de marzo de 1999. En su última entrega, Las horas quemadas había escrito: “Cuando llegue la hora de partir / que a su lado esté ella / que le mire / y que apriete su mano. / No le asusta / regresar a la nada. El viaje no le importa”. El azar tenía, no obstante, las suertes repartidas de otro modo e impidió que Ton, Asunción Carandell, su esposa, a quien el poema va implícitamente dedicado, y su hija Julia, estuvieran junto a él en el momento de su fallecimiento.

Fue, a mi modo de ver, la suya una muerte accidental, puesto que José Agustín quería demasiado a su familia para tirarse por la ventana, como sostienen algunos, pese a la depresión que entonces le embargaba y la angustia que a ratos podía paralizar sus ganas de vivir y hasta de reírse de sí mismo, como cuando aseguraba que a causa de los achaques de la edad, más que a la generación de los cincuenta, pertenecía a la del 98. Y pese también a las coincidencias trágicas: la víspera de San José de 1999, y por tanto del día del fallecimiento del poeta, unas secuencias televisivas revivían la tragedia del bombardeo del cine Coliseum de Barcelona el 17 de marzo de 1938, en el que murió Julia Gay, la madre de los Goytisolo. Aquella tarde de la explosión Julia Gay había ido a Barcelona desde Viladrau, donde su familia se habían refugiado, a comprar regalos para su marido y su hijo, con motivo del día del santo de ambos. Sólo si desconociéramos hasta qué punto la obsesión por la madre muerta era un elemento recurrente en el imaginario personal de Goytisolo, podríamos dejar de considerar que su rememoración carecería de influencia en una persona tan sensible como José Agustín y tan apegada, sobre todo en su última etapa, a los recuerdos de infancia.

Quizá es exagerado afirmar que la vocación literaria de los tres hermanos Goytisolo, de Juan y de Luis, importantes novelistas, tiene que ver con esa pérdida materna, pero no es menos cierto que velada, aludida o escamoteada recorre la obra de los tres, aunque es en la José Agustín donde se observa con mayor insistencia hasta vertebrar el tono elegiaco que domina El retorno (1955), su primer libro, sigue con Final de un adiós (1984) y se prolonga en sus últimas entregas ( Como los trenes de la noche, 1994, y Las horas quemadas, 1996).

José Agustín Goytisolo solía insistir con frecuencia en que el descubrimiento de los objetos maternos tuvo tanto para él como para sus hermanos una significación especial, y, entre esos objetos, los libros predilectos de Julia Gay –los de Lorca, Salinas, Proust o Gide– sirvieron para perseguir el rastro que los ojos de la madre muerta dejaron entre sus páginas e iniciarles en la literatura. “Mi madre fue para mí, como dice Jaime Gil, un reino afortunado; un paraíso donde sin ella no me era posible ser absolutamente nada”, recordaba José Agustín, cuya propensión al mito era casi tan notable como la de Jaime Gil.

Pero no sólo existe en la poesía de Goytisolo esa veta elegiaca, como tampoco en su persona se daba únicamente un componente maniaco-depresivo. José Agustín podía ser un loco maravilloso, un socarrón extraordinario, divertido y vital. Con malicia y risa, contando siempre con el lector, escribió Salmos al viento (1958) que inaugura otra de las líneas principales de su poesía: la irónico-satírica que habría de influir en sus compañeros de generación, Jaime Gil de Biedma o Ángel González. Gracias al empleo de la ironía en la que fue maestro pudo burlar la censura, burlarse de los poetas celestiales, de los burócratas y chupópteros del régimen franquista que sus textos comprometidos ayudaron también a combatir. En un epigrama dedicado a Marcial, Goytisolo le echa un piropo estupendo: “Hay veneno y jazmín en tu tinta”. Veneno y jazmín que también sirve para definirle a él, que deseaba, como Jaime Gil, aunque muy de otro modo, ser poema antes que poeta, y serlo de manera especial aquí, en su ciudad, entre la gente.

Ahora que empieza a atardecer mientras escribo y llega la noche, que siempre le fue propicia, la voz de Paco Ibáñez me trae sus versos: “La vida es bella, tú verás, / como a pesar de los pesares / tendrás amor, tendrás amigos. / Entonces, siempre, acuérdate, / de lo que un día yo escribí”… Son unos fragmentos del poema que dedicó a su hija, el archiconocido Palabras para Julia, que en tantas ocasiones nos han ayudado a muchos a seguir adelante: “Un hombre solo, una mujer, / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada”, por el contrario unidos tal vez podamos cambiar el mundo o por lo menos intentarlo. Contra el olvido, nos quedan sus palabras.

Carme Riera, escritora.

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