Nos vemos en las urnas, Nikos Sampson

Durante sus dos años caóticos al frente de la Generalitat, y muy especialmente en estas convulsas últimas semanas, el periodista Carles Puigdemont ha buscado su modelo histórico.

El 10 de octubre estuvo a punto de ponerse los zapatos de Companys para subirse al balcón y proclamar la República Catalana; pero padeció su primer gatillazo y se conformó con “asumir” que los participantes en el pseudo referéndum del 1-O habían votado lo que su gobierno decía que habían votado. Para, a continuación, estampar su nombre, en un manifiesto independentista sin más valor que los pliegos de firmas callejeras.

Este jueves 26 de octubre llegó a meterse, durante unas breves horas, en el imponente gabán de Tarradellas, resuelto a anunciar que convocaba elecciones autonómicas, con el propósito de defender el autogobierno y las instituciones catalanas e impedir el enfrentamiento civil. Pero acaeció su segundo gatillazo -ese que transforma el miedo en pánico- y se conformó con balbucear incoherentes explicaciones sobre la falta de “garantías”, para que todo siguiera su curso hacia el abismo.

Quedaba así frustrada la escapatoria in extremis, que le hubiera convertido en una especie de legendario Houdini del separatismo catalán, cuando en realidad se habría limitado a utilizar la puerta trasera que Rajoy le había dejado abierta, al asociar la aplicación del 155 con la convocatoria de elecciones

Es obvio que al ver las pancartas que le tildaban de “traidor” y leer el tuit rufianesco de las “155 monedas de plata”, el ya cobarde por partida doble sintió el vértigo de que le aplicaran su propia medicina. Incluso llegó a temer que pudiera terminar como Masaniello, el pescador napolitano que encabezó en 1647 la revuelta contra España -coetánea de la de els segadors– y fue masacrado y decapitado por sus seguidores, cuando intentó pactar con el Virrey. No, cualquier cosa menos pasar por botifler.

Carente pues del atolondrado coraje de Companys y, por supuesto, de la grandeza sutil de Tarradellas, incapaz de ejercitar la habilidad de Houdini y amnistiado, de momento, del destino trágico de Masaniello, Puigdemont ha topado al fin con su role model a través de la Declaración Unilateral de Independencia. Es decir, a través de la transformación del pliego de firmas callejeras en el solemne acuerdo del Parlament, proclamando la República Catalana. Es decir, a través de la consumación del golpe de Estado que venía gestándose desde que Artur Mas le dijo a Rajoy que se “atuviera a las consecuencias”, cuando en septiembre de 2012 se negó a aceptar su propuesta de pacto fiscal.

Pero lo que acabamos de vivir no ha sido un golpe de Estado cualquiera, sino el más desangelado, atrabiliario y chapucero que recuerdan los anales. Por eso, después de tanto hablar de Quebec y Escocia, de Eslovaquia y Eslovenia, de amagar incluso -que ya era rebajarse- con el precedente de Kósovo, el sainete catalán, género chico español donde los haya, se ha formalizado en medio de un ostracismo internacional tan absoluto y con unos modales tan toscos, que tenemos que remontarnos, para encontrar algo similar, a la crisis chipriota del verano del 74. Cuando todos estábamos pendientes del triunfo de Giscard, la muerte de Perón y la ascensión al poder de su viuda Isabelita, un golpe de Estado del nacionalismo radical que buscaba la Enosis o unión con Grecia -un mito equivalente al de los Països Catalans- derrocó al arzobispo Makarios y le obligó a huir de la isla para salvar su vida.

Los golpistas también tuvieron que improvisar entonces en Chipre un Puigdemont. Cuando varios de los principales líderes de la EOKA -el Junts pel Sí panhelenista- rechazaron el cargo de Presidente de la República o fueron vetados por el ala dura del movimiento, los militares griegos, muñidores del golpe, se fijaron en una figura de cuarta fila, procedente del medio rural, como lo hizo Artur Mas cuando la CUP le sacó bola negra por corrupto. Necesitaban a alguien lo suficientemente fanático y lo suficientemente tonto como para actuar sin las restricciones de la lógica. Toparon con un botarate, con un pasado violento durante la ocupación británica, llamado Nikos Sampson que, para deshonra del gremio, también era periodista.

El propio general Ioannidis, miembro de la Junta Militar de Atenas, se lo reprochó a sus compañeros: “Hay 500.000 griegos en Chipre y teníais que hacer presidente a ese”. Sampson se prestó a “cumplir con su destino” y juró el cargo “en nombre de Dios, del pueblo y de las fuerzas armadas”. Fue aclamado y paseado en triunfo por los más exaltados. Ahí están sus imágenes -tipo plaza de Sant Jaume- con una tupida pelambrera, unos claveles y un ramo de olivo en forma de paloma en la mano.

Nikos Sampson, celebrando su victoria. Getty.

Inmediatamente después de jurar el cargo dijo que los turco chipriotas “no tenían nada que temer” de la Enosis. O sea, lo mismo que Puigdemont les decía a los catalanes defensores de la Constitución cuando pretendía aplicar el imaginario mandato del 1-O. Tanta credibilidad merecieron las palabras de Sampson que, al cabo de cinco días, las tropas de Ankara invadieron Chipre mediante la operación Atila y su gobierno cayó 72 horas después. Sampson fue detenido, juzgado y condenado a 20 años de cárcel. Nadie movió un dedo ni vertió una lágrima por él en la comunidad internacional.

Ese parecía ser el inexorable final de Puigdemont cuando el viernes cruzó el Rubicón de la rebelión, aun sin atreverse siquiera a arengar a sus soldados, en el tan vergonzoso como estratosférico -esos modales parlamentarios ya no son del planeta Tierra- pleno de la independencia. Hoy en día estas cosas no se resuelven por la fuerza de las armas, como en el Chipre de julio del 74 o la propia Barcelona de octubre del 34, pero la maquinaria de un Estado democrático, arropado por sus socios europeos, tiene resortes suficientes para restablecer la legalidad y castigar a los delincuentes. Por ejemplo, la aplicación del artículo 155; por ejemplo la pertinente querella de la fiscalía con penas de muchos años a la sombra de por medio.

Todo parecía tomar ese rumbo cuando el Consejo de Ministros acordó cesar a Puigdemont y su Gobierno; pero Rajoy nos dejó a todos con dos palmos de narices cuando, a continuación, anunció que su manera de “adoptar las medidas necesarias para obligar a la Comunidad autónoma al cumplimiento forzoso de sus obligaciones” -como establece el 155- es retar a los golpistas a una nueva confrontación electoral.

Imagínense que el arzobispo Makarios al ser repuesto en el cargo, en vez de impulsar su persecución y condena penal, hubiera emplazado a los autores del putsch a un pulso democrático. Ya que usted me ha dado un golpe de Estado y yo he logrado neutralizarlo, desempatemos con unas elecciones; o sea que nos vemos en las urnas, Nikos Sampson.

Ni siquiera en el caso de que Puigdemont, Junqueras o Forcadell fueran detenidos y encarcelados preventivamente, como es de manual que suceda, perderían su condición de elegibles en esos comicios de la víspera del día de la Lotería. Y bien podría suceder que el celo de la Fiscalía o del juez competente se atenuara para no alimentar el victimismo de los separatistas y no perjudicar las perspectivas electorales de los constitucionalistas.

Y si hasta los caudillos de la rebelión pueden ser tratados con lenidad o delicadeza, demos por hecho que nada les pasará a los 70 diputados, perfectamente identificados pese al formalismo del voto secreto, que han consumado el delito o a los miembros de las direcciones de los tres partidos que organizaron y ejecutaron el golpe. Para todos ellos habrá una nueva oportunidad de intentarlo, de otra manera, ante los ojos del mundo.

Tan verdad es que la convocatoria electoral legitima el 155 de Rajoy en los foros internacionales, como que un nuevo triunfo el 21-D de los mismos que ganaron las últimas y las penúltimas autonómicas legitimaría exponencialmente la causa independentista. Tan verdad es que la victoria de los constitucionales mejoraría mucho la situación en Cataluña, como que el triunfo de los separatistas la empeoraría tal vez irreversiblemente. ¿Por qué jugarse, por lo tanto, todo a que la suerte del bombo de la Lotería navideña nos sea propicia, cuando la Declaración Unilateral de Independencia justificaba sobradamente una intervención intensa y prolongada sobre el habitat político catalán, hasta diluir al menos el caldo de cultivo del golpismo separatista y restablecer la igualdad de oportunidades?

La realidad es que bajo su apariencia de gesto de audacia, la errática huida hacia delante de Rajoy -pues no otra cosa son estas elecciones exprés que hace una semana se negó a conceder al PSOE en su versión edulcorada de los tres meses de plazo- denota su canguelo a la hora de hacerse cargo de la gestión de Cataluña, después de haberla abandonado a su suerte durante seis años. También su extrema debilidad política. Tanto por mor de su situación parlamentaria, que convierte el deseable consenso con Ciudadanos y PSOE en una necesidad aritmética, como sobre todo por su falta de autoridad moral, reflejada esta misma semana en las conclusiones de la fiscal del caso Gürtel, que dejan a Rajoy directamente por mentiroso.

Puede alegarse que hay más posibilidades de que la aplicación del 155 salga bien de esta manera fulgurante, que tratando de actuar a fondo sobre la enseñanza, los medios de comunicación, las redes clientelares y demás causas estructurales de lo ocurrido. Incluso puede defenderse que cuantos menos golpistas sean identificados como tales y cuanto más suaves sean sus castigos, más viable será la apariencia de aplicación de la Justicia.

Todo eso me suena. Son los dos grandes argumentos que manejaba Leopoldo Calvo Sotelo tras el 23-F. Por eso, ahora como hace 35 años, la verdadera solución no llegará con estas autonómicas sino con unas elecciones generales de las que salga un Gobierno fuerte capaz de afrontar los graves problemas de España. Y para entonces ya habremos abierto el segundo sobre.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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