“Nosaltres no som d’eixe món”

Por José Ignacio González Faus, responsable de teología de Cristianisme i Justícia (LA VANGUARDIA, 08/06/06):

Es útil retomar la canción de Raimon, no para protestar contra el Estatut sino para protestar contra un mundo como el que vemos en estos meses: simultáneamente miles de personas fueron hasta París o hasta Holanda, en avión, coche particular o en cómodos autobuses con billete de vuelta asegurado, sólo para ver un pasatiempo futbolero que podrían ver en su casa por televisión. A la vez, miles de personas desembarcan exhaustas en las costas canarias, sin billete de regreso, con hipotermias, deshidratación o muriendo por el camino: no buscan una muerte digna sino una vida digna, cada vez negada a más gente. Un mundo donde algunos gastaron 3.000 euros por conseguir una entrada para un partido de dos horas, mientras que con esa suma viviría en África durante casi un año alguna de esas familias que envían al hijo joven a Europa para ver si puede alimentar al grupo desde lejos. Un mundo donde los medios de comunicación, en un mismo día y programa, dedican dos o tres minutos a la tragedia de los inmigrantes, y horas y horas (antes, en y después) al evento balompédico, gritando estúpidamente gooool ¡gol gol gol gol…! (hasta diez veces) para que ese grito imbécil apague las lágrimas de los que desembarcaban sin poder casi ni hablar. Ninguna de esas pobres víctimas ocupará la primera plana de ningún diario como la ocuparon Ronaldinho y otros ídolos, aunque son mucho más importantes que ellos. “Nosaltres (al menos algunos) no volem ser d´eixe món”.

No queremos ser de ese mundo donde la fiebre del Mundial mueve millones y millones de euros y tapa los ojos y los oídos a millones de personas para todo aquello que no sea fútbol. Donde, con ocasión de esa desmesura (y mientras la FIFA mira hacia otro lado), se trasladan a Alemania 50.000 mujeres de países pobres para dar solaz y relajo a quienes tanto se fatigan, para divertirse o para distraernos a nosotros. A fin de cuentas, los de los cayucos son africanos (negros inútiles por tanto) y bastante tienen si al llegar les damos un vaso de leche y una manta. Y las otras son simplemente putas y bastante tienen si aún les damos un dinero por sus servicios.

Se sorprenderán muchos de que me ponga así cuando, al fin y al cabo, se trata de una de las profesiones más antiguas (la más antigua junto con la esclavitud por lo que yo sé), y además esas chicas trabajarán en unas instalaciones espléndidas que ya quisieran para sí otros mil obreros. Cabe preguntar entonces por qué, si se trata de una cosa tan normal, los participantes en el Mundial no llevan para esa diversión a sus esposas, a sus hijas, a sus hermanas, con lo que incluso ahorrarían dinero moviéndose en una economía de intercambio. Seguro que lo hacen para que aquellas pobres muchachas puedan regresar con algún dinero a su casa de Hungría, de Rumanía, de Moldavia o de Colombia…

Se escandalizarán otros porque he usado la palabra puta, tan malsonante ella. En tiempo de Cervantes no era malsonante la palabra. Y si hoy suena mal no es por la palabra, sino porque cubre una realidad malhiriente. Esa realidad tan malhiriente se llama proxenetas, traficantes y clientes. De ellos, los primeros merecerían cadena perpetua, y los últimos, multas diez veces superiores a la de los controles de alcoholemia.

(No cabe entrar ahora en la discusión entre Médicos sin Fronteras y CC.OO. sobre abolición o reglamentación: utopía o realismo. No es momento de discutir si la abolición acaba creando represión, y por qué la libertad acaba produciendo crueldad. Pero debería quedar muy claro que la explotación nunca puede ser una profesión. Nosotros nunca seremos de ese mundo.)

Ninguna de esas pobres chicas ocupará una primera plana de diario durante el Mundial para que sepamos no cuántos goles ha metido, sino a qué fue obligada, cómo fue maltratada, cómo hay clientes -sobre todo en la prostitución en coches- que después de la relación han despedido a la muchacha a cajas destempladas, sin pagarle siquiera. Quizá porque en el fondo se despreciaban a sí mismos y seguían ese esquema tan humano de descargar en otros culpables lo que no nos gusta de nosotros mismos.

Sé cómo puede ser de bello y emocionante el fútbol. Pero sé también que, cuando se amanceba con la patria y se le vincula a montajes económicos, se convierte en algodón que tapa nuestros oídos y en venda que ciega nuestros ojos, para que no nos enteremos de cómo es nuestra sociedad. Por eso no queremos ser de este mundo: porque por un lado engrandece al hombre y le hace objeto de grandes proclamas de dignidad y libertad, pero, con la otra mano, desprecia a millones de hombres concretos cuando se atraviesan en sus afanes de autonomía.

Hoy está de moda hablar de las víctimas, sí. Pero sólo hablamos de las víctimas que nos pueden servir para la propia promoción. De las que nos crearían problemas, mejor no hablar. Cuando el Imperio avisó a sus amigos para que dejaran pasar aviones con prisioneros que iban a ser torturados legalmente, miramos hacia otro lado. Y los medios, otra vez, prefirieron hablar de patadas al balón que de patadas a seres humanos.

De vez en cuando surge la pregunta de qué lugar puede haber para Dios en un mundo tan avanzado como el nuestro.Se comprende la dificultad de la pregunta con sólo recordar que hubo Alguien que dijo, hace ya mucho tiempo, algo así como que “los inmigrantes y las putas irán por delante de vosotros al Reino de Dios”. Aunque no sea esta la totalidad de la respuesta, parece claro que si nos ponemos así la cuestión se complica, y muchos decidirán que vale más dejarla estar.