Nosotros, ciudadanos desconcertados

Hace unos días los Black-berry se desconectaron de internet, su servicio de chat enmudeció y sus bandejas de mensajes quedaron vacías. La avería se extendió por diferentes continentes y causó molestias e inconvenientes notables a millones y millones de personas. Así que tuvo idea de lo que había sucedido, la compañía fabricante -Research in Motion (RIM)- intentó explicárselo a sus clientes. Nadie lo acabó de entender del todo. La humanidad, la humanidad occidental, es incapaz de comprender cómo funciona lo que la rodea, de comprender la mecánica de decenas y decenas de fenómenos, dinámicas y herramientas que hacen de su vida lo que es, que son su vida: desde los más pequeños detalles hasta la forma en que percibimos el mundo y a nosotros mismos.

No hace tanto tiempo podíamos comprender, aunque fuera aproximadamente, aquellos elementos en torno a los cuales giraba la cotidianidad. En la escuela nos enseñaban, por ejemplo, cómo funciona el motor de explosión y en casa teníamos una Olivetti en la que de vez en cuando debíamos meter los dedos porque, si no las pulsabas con cierta cadencia, las varillas de las teclas se atascaban. Arriba hablábamos de los teléfonos. Pues de los teléfonos sabíamos lo básico: que gracias a unos impulsos electrónicos que circulaban a través de unos hilos podíamos contactar con este o aquel. Levantábamos la vista y, efectivamente, los hilos estaban allí, pasando de una casa a otra y cruzando las calles. Entonces las cartas no las encontrábamos en el buzón de nuestro smartphone, sino en el de casa y eran depositadas por el cartero, una persona de carne y hueso como nosotros.

Hoy, el mundo empieza a ser una espesa telaraña en torno a nosotros. La realidad, por decirlo con el afortunado adjetivo de Zygmunt Bauman, es líquida. Se nos ha ido ablandando hasta fundirse y escurrírsenos entre los dedos. La complejidad se transmuta en desconcierto, si no miedo, mientras la sociedad y sus instituciones se desdibujan. La incertidumbre se extiende.

Antes, unos aviones cargados de gente quebraron las Torres Gemelas y cayeron en el Pentágono. La historia recomenzaba, y recomenzaba preñada de malos augurios. Cassandra había tomado forma de islamismo fanático, una nueva forma de terrorismo nihilista. En las guerras de antes había generales, coroneles y cabos, banderas y uniformes. También existían frentes, trincheras y cotas por conquistar. Y unas reglas. Ahora no. Ahora el enemigo, el partisano (Carl Schmitt) está dentro de nuestras fronteras, nuestras ciudades, nuestros barrios. Es nuestro vecino, a menudo tiene nuestra nacionalidad. De hecho, el enemigo ya nunca está fuera, en la medida en que, como ha señalado Daniel Innerarity, una de las cosas que conlleva la globalización es el final de la idea de dentro y fuera. Con límites. Todo es interior ahora.

Todo es interior. Lo estamos experimentando aterradoramente también en la economía. Como explica Gideon Rachman en El món de suma zero, que se acaba de publicar en catalán, entre 1991 y el 2008 el mundo vivió una era de optimismo. En el 2008 todo empezó a irse a pique. Una central nuclear enloquecida o un virus exótico pueden provocar el pánico, en esta nuestra «sociedad del riesgo», a cientos o miles de kilómetros a la redonda. El aleteo de una mariposa en Wall Street o la City de Londres puede arruinar un país en la otra punta del mundo. La gente, todos, tenemos la sensación de que, más allá de lo que podamos hacer o dejar de hacer, más allá de lo que puedan decidir un Gobierno u otro, unas fuerzas cósmicas de fuerza inagotable, imparables y telúricas, comandan nuestras vidas. Este poder insolente y seudoabstracto, esta telaraña, es capaz de hacer que nuestros hijos sigan educándose en barracones, que nuestro padre tenga que esperar infinitamente para que lo operen de cataratas o que nuestra cuñada o nosotros mismos perdamos el trabajo y el piso.

Resulta difícil comprender un mundo como el que nos ha tocado habitar. Un mundo en el que el individuo se siente inmensamente frágil, víctima propiciatoria de riesgos que ni es capaz de imaginar. Esto provoca miedo al futuro, pero también al presente. A un futuro que se nos ha hecho presente sin que estuviéramos, ni mucho menos, preparados. En un entorno confuso y del que no existen mapas, no es extraño que algunos hayan decidido tratar de refugiarse en sí mismos, ni el predicamento que tienen las religiones exóticas y los libros de autoayuda, o que haya quien piense que moviendo la cama al dictado del feng shui su vida resultará menos angustiosa. O quien, en lugar de confiar, por ejemplo, en el poder de las pirámides, opte por abrazar valores simples y reaccionarios en busca de las certidumbres y los contrafuertes que echa de menos. O que jóvenes y no tan jóvenes, violentados por una tormenta económica que ha triturado sus planes de futuro, se deslicen hacia utopías que, como todas las utopías, prescinden de una realidad inaprensible, pero efectivamente existente, lo que puede resultar tranquilizador desde un punto de vista personal, pero estéril si se aspira a reconfigurar este entorno inconcreto y amenazador en beneficio de las personas.

Por Marçal Sintes, periodista.

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