¿Nosotros, con quién estamos?

El titular correcto hubiera sido «Nosotros, ¿con quién estamos?, o mírenos a los ojos, señor Moltó», pero en verdad que resulta un poco largo y hasta confuso. Vayamos por partes. Desde que empezó esto que dan en llamar crisis, a secas, para la que cada cual tiene su adjetivo preferido, a nosotros, a los que escribimos en los diarios, periodistas por tanto, parece como si nos hubieran ungido con el dedo del espíritu santo financiero, que lo hay, y este hubiera depositado en nosotros todas sus esperanzas. En verdad que todos estamos acojonados, pero los periodistas alcanzamos un grado tan superlativo de acojone, que por eso hacemos creer todo lo contrario. Nunca ha sido tan grande la distancia entre lo que pensamos y lo que escribimos; incluso diría más, nunca ha sido tan evidente la diferencia entre lo que sabemos y lo que contamos. Y por eso la pregunta de «¿nosotros, con quién estamos?» no es más que una formulación retórica. Nosotros estamos con quienes nos pagan, y quienes nos pagan están en crisis, por tanto nuestro deber de empleados es el de disimular la crisis local y magnificar la crisis externa.

Formamos parte del voluntariado del estímulo y la discreción. De algún modo, y casi sin darnos cuenta, nos han colocado a todos en las oficinas de Relaciones Públicas Industriales y Financieras, una entidad con ánimo de lucro y muy sensible últimamente a las debacles de la especulación y del mercado, ay, tan semejantes. Cada mañana nos recitan la jaculatoria del Gran Hermano que nos dice «Bajo esos hombros recios, muchacho, tienes dos manos que escriben para sostener nuestro mundo, no lo olvides». Y aquí nos tienen haciendo malabares con las palabras y las cifras, auténticos profesionales de la prestidigitación.

Apenas vuelto de Argentina – les amenazo con una serie de artículos porteños-,me he encontrado de bruces con uno de esos tipos que creía desaparecido para mi bien y el de la humanidad, y que respondía al nombre de Juan Pedro Hernández Moltó. Los políticos son un gremio al que en general juzgamos – poco, todo hay que decirlo-y apenas por sus actos, sin embargo, hay un puñado de ellos a los que es inevitable también valorarlos por sus palabras. Hernández Moltó pertenece, en mi clasificación particular, al tipo de canalla despreciable especialista en ensañarse con los vencidos, los derrotados, los juguetes rotos que algún día le habían hablado por encima del hombro y a los que ahora tiene la oportunidad de ver hechos piltrafa. Hernández Moltó pertenece, en mi clasificación particular, al mismo tipo de canalla político que el popular y opusdeísta Martínez Pujalte, o aquel ya retirado en oscuros negocios pero inolvidable, Luis Ramallo, ambos del PP. Los tres comparten las mismas querencias: ejercen de mastines con el perdedor, de babosos ante sus jefes y, cosa significativa, de amistosos colegas con los periodistas del ramo; cultivan a la prensa con la misma atención que sus fortunas.

Nadie que lo haya presenciado podrá olvidar nunca la intervención del diputado socialista Hernández Moltó contra Mariano Rubio, a la sazón director del Banco de España, pillado en el escándalo Ibercorp, y al que llevó a la cárcel el fiscal Bermejo, el ministro furtivo. Ocurría en 1994 y la sesión la pasaron por todas las televisiones. Aún está fija en mi memoria la sensación de estupor y vergüenza ajena que uno sentía al escuchar a aquel energúmeno ejerciendo de inquisidor general, exigiendo con saña y parsimonia a un Mariano Rubio desarbolado, con esa mirada turbia y lejana que producen la medicación y la derrota: «Míreme a los ojos, señor Rubio». Fue un ejercicio de estriptis mórbido donde Hernández Moltó se iba quitando pieza tras pieza, sin rubor, ante un público estupefacto por el espectáculo del fiscal energúmeno y la miserable víctima asumiendo su papel de saco de boxeo para que se entrenaran los de su partido.

Nos hemos hecho muy viejos y muy pendejos y quizá eso explique que el currículo de Hernández Moltó señale que se trata de «un socialista de toda la vida», y la verdad es que entró en el PSOE después del congreso de 1976, cuando Franco llevaba tiempo muerto y estábamos en plena transición, y él ya había cumplido de sobra los 25.

Conocí a Mariano Rubio, que sí podía decir que era un socialista antiguo, cuando había que buscarlos con candil, y que sufrió por ello. También supo aprovecharse y acabó siendo uno de aquellos mandarines de la transición, cultos e inanes, insoportables en su vanidad y su petulancia, encantadores de serpientes si había señoras, y con tal alto concepto de sí mismos que decidían sobre el bien y el mal. Pero aquella sesión de casquería del «Míreme a los ojos, señor Rubio» fue demasiado; eso sólo es posible cuando estamos ante un trepa desvergonzado que quiere ganar puntos ante unos jefes tan desvergonzados como él.

Y así fue, sólo que llevaba el marchamo de la incompetencia. Por eso tras varios fracasos políticos, acabó en la sinecura autonómica por excelencia. La caja de ahorros local. ¿Se han dado cuenta de que los poderes autonómicos se concentran en tener una televisión – no hay autonomía sin canal-,una caja de ahorros y una cultura autóctona subvencionada? Los tres poderes. Controlar la información, la banca y la cultura de consumo. Así puedes eternizarte en el poder. No hace falta que dé ejemplos. Por eso me parece conveniente referirse a lo ocurrido en Caja Castilla La Mancha, porque está todo ahí concentrado: nuestras mentiras, nuestros negocios sucios, nuestra economía sumergida y hasta submarina, nuestros políticos y sus familias… Todo, como si se tratara de uno de esos bancos norteamericanos en quiebra, sólo que aquí nadie ha echado todavía las cámaras sobre la casa de Ildefonso Ortega, el principal ejecutivo. Yo todavía no he visto ni una foto suya y eso que es, junto a Hernández Moltó, el principal responsable de que entre los directivos y los consejeros se hayan pulido 2.172 millones de euros el pasado año 2007, que no está mal para una caja sin liquidez.

Me parece importante que los quince consejeros de la caja estén repartidos entre el PSOE y el PP, y no es baladí el que entre los consejeros del PP figure, por más que sea desde hace poco, la pareja sentimental – esa cursilada que se dice ahora para designar al novio o al marido de hecho-de Dolores de Cospedal, secretaria general del PP – lo contó Celeste López en una página par de este periódico-. De donde cabe deducir que el reparto de las prebendas de la caja debió de hacerse con la debida proporcionalidad para que los dos grandes partidos estuvieran contentos. Amí, por ejemplo, me llamaba la atención que hubiera de reunirse el Gobierno y en domingo, para decidir la intervención. Y es que nadie me había contado que los ilustres consejeros de la caja manchega iban a aprobar este martes los presupuestos del 2008 convenientemente afeitados, para seguir la bola, razón por la que fueron destituidos el mismo lunes. ¿Sabían ustedes que los consejeros de la Caja de Castilla La Mancha se indignaron al enterarse de que habían sido intervenidos? Pero nadie, hasta hoy, se ha presentado en sus casas para pedirles cuentas. Y llegamos entonces a las preguntas del millón. ¿Cómo unos tipos despilfarraron los fondos construyendo un aeropuerto en Ciudad Real, con la intención de venderlo a alguien más idiota que ellos? Pero, eso sí, cuentan con un director de marketing, magníficamente pagado imagino, que no por nada es el marido de la alcaldesa, Rosa Romero, del PP. Y no digamos ya lo del casino manchego, y las ayudas al ladrillo golfo.

¿Y qué decir de los ojos del señor Moltó? Que los debe de tener anegados en lágrimas, pero no de llanto, sino de la risa que la habrá sobrevenido cuando le han recordado que la prestigiosa consultora AT Kearney lo situó el año pasado entre «los doce mejores gestores financieros de España». ¿Existe la figura delictiva de la estafa informativa? Pues si no existe, deberíamos dedicarnos a la tarea, porque la cosa se está poniendo imposible.

Gregorio Morán