Nosotros, el pueblo español

En diciembre de 2014, la entonces presidenta de la Asamblea Nacional Catalana, Carmen Forcadell, declaró que «Mas tiene la oportunidad de pasar a la historia como un héroe o como un traidor». Un año antes, la metáfora ya se había utilizado en una reflexión política cuya desfachatez resultaba llamativa, lo cual es mucho decir cuando se habla de lo que sucede en Cataluña. La flamante líder separatista afirmó, en septiembre de 2013, que Mas había sido partidario de un acuerdo fiscal con el Gobierno. Y añadía que, de haber tenido éxito, el independentismo habría entrado en un ciclo muy difícil. A esta desvergonzada defensa del «cuanto peor, mejor», típica de personajes mezquinos e irresponsables, la presidenta de la ANC añadió su convicción de que a Mas correspondía ahora la misión ejemplar y lisonjera de un héroe de nuestro tiempo.

La estrategia del discurso separatista estaba programada desde hace años: mejor no llegar a ningún acuerdo; mejor no resolver las diferencias sobre financiación; mejor no dar ninguna solución negociada a los problemas concretos de los ciudadanos. Porque de lo que se trata no es de hacer propuestas reformistas, sino de romper radicalmente. Porque no se desea mejorar las razones para convivir mejor, sino declarar que nuestra voluntad nacional es un fraude o está agotada. Porque no se pretende hacer política, sino ocupar un espacio en el que los elegidos para resolver los problemas de la ciudadanía compiten por el ademán más ampuloso o la palabra más gruesa. No se trata de los monstruos provocados por el sueño de la razón sino de los engendros producidos por las pesadillas de las emociones. Hay que ser un héroe o un traidor. Hasta este punto ha caído el nivel de la vida política en España… hasta el despliegue de protagonismos personales dotados de tan exiguo calibre moral y tal alta graduación ilusionista.

PIEDRA
PIEDRA

Para entender algo mejor lo que está ocurriendo hay que recapitular los datos que tenemos de nuestra devastadora crisis. Crisis a la que solo se ha hecho frente con el manual del contable puntilloso y la suficiencia del tecnócrata arrogante, siempre acompañados de alusiones sin pulso a una Constitución a la que algunos atribuyen el humillante papel de un burladero. En 2007, como en todos los rincones de España, la política se vivía en Cataluña con la prodigiosa normalidad de una democracia parlamentaria. Ese año, Carmen Forcadell, número dos de Esquerra Republicana en las elecciones municipales de Sabadell vio cómo el 95 por ciento de sus vecinos decidían no apoyarla en su pretensión de formar parte del consistorio. Ocho años después, tras un corto periodo en que el trote de las manifestaciones y los decibelios de las consignas han sustituido el fluido de los votos y la congruencia de los argumentos, un personaje que no logró la confianza de su vecindario se pasea por la vida presumiendo de encarnar los valores, las aspiraciones y el carácter de la «verdadera» Cataluña. Y erigiéndose en la voz de una sociedad que increpaba al silencio de las instituciones, se atrevió a indicarle al presidente de la Generalitat cuál era el dilema al que se enfrentaba: o se decidía a ser un héroe, o pasaría a la historia como traidor.

La ascensión de tal celebridad desde el infierno de la irrelevancia al reino de la fama debe ser medida en lo que vale. Porque expresa la quiebra de un sistema que, hasta hace muy poco tiempo, apenas un ciclo electoral, había sido tomado como la forma apropiada de participación y representación política en Cataluña. La inmensa mayoría de catalanes apostaba por fuerzas políticas en cuyo programa nunca había figurado el independentismo. ¿Qué es lo que ha fallado en la jerarquía de valores sobre los que se construye una comunidad, para que la máxima autoridad del Estado en Cataluña, presidente de la Generalitat, gracias a la Constitución y el Estatuto, haya asumido el desafío separatista y lo haya engordado con su propia soberbia: ser un héroe, para no ser un traidor? De entrada, este lenguaje nos provoca náuseas, dado su tono dramático, expresión de las mareas emocionales que ahogan siempre las premisas de la democracia.

Por suerte, ningún español vive en las circunstancias temibles en que la estética del heroísmo parece preferible a la pura y simple decencia cívica. Esto no es el callejón de un western. Esto es una democracia. Aquí no hay ni héroes, ni traidores, ni renegados ni, menos aún, forasteros villanos y nativos ingenuos. Esto no es un territorio vacío que recorren intrépidos exploradores ni el escenario grandilocuente de la caída de un imperio. España es una nación plural, fruto de un largo proceso de incorporación y resuelta a abordar el futuro cerrando filas ante las adversidades de una crisis que amenaza con devorar derechos sociales y políticos por los que hemos luchado con tanto empeño.

El proceso electoral al que se enfrentan los ciudadanos de Cataluña ha sido corrompido. Se ha decretado que los catalanes elijan entre ser héroes o traidores. O, sumergidos en la demagogia más usual: entre seguir el liderazgo de quien gusta de ser llamado héroe, o resignarse a la comandancia de quienes son tildados de traidores. Camus decía que hay crímenes de la pasión y crímenes de la lógica. Debería haber pensado en que también hay crímenes de la mezquindad y crímenes de la soberbia. No será la pasión ni la lógica lo que concedamos a quienes han acabado con el bien común de la convivencia, la pluralidad y el verdadero uso de la soberanía en una sociedad moderna y compleja.

Nosotros aspiramos a que se reconozca la necesaria continuidad de una nación que solo ha podido ser puesta en duda por la combinación del infortunio económico, la torpeza acomplejada de quienes deberían defenderla y el oportunismo indeseable de los nacionalistas. Aspiramos al justo reproche y a la desautorización política de un nacionalismo que redactó la Constitución, que elaboró el Estatuto de Autonomía, y que gestionó con probada complacencia las estructuras de Estado utilizadas ahora para propiciar la destrucción de nuestras instituciones. Aspiramos a que los ciudadanos de cualquier lugar de España no hayan de vivir sometidos a la inseguridad radical de un inacabable proceso constituyente. Aspiramos a la normalidad, al abandono de esa tensión insoportable que está separando en dos una sociedad de perfiles diversos, identidades múltiples, ideologías porosas y opciones debatibles. Aspiramos a una soberanía que se levantó sobre la integración y el rechazo a las miradas de odio de las dos Españas y que no quiere ver ahora cómo aquel debate estéril y doloroso adquiere la versión regional de un conflicto entre dos Cataluñas. Aspiramos a que la concordia no se vea como concesión, sino como propósito. Aspiramos a que la unidad de España no se contemple como mera circunstancia legal. Aspiramos a evitar el coste inimaginable de una renuncia al edificio constitucional, cuyos delicados equilibrios dan razón de tan largo tiempo de libertad y progreso. Y aspiramos a todo ello empuñando el principio de la soberanía nacional. Lo hacemos respetando la voluntad de los ciudadanos expresada de forma aplastante en los resultados de las elecciones nacionales, regionales y locales celebradas desde 1977 hasta el año 2015. Nosotros, el pueblo. Nosotros, el pueblo español

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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