Nosotros somos… ¿nosotros?

“El secreto de los crecimientos y de las decadencias de las sociedades está en el uso que hacen de los pronombres”, decía Donoso Cortés. Así es porque la salud de una comunidad política se mide por el valor que le concede al nosotros. Quizá algún avispado se pregunte quiénes demonios somos nosotros. Digámosle, con Antonio Maura, que “nosotros somos nosotros”. Si hay que explicarle algo más, tenemos un problema.

O sea, que tenemos un problema.

Ya veo levantar la mano a los Azañas para explicarnos “la obligación que tenemos los españoles de ser nosotros mismos” (como la propia biografía de Azaña pone de manifiesto, mal andamos si ésta es una obligación y, sobre todo, si ha de ser explicada), o a los Zapateros, para asegurarnos de que en este hotel que es nuestro país, el patriotismo se reduce a la calidad del servicio.

Los que elaboraron la Constitución de Estados Unidos se comportaron sabiamente al encabezarla con tres palabras que, al mismo tiempo que nombran a sus destinatarios, muestran su ideal: “We, the people“. Son el gran mito político americano, el fundamento de una religión nacional patriótica tan firme que es capaz de soportar cualquier otra en su seno. Las naciones con más fe en el nosotros son también las que más multiculturalismo pueden acoger. Toda sociedad abierta, si además de ser abierta es una, está asentada sobre alguna convicción cerrada sobre sí misma.

“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer la justicia, garantizar la tranquilidad nacional, tender a la defensa común, fomentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros y para nuestra posterioridad, por la presente promulgamos y establecemos esta Constitución”. Estas palabras recogen la sustancia de la retórica del nosotros llamado Estados Unidos. Desde 1789 ha habido 11.539 propuestas de enmiendas constitucionales. Ninguna ha pretendido tocar ni una coma de su preámbulo. Eso quiere decir que aún sostiene esa unión imaginaria sin la cual no hay nación que valga. No hay Constitución sin creyentes.

“No existe una Constitución más complicada y arbitraria que la norteamericana y, al mismo tiempo, no existe ninguna más respetada”, observó Raymond Aron. Efectivamente, el valor de una Carta Magna depende de la espontaneidad de su aceptación por parte de la ciudadanía. Esta aceptación, insisto, no se funda tanto en la racionalidad de su articulado como en la calidad de la vida política que es capaz de nuclear. No hay régimen político cuyos postulados resistan una crítica racional severa. “Explicar un régimen político o analizarlo es despojarlo de su aureola poética; hay una gran sabiduría en los regímenes que prohíben que se les cuestione”, añade Aron. Por supuesto, Aron era un facha. Tan facha como Richard Rorty, que se atreve a decir en Forjar nuestro país que el orgullo nacional “es para los países lo que la autoestima para los individuos: una condición necesaria para su propia mejora”.

Erasmo -¡otro que tal!- dejó escrito que la naturaleza ha concedido a cada nación un cierto amor propio comunitario que nos ayuda a reconfortarnos con la celebración de lo que somos sin caer en la adulación servil de lo ajeno. La celebración de lo propio “permite que cada uno resulte ante sus propios ojos más satisfactorio y estimable, lo cual constituye una parte esencial de la felicidad”. Podemos objetarle que la adulación de uno mismo no está exenta de riesgos, pero Erasmo nos replicaría que tampoco está exento de riesgos el desinterés o el desprecio por lo nuestro.

Aron, Rorty y Erasmo nos vienen a decir que está muy bien que sobrevaloremos lo nuestro por el mero hecho de serlo; o sea, que estemos dispuestos a pagar por lo nuestro más de lo que pagaríamos si fuera ajeno, porque este sobrevalor es un elemento cohesionador, integrador. El gran Platón fue el primero en ver que sin este sobrevalor no hay comunidad política. Lo llamó “noble mentira”. De esta nobleza se sentía empapado, seguro, el periodista nacionalista catalán que escribía recientemente que el combate por la independencia tiene más que ver con el relato que con los hechos. Efectivamente, en lo relativo a lo nuestro, el relato es siempre el hecho fundamental. Por eso Platón tenía al político por el mejor de los poetas.

En política se piensa sintiendo. Por eso mismo es tan indistinguible, en la práctica, el pensamiento de lo nuestro y el de lo bueno. Ésta es la razón de que haya más ciudadanos dispuestos a dar la vida por una sinécdoque (una bandera) que por un silogismo.

Sócrates nos enseñó que, en una sociedad política, quien pretenda poner en cuestión la sacralidad de lo nuestro o quiera juzgar lo nuestro a la luz de lo bueno, cae en la impiedad. Y el pueblo se lo hará pagar caro…

De las muchas críticas que recibió Dewey a lo largo de su vida, me quedo con la que le dirigió su maestro Charles Peirce, en una carta fechada el 9 de junio de 1904. Tras acusarlo de dejarse arrastrar por una orgía de razonamientos sobre el bien y el mal en sus Studies in Logical Theory, lo reprende porque, viviendo en Chicago, una ciudad corrompida por la mafia, no tenga inmediatamente claro dónde está el bien y dónde el mal.

Si en una ciudad sitiada los soldados abandonan sus puestos de vigía para discutir qué significa ser un vigía, merecen un consejo de guerra.

Hay una resistencia específica de la política a dejarse atrapar en las redes de una razón insensible a la emoción. Añado que en esta resistencia se encuentra la misma condición de posibilidad de la política.

Lo que acabamos de decir describe lo que ocurre en la mayoría de las naciones. Sin embargo, entre nosotros es de buen tono reírse de lo nuestro desde un universalismo humanitario que acoge con los brazos abiertos cualquier etiqueta sin fronteras. A veces da la sensación de que quisiéramos sustituir el dominio de la política -entendida como gestión polémica de lo nuestro- por el imperio psicológico del afecto universal. Sin embargo, mientras nos ponemos estupendos declarando que estamos a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo, las fronteras no dejan de crecer.

Régis Debray ha calculado (Eloge des frontières) que de 1991 a 2010, al mismo tiempo que la mundialización progresaba, fueron creados 27.000 kilómetros de nuevas fronteras. Las fronteras sólo habían desaparecido en los mapas mentales de nuestro universalismo humanitario. Tanto en la campaña británica del Brexit como en las elecciones de EEUU se repitió un deseo que sería inteligente no despreciar: “We want our country back“. Si el nacionalismo fraccional sigue tan vivo es porque las fronteras no son sólo algo exterior que nos circunda; son, sobre todo, realidades estructurantes de un interior, de la unión imaginaria de lo nuestro.

Hay fronteras físicas y fronteras simbólicas. Estas últimas suelen sostenerse o con nuestro apetito o con nuestra náusea. El apetito es la autoafirmación de la propia acción, mientras que la náusea es el intento de encontrar la propia identidad en las heridas causadas por los que, por herirnos, nos obligan a ser nosotros. Los políticos que construyen identidades sobre heridas están condenados a mantenerlas siempre abiertas.

¿Qué es para nosotros lo nuestro?

Nuestra presente crisis política pone de manifiesto que entre nosotros nos estamos tratando ferozmente de vosotros. Este tratamiento tiene sentido cuando lo que se pretende es crear distancias entre lo nuestro y lo vuestro; pero parece poco inteligente tratar a una parte de nosotros mismos como vosotros si se quiere preservar el valor de la comunidad.

Me preocupan las dificultades del nacionalismo catalán para sentirse parte de un nosotros español; pero también las del nacionalismo español para integrar a Cataluña en lo nuestro.

El nosotros español, en lugar de celebrar su copertenencia, tiende a actuar como si padeciera por la presencia de un vosotros en lo nuestro… claro que… ¿no le ocurre lo mismo al nosotros catalán cuando se mira a sí mismo?

Gregorio Luri es profesor de Filosofía y autor, entre otros libros de La escuela contra el mundo, El valor del esfuerzo y Mejor educados. El arte de educar con sentido común.

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