Nostalgia de los Reyes

Ahora que tan de moda están las encuestas sobre intención de voto, preocupaciones de los ciudadanos, subidas y bajadas de la popularidad de los líderes, me gustaría saber si sería posible averiguar por esa vía cuáles son las nostalgias principales de la población adulta de nuestro país. La encuesta iría dirigida, en especial, a la que, a veces con eufemismo, un tanto ridículo como la mayoría, llamamos tercera edad, otras, de un modo mucho más directo, viejos o, de manera más ambigua y eso sí políticamente correcta, personas mayores.

Tal vez usted, lector, piense que, por obvia, tal encuesta resultaría una pérdida de tiempo porque todos nosotros –me incluyo por supuesto entre los viejos aunque no esté jubilada– sentimos nostalgia de la juventud y añoramos el divino tesoro que ya agotamos mientras cumplíamos años. Si existiera un partido político, un Podemos que entre sus promesas electorales incluyera para todos los votantes de más de cuarenta años eficaces y garantizadas rebajas de edad, a mi juicio mucho más apetecibles que las rebajas de impuestos, ganaría con mayoría absoluta.

Nostalgia de los ReyesNo me refiero a la curiosidad por saber sobre la nostalgia generalizada que sentimos por la época en que nos parecía que íbamos a llevarnos la vida por delante y que todos nuestros impetuosos deseos juveniles se verían cumplidos con creces, sino a pequeñas nostalgias concretas, como las de la esperanza en forma de juguete que en días como hoy, a pocas horas de que pasaran los Reyes por nuestras casas, teníamos todos.

Por eso creo que uno de los datos que sobre las nostalgias generacionales de los niños de los años cuarenta y cincuenta nos ofrecería la encuesta inútil –aunque no tanto como la que en Estados Unidos ha investigado y computado de manera minuciosa el tiempo que en distintas zonas del país tardan los ciudadanos en preparar los huevos con tocino para el desayuno–, tendría que ver con los Reyes Magos de Oriente.

Por lo menos eso es lo que yo más añoro de mi infancia, igual que el bendito insomnio de aquella noche en que no conseguía conciliar el sueño ni un segundo siquiera pendiente de los ruidos de la calle, de los presentidos pasos de Sus Majestades subiendo hasta el balcón por una escalera mágica para dejar sus regalos junto a los zapatos.

No sé si para los niños de hoy, esos que tienen de todo –sin olvidar a esos otros que incluso cerca de nosotros no tienen de nada– los Reyes representan lo mismo que para quienes, más ricos o más pobres, vivimos tiempos de escaseces y penitencia. Para acceder a los juguetes y no muchos, por supuesto, teníamos que habernos portado bien, escribir una carta y enviarla a un país innominado de lejano Oriente. En muchas ciudades y pueblos carecíamos del exótico paje que hoy, como elemento propagandístico del cotarro consumista, suelen contratar los grandes almacenes, para que los niños les entreguen en mano sus peticiones.

Imagino que a estas alturas, más que escribir una carta, cuyo hábito se ha perdido, los pequeños apuntarán una lista de la compra juguetera, aunque tal vez ahora se estile más enviar un correo electrónico no sé si a Sus Majestades de Oriente o directamente al departamento de reservas de una tienda de juguetes donde los papás puedan acceder con tarjeta de crédito, a sabiendas incluso de sus hijos.

Hay familias que consideran que no es bueno engañar a los niños con las memeces de los Reyes Magos, cuyo tufo religioso, monárquico y mágico puede ser perjudicial para su formación. Tal vez olvidan lo que supone la infancia dominada aún, mal que les pese, por poderes mágicos. Los Reyes que traen juguetes son primos hermanos de las hadas, y estas de Mickey Mouse y sus derivados actuales. Todos juntos pertenecen al reino de la ilusión en el que los niños habitan. Ahorrándoles ese engaño inofensivo, no podrán librarles de los que la vida les va a proporcionar, algunos, por desgracia, mucho más morrocotudos que la creencia en los Reyes Magos. Hay también quien considera que unir recompensa o castigo con regalo no es adecuado, porque a los niños se les debe educar en absoluta libertad, como si eso no fuera una utopía de tomo y lomo, imposible de llevar a la práctica. Los Reyes Magos del siglo pasado solían ser justos con los que había que premiar e injustos, por condescendientes, con los que se habían portado mal, porque ningún niño por desobediente o travieso se quedaba sin juguete, a veces aderezado con un poco de carbón... La amenaza familiar del no te traerán nada si no prometes portarte mejor funcionaba, vaya que sí.

Creer en los Reyes implicaba suponer que los misterios y los milagros –Sus Majestades llegaban a todas partes, al mismo tiempo en la misma noche– eran posibles. El mundo parecía justo si todos los niños, aunque fueran pobres, tenían juguetes por lo menos una vez al año. La primera gran desilusión de mi vida fue dejar de creer en los Reyes, pero todavía bendigo una y mil veces lo que supuso la maravilla de haber podido imaginar que Melchor, Gaspar y Baltasar existían. Y quizá existan si, como los niños de entonces, somos capaces de creer en ellos de verdad.

Carme Riera, escritora.

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