Nostalgia

De vez en cuando, ustedes podrán leer pensamientos del siguiente tipo. “Nos aproximamos a otra revolución tecnológica que tendrá un gran impacto en nuestras vidas, en cómo pensamos y en cómo vemos el mundo”. Y su pareja habitual: “La vida será más fácil, pero ya sabemos que esta poderosa y entrañable tendencia humana al mínimo esfuerzo tiene un precio, algo mefistofélico: no hace falta ser un genio para darse cuenta de que seremos más tontos”.

La aparición de la tecnología, ha sido posible por el desarrollo de la facultad racional de los seres humanos. De hecho, para caracterizar a nuestra especie podríamos haber utilizado en vez de la palabra ‘sapiens’ la palabra ‘faber’. Nuestra evolución siempre ha estado ligada al progreso de los artefactos. Desde nuestro comienzo hemos tenido la capacidad de imaginarlos, diseñarlos, construirlos y utilizarlos, lo que nos ha permitido superar tremendamente los límites de nuestros cuerpos. Podemos volar, desplazarnos a gran velocidad por carretera, elevar miles de toneladas con una grúa portuaria, imprimir cientos de miles de periódicos de un día para otro, arar enormes extensiones cultivables… Y desde hace poco tiempo han hecho su aparición los artefactos informáticos, que no son más que mediadores simbólicos que amplifican el intelecto más que el músculo de quienes los utilizan. Piensen en la revolución digital o en la mal llamada inteligencia artificial y sus plausibles futuras aplicaciones. Por cierto, debemos ser conscientes de que, conforme hemos ido avanzando nosotros y nuestra tecnología por la flecha temporal, siempre hemos sido sus creadores y por lo tanto sus controladores. Y para poder seguir el ritmo que nos hemos autoimpuesto, ha sido necesario cambiar unos conocimientos que eran apropiados para una época previa, por otros más adecuados para una época posterior.

La razón que aducen ciertas personas para predecir la tontez inminente es que, dejando de adquirir cierto tipo de conocimientos por motivos tecnológicos, se pierden capacidades cognitivas, además de habilidades sociales y mentales. Ahora bien, lo que al parecer esas brillantes mentes en peligro de extinción olvidan es que las capacidades cognitivas del ser humano se basan en la plasticidad neuronal o habilidad del sistema nervioso para cambiar estructural y funcionalmente, debido a su incansable interacción compleja con el entorno variable y muchas veces impredecible que nos rodea. El objetivo final de tal transformación es dirigir el comportamiento humano para resolver problemas de la vida cotidiana con eficacia. Y da igual que ese ser haya vivido en el Paleolítico, en el Neolítico o viva en la actualidad. Su inteligencia depende de cómo está configurada tecnológicamente la época en la que vive, de la información existente y alcanzable, y de la capacidad reflexiva, de discernimiento y de discriminación que se tenga sobre esa información y sobre esa tecnología.

Conozco muy pocas personas que tengan que saber rastrear o buscar la comida que van a comer, disparar con arco, conducir una cuadriga, buscar raíces medicinales en el bosque, hacer raíces cuadradas a mano, calcular logaritmos sin tablas ni calculadoras, escribir con pluma y tintero, encender un fuego con cerillas… E incluso puedo imaginarme un mundo en el que el conocimiento de varios idiomas o de la conducción de automóviles ya no sea necesario. Pero en cualquier momento pasado, presente o futuro, lo que es evidente es que la humanidad necesitará seguir relacionándose de manera compleja con ese mundo azaroso y tecnológicamente sorprendente, que no pretende nada en concreto y en cuya evolución podría haber ocurrido cualquier otra cosa diferente a lo que ha ocurrido. En pocas palabras, la especie humana necesitará seguir siendo inteligente para sobrevivir, por lo cual el peligro del empanamiento regresivo inminente lo podemos dejar como la afirmación de pesimistas nostálgicos con miedo al cambio y a los avances tecnológicos.

Francisco José Serón Arbeloa, catedrático Universidad de Zaragoza.

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