Nubarrones en el horizonte

Estas últimas semanas no hemos ganado para sustos. Primero fue la rápida alza del precio del crudo y su impacto sobre la inflación. Después, la crisis del norte de África. A continuación, Japón. Y, finalmente, la ocupación de Bahréin y la guerra de Libia. Fenómenos aparentemente deslavazados, pero, para bien o para mal, con impactos negativos sobre nuestro nivel de vida inmediato y futuro. Y ello porque todos esos choques se interconectan y amplifican por su impacto sobre el precio de la energía, en un momento histórico de creciente demanda mundial, con China, la India, Brasil y Rusia liderando este proceso.

Por ejemplo, en el 2010 los consumidores chinos se convirtieron en el primer país del mundo por matriculación de automóviles, por delante de Estados Unidos. Una nueva matriculación que, no se olvide, se añade ex novo al parque de vehículos mundial, lo que no sucede en EEUU o Europa, donde los nuevos vehículos sustituyen al parque ya obsoleto.

La caída de la producción de petróleo de Libia (con una oferta de 1,6 millones de barriles/día) parece que está siendo asumida por Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Y cabe suponer que sucederá lo mismo con las nuevas necesidades de importación de Japón. Por tanto, a muy corto plazo no vamos a contemplar problemas de desabastecimiento. Lo que vamos a ver, como ya se ha estado observando estas últimas semanas, son crecientes aumentos en los precios de los carburantes. Así, aunque el precio del petróleo no ha alcanzado los máximos históricos de julio del 2008, la gasolina en España se ha situado en valores jamás contemplados con anterioridad. Para terminar de arreglarlo, mientras el crudo ha aumentado un 45% en el último año, los precios de los alimentos y de los minerales objeto de comercio internacional han recuperado todo lo que habían perdido con la crisis financiera, de forma que las primeras materias no energéticas (alimentos y metales) están un 35% más caras que a principios del 2010.

Además, en el ámbito energético, los problemas van más allá del corto plazo. Aunque el debate en Alemania y otros países apunta a su eliminación, probablemente la energía atómica será insustituible a medio plazo, pero seguro que vamos a ver una revisión de su funcionamiento, ampliando y reforzando las medidas de seguridad, con lo que sus costes de producción, muy bajos respecto a otras fuentes, van a experimentar alzas inevitables. Y ello porque esta industria, tras el desastre japonés, no va ser nunca más la misma. En síntesis, bien porque el petrolero esté cerca de alcanzar el máximo de oferta posible al tiempo que la demanda no deja de crecer y los problemas geopolíticos se extienden, bien porque la energía nuclear va a tener que ser revisada en profundidad, hemos regresado al pasado, a los tiempos de la energía cara. A partir de ahora este es el marco en el que hay que operar.

Esta nueva situación comporta riesgos evidentes para la recuperación que empezábamos a consolidar. El primero es la respuesta del Banco Central Europeo (BCE) a la creciente tensión en los precios, que hasta ahora se ha manifestado únicamente en la energía y los alimentos. El índice anualizado de precios en el área del euro, por ejemplo, ha pasado del 1,9% en noviembre al 2,2% en diciembre, 2,3% en enero y 2,4% en febrero, una tendencia alcista que el BCE quiere cortar de raíz, y por ello ya ha avisado de que va a elevar los tipos de interés a principios de abril. Para una economía tan endeudada como la española, y aunque partimos de tipos de interés muy reducidos, cualquier alza en el precio del dinero supone nuevas dificultades, al deteriorar la capacidad de compra de familias, empresas y Gobierno y, por ello, va a tener impactos recesivos.

De todas maneras, la situación dista de ser dramática, ya que la carga financiera de la deuda de los hogares en España se encuentra en mínimos históricos, en el 1,6% de la renta disponible en el 2010, al igual que la soportada por el sector público.

El otro riesgo de esta situación es el efecto recesivo que las alzas del precio del crudo y otras primeras materias generan. No hay que olvidar que cualquier aumento del precio del petróleo no es más que una transferencia de renta hacia los países productores.

Por ejemplo, se estima que un alza permanente durante un año de 20 dólares/barril genera una caída de la renta mundial del 1%. En nuestro país, por ejemplo, el coste de la factura energética pasó del 1,6% del PIB en 1995 al 2,5% en el 2003 y hasta el 5,2% en el 2008, cuando el crudo alcanzó sus máximos. En el 2010 se habrá situado en torno al 4% y algo más, pero nos estamos acercando de nuevo a aquellos valores más elevados, con lo que ello implica de aumento en la transferencia de recursos al exterior.

En suma, la economía española, que justo comienza a levantar cabeza, encuentra vientos de cara que dificultan su avance. Si antes de Libia y Japón teníamos deberes ineludibles que realizar, hoy son todavía más perentorios y obligados. No hay otra vía de escape.

Josep Oliver Alonso, catedrático de Economía Aplicada, UAB.

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