Nuestra Biblia

Con todo respeto para Santa Teresa de Jesús, este 2015 debe ser, para nosotros, el año del «Quijote». El cuarto centenario de la publicación de su Segunda Parte ha de ser la ocasión para leer a Cervantes y reflexionar sobre lo que nos aporta, como seña de identidad y máxima referencia de lo español, en el mundo.

¿Es mejor la Segunda Parte del «Quijote» que la primera? Sin la menor duda. Se ha supuesto que Cervantes había pensado, inicialmente, en escribir una obra corta y que va madurando su novela, al tiempo que la escribe. Quizá le influye el hecho de que, en 1614, un año antes, Avellaneda –sea quien sea– ha publicado su continuación apócrifa. Cervantes se queja amargamente, pero esto le sirve de acicate para concluir la Segunda Parte, en la que varias veces lo desmiente.

De acuerdo con la estética barroca, para conseguir variedad dentro de la unidad, Cervantes, en la Primera Parte, ha mostrado su maestría en todos los géneros de la novela del XVI: pastoril, sentimental, morisca, ejemplar... En la Segunda, estas historias intercaladas prácticamente desaparecen.

La inicial parodia de las novelas de caballerías le ha servido sólo de trampolín –es la metáfora que usa Virginia Woolf, para la novela contemporánea– desde el que se lanza a una historia trascendental. El narrador es ya plenamente consciente de su propósito y despliega todo su virtuosismo: aumenta el diálogo, uno de los grandes aciertos de la obra. (En «El Quijote», decía Dámaso Alonso, «las almas se desnudan hablando»). Disminuye la acción, pero aumenta la complejidad narrativa. Algunos personajes han leído ya la historia de don Quijote y falsean lo que ven, para acomodarlo a su imaginación. Como define Navarro Ledesma, el biógrafo de Cervantes, «la Segunda Parte del “Quijote” no es “literatura”, como no son “pintura” las Meninas». Es mucho más que la literatura; o, simplemente, es la cumbre a la que puede asomarse la más grande literatura.

No son fáciles elogios, sino hechos concretos, demostrables. «El Quijote» es la primera novela moderna, se anticipa a muchas técnicas narrativas del siglo XX. Presenta una realidad problemática, una verdad vital, no objetiva: el «baciyelmo». Se basa en el perspectivismo: «Dios sabe si hay o no Dulcinea». Como hacen Borges y Torrente Ballester, utiliza un narrador no fiable. Es, según Carlos Fuentes, «el primer ejemplo de novela que realiza la crítica de la creación dentro de la misma novela» (lo que ahora llamamos «metaliteratura»). Siglos antes de Freud, nos lleva al fondo del subconsciente: la cueva de Montesinos...

La novela tuvo pronto un éxito grande; en seguida se tradujo al inglés, francés, italiano y alemán, pero, por su radical novedad, tardó bastante en ser comprendida adecuadamente. Durante los siglos XVII y XVIII, fue leída, ante todo, como una obra cómica. Sólo a partir del romanticismo europeo se reconoció su valor trascendental: influyó en los narradores ingleses (así lo proclaman Sterne, Fielding, Smollet); entusiasmó a los maestros de la novela clásica: Dickens, Stendhal, Flaubert, Galdós, Tolstoi, Dostoiewski...

No es sólo una cuestión de técnica; también, de espíritu. Cervantes no destruye, sino que depura los ideales de la medieval caballería: la defensa de los débiles, el culto al valor y a la honra, la fidelidad a su dama... Llamamos ahora «quijotismo» a la defensa de los principios morales más elevados.

Es fácil recordar algunos ejemplos. El heroísmo: «¡Leoncitos a mí!», clama don Quijote. La libertad: «Libre nací y en libertad me fundo». La dignidad básica de cualquier ser humano: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro hombre si no hace más que otro». El cristianismo interior, erasmista, de don Diego de Miranda, un «santo a la jineta» (laico, diríamos hoy). Sobre todo, algo que me parece esencial, la ética española del esfuerzo, no del resultado: «Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible». En definitiva, la dignidad –de Cervantes y de su personaje– para afrontar la hora de la verdad: «En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño... Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo y deseando veros en la otra vida»...

Una reciente polémica ha repetido la vieja cuestión: ¿para quién escribe Cervantes? No para los cervantistas (ya lo decía Azorin), ni para los ministros, ni siquiera para los académicos, sino para cualquier lector que se acerque sin prejuicios a sus páginas. Lo aclaró Cervantes, con su sabia ironía: «Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran». Por eso, es una vieja y muy noble tradición que los niños españoles se familiaricen con el personaje y sus aventuras; naturalmente, en versiones abreviadas y con lenguaje modernizado, para evitar el rechazo. Lo que ha hecho ahora Pérez Reverte es sólo continuar aquel «Quijote para niños», ilustrado, que leíamos en la escuela, en voz alta, intentando darle la entonación adecuada. Ahora, en cambio, los chiquillos españoles, en vez de leerlo, estudian morfemas, lexemas, sememas y demás tontemas... Son las «ventajas» de la moderna pedagogía. El irónico Cervantes, una vez más, nos ofrece el comentario adecuado: «Los tiempos mudan las artes y perfeccionan las cosas...».

Los españoles conscientes han vuelto siempre sus ojos al «Quijote»; sobre todo, en las épocas de crisis: para reconocernos, para encontrar nuestras raíces, para proyectar nuestro futuro. Su lección humanista tiene validez permanente. «Leyendo “El Quijote” –decía Antonio Machado– me parece comprenderlo todo». ¡Falta nos hace, en esta España actual, en la que vemos, cada día, tantas cosas incomprensibles!

Porque «El Quijote» es nuestro gran símbolo, nuestro espejo. Encarna la mejor España: la de Velázquez y Galdós, la de Jorge Manrique y don Manuel de Falla (no olvidemos su «Retablo de maese Pedro»). Cuando se habla de «la marca España», basta con citar a Alejo Carpentier: «No tuvo España mejor embajador, a lo largo de los siglos, que don Quijote». O a Orson Welles: «Va a seguir siendo representativo de España». O la síntesis de mi maestro Dámaso Alonso: «Don Quijote es la fe de España: él es España». Cuatrocientos años después de su publicación, continúa expresando lo mejor de nuestro carácter: es nuestra Biblia. Y debe seguir siéndolo, mientras España exista.

Andrés Amorós es escritor y catedrático de literatura de la Universidad Complutense.

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