Nuestras elecciones en Francia

Las elecciones francesas del pasado domingo (y también, en negativo, las griegas) han tenido para Europa un significado distinto a todas las anteriores elecciones nacionales: han sido, en cierto modo, unas elecciones europeas. Quizás muchos franceses han votado sólo en clave nacional. Pero seguro que buena parte de los europeos hemos considerado estas elecciones como propias: no éramos ya observadores externos sino que en ellas nos jugábamos intereses que nos afectaban directamente. Han sido, de alguna manera, elecciones nacionales.

Ya sé, por supuesto, que desde hace muchos años las elecciones europeas propiamente dichas son aquellas en las que elegimos diputados al Parlamento Europeo. Pero mi sensación es que en las pasadas presidenciales francesas hemos tenido mucha más consciencia de que podían ser determinantes para el futuro de Europa que en todas las parlamentarias europeas que hasta ahora han sido. Todo ello me parece un síntoma claro de que la presente crisis económica, contra lo que se suele opinar, está reforzando la unidad europea porque estamos viendo claro que los 27 estados de la UE viajamos en el mismo barco.

La integración política de Europa tiene un recorrido que históricamente resulta bastante inédito. Hay ciertas semejanzas con el desarrollo de Estados Unidos aunque los supuestos de partida son muy distintos: allí se trataba de incorporar un inmenso territorio casi despoblado, sin apenas estados, a partir de las famosas trece colonias de la costa Este. Probablemente es más parecida a la unificación alemana iniciada tras la ocupación napoleónica y finalizada con el II Reich en 1871, pasando por el Zollverein, una unión aduanera, preludio del libre comercio instaurado por el mercado común de la Comunidad Europea. Tengamos en cuenta que después de Napoleón, lo que hoy es Alemania estaba constituida por 39 reinos, ducados, principados y ciudades libres, todas ellas de matriz feudal, sin más unidad que el recuerdo de un antiguo mito imperial y el alemán como lengua común. Los alemanes hubieron de recorrer un largo y complicado trecho, lleno de incertidumbres, interrupciones, marchas hacia delante y hacia atrás. Pero al fin consiguieron unirse.

Un itinerario semejante es el que está recorriendo la UE desde el modesto tratado de la CECA en 1951 hasta hoy. Desde esta perspectiva de sesenta años, lo conseguido ha sido enorme a partir de unos objetivos a largo plazo muy ambiciosos, nada menos que una federación europea, pero modestos y realistas en el corto plazo, caminando hacia la unidad paso a paso.

El primer gran ideal de la unidad europea fue la paz: nunca más una guerra civil entre europeos. El instrumento: crear intereses económicos comunes en las industrias del carbón y el acero. Con un visionario pragmático clave: Jean Monnet. Después el Mercado Común y el tratado de Roma en 1957: la Europa de los seis. Tras ello una larga interrupción, debido sobre todo a la idea gaullista de la Europa de las naciones, hasta la ampliación a Gran Bretaña y a los países de su área económica, a la que se añadieron después Grecia, España y Portugal. A partir de ahí, el gran cambio del Acta Única de 1986 seguida del tratado de Maastricht de 1992: a la unidad económica vamos añadiendo la política y social.

Estamos ya en la Europa de los derechos civiles, democráticos y sociales, la desaparición de fronteras, los fondos de cohesión, y la ampliación hacia el centro y este de Europa. Con unos protagonistas que, por un lado, son las instituciones de la Comunidad, en especial la Comisión y el Parlamento Europeo y, sobre todo, el Tribunal de Justicia de las Comunidades, el órgano más olvidado y que ha sido el creador de la arquitectura jurídica comunitaria desde los años sesenta. Además de algunos nombres clave: Spinelli, Jacques Delors, Helmut Schmidt, Kohl, Felipe González, entre otros. Y con un aspecto clave: el euro como moneda única en gran parte de la UE. En efecto, todos los esfuerzos actuales van encaminados a la consolidación del euro como moneda de referencia, imprescindible si pretendemos que Europa sea un actor global.

Mercado común, derechos, democracia y moneda. Esta es la fase en que estamos. Y en el futuro inmediato –es decir, ahora mismo– para mantener el euro se necesitan políticas fiscales y laborales homogéneas y una política económica común que precisa de un banco central con todos los poderes que le son propios, no sólo el mero control de la inflación. Estamos en ello: no otra cosa es, por ejemplo, la estabilidad fiscal y financiera que debe introducirse en las constituciones nacionales por mandato comunitario, como inició Alemania en el 2009 y a la que ha seguido España en septiembre pasado al reformar el artículo 135 de nuestra Constitución.

Alemania y Francia son los pivotes sobre los que se ha construido la unidad europea desde sus comienzos e inevitablemente deben seguir siéndolo. Por esto las elecciones francesas –y el año próximo las alemanas–- son también nuestras elecciones: de ellas depende buena parte de nuestro futuro.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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