Nuestro día más largo

Estoy admirado de lo mucho que cambia nuestro pasado reciente. Ya nos habíamos acostumbrado desde nuestra más febril adolescencia a que la antigüedad y la modernidad fueran una continua caja de sorpresas. Desde los godos y su lista de reyes hasta los musulmanes, todo fue cambiando. Y el descubrimiento de América y la loca de Juana, que alcanzó a convertirse en símbolo de los nuevos comuneros de la Castilla radical. Y qué decir de los Austrias, que vuelven resplandecientes como si acabaran de desembarcar en Tazones. Los Borbones, mejor no tocarlos porque es tema sensible. Conforme nos acercamos al presente, la realidad histórica se transforma a mayor velocidad. El franquismo y la transición alcanzan lo vertiginoso.

Recuerdo cuando el canon de la transición lo marcaban Joaquín Bardavío, Pilar Urbano y Javier Tusell. Bardavío conoció muchas intimidades – había trabajado en servicios desde la época de Carrero Blanco-y salpicaba sus libros de detalles que parecían desvelar algo y que siempre favorecían a alguno de sus antiguos jefes, o de los nuevos. Pilar Urbano fue la Elsa Maxwell de la transición española, pero como ya casi nadie recuerda a la Maxwell, habré de ser más preciso. Algunos de nosotros la conocíamos como Pilar Suburbano por su peculiar modo de trabajar la información; su condición de supernumeraria del Opus Dei convertía sus columnas en benditas obleas que la gente se tragaba con una convicción que exigía mucha fe y muy poca caridad. A ella se debe, no obstante, el libro más importante sobre nuestro día más largo, que tituló Con la venia… yo indagué el 23 F (1982). Un gran libro.

De Javier Tusell, ya fallecido, sólo puedo ahora repetir lo que le dije en vida y en su jeta: que me era difícil distinguir su lado menos despreciable; si como persona, como político o como historiador.

Luego llegó la era de Victoria Prego. La transición era tal como la había contado Victoria Prego, y como lo suyo no era escribir sino hacer entrevistas, resultaba que las crónicas de la Prego eran fabulosas operaciones de montaje televisivo. Ella preguntaba, el protagonista respondía y ella montaba el capítulo. Como venía formada en las artes de pasamanería del viejo régimen, en el que su padre había sido notable cronista, sabía perfectamente cómo preguntar para que nadie se diera por aludido y todos quedaran contentos. Lo que tocaba la varita mágica de Victoria Prego se convertía en página para la historia.

De todos los vericuetos de la transición, el más inquietante es sin duda el 23-F. Por muchas razones, entre ellas que obligó a afrontar algo que la transición había sorteado hasta entonces: dónde estaba el poder. Fue nuestro día más largo, como el desembarco de Normandía, pero en ejercicio de maniobras. El 23-F radiografió al país en su conjunto como ningún otro acontecimiento de la iconografía oficial.

Fíjense si nuestra reconstrucción del pasado no será vertiginosa, que cada día que pasa no sabemos más del 23-F sino menos. Las últimas informaciones de las fuentes más fidedignas, y menos creíbles, resumen la gesta en la asonada de un picoleto tronado. Incluso seguimos dándole vueltas a si había un golpe, dos golpes o tres golpes. Una frivolidad de amateurs, porque todos los golpes de Estado, cuando triunfan, se unifican, pero si fracasan se parcelan. ¿Acaso el 18 de julio era el mismo golpe en la concepción de Sanjurjo, de Mola, de Franco, de Fal Conde, de Juan March, o de Cambó y Bertran i Musitu? Sólo estaban de acuerdo en el día, y no todos.

Y luego cuenta la edad. Un fascista longevo siempre es un anciano comprensivo, y por tanto liberal. Sirvió con Serrano Suñer, sirve con Alfonso Armada. ¿Acaso no vale también para Santiago Carrillo? Abuelos que enternecen a las almas cándidas.

Ya me imagino las necrológicas. Si tienen el vicio de leer las últimas entrevistas habrán descubierto otro fenómeno insólito: todos los protagonistas del 23-F lloraron en alguno de aquellos momentos trascendentales. Es la última aportación de nuestra historiografía doméstica. Los dioses, caídos o triunfantes, también lloran.

Incluso se hacen cada vez más confusas las razones del golpe. Ahora, menos que ayer, no sabemos a ciencia cierta si se trataba de acabar con Adolfo Suárez y su entonces protegido, Leopoldo Calvo-Sotelo, o si era contra la democracia, la Constitución y demás. El asunto se complica con la denominada trama civil del golpe. Nada menos que Alfonso Guerra se pregunta dónde están las cintas magnetofónicas de las grabaciones de aquella noche tan larga. ¿Es el mismo Alfonso Guerra que fue vicepresidente del Gobierno o un imitador chistoso? Porque si quien ejerció como número dos del Ejecutivo no tuvo acceso a los detalles, apaga y vámonos.

Cuando digo que el 23-F es la radiografía más precisa de la transición lo afirmo sumando evidencias, y la más brutal es aquella que atestigua que nuestras libertades, por frágiles que fueran, dependían de unos caballeros que se pasaron un montón de horas en la duda de si nos machacaban o nos mantenían como estábamos. Una democracia inerme es una parodia de democracia. Se jugaron nuestras vidas y nosotros estábamos mirando el tablero, hasta que nos dijeron que todo había ido bien, que podíamos seguir tranquilos. Fue aún más patético que la muerte de Franco. Entonces se había muerto el canalla y ahí estábamos esperando a ver qué hacían ellos, porque nosotros no estábamos en condiciones de hacer otra cosa que esperar. Cuando oigo a alguien contar lo del champán que se bebió a chorros en noviembre de 1975, tomo conciencia de que esa gente estaba aún más muertita de miedo el 23-F de 1981.

El 23-F fue otra dosis de realidad en unas castas que se empeñaban en inventarse un país inexistente. Apenas si hay nada escrito y verosímil sobre la trama civil del golpe, pero aún hay menos de las conversiones al socialismo militante de la radicalidad omnipresente. Aún recuerdo aquella errata feliz de El País cuando nombraron director general del Libro (1991) al columnista e historiador Santos Juliá. En el currículo periodístico había un error que hubo de ser subsanado: donde decía que había ingresado en el PSOE en 1981, debía leerse “que el historiador pidió el ingreso junto con otros intelectuales, pero no llegó a formalizar su ficha personal”.

Y cuando estábamos en estas llegó el relato. Se acabaron los Bardavíos, Suburbanos y Pregos, ahora la clave está en el relato. Si nuestra historia ha sufrido en los últimos años una manipulación tan descarada que resulta irreconocible para quienes la hemos vivido, ahora llegan las plumas.Buena gente. Legales y con muy buen rollo. La historia vista desde la profundidad psicológica de un escritor. Cuando usted dice “eso es incongruente, o inverosímil, o falso”, le responden: se trata de una novela. ¿Acaso un escritor no puede transformar la realidad e interpretarla? Es como apostar con los trileros; pierdes siempre. Cuando pones el dedo en la chapita y dices, eso es falso y además una manipulación, te replicarán que no valoras la creatividad literaria. Y cuando vuelvas a poner tu perplejidad en otra chapita delatora de una prosa agarbanzada, te rectificarán, porque son fieles a la historia.

Estamos en manos de frívolos convencidos de que al fin y al cabo la vida está hecha para los audaces y sostenida por los ignorantes. ¿Quién se creería hoy que España entera estuvo durante años discutiendo sobre la verosimilitud de la Guerra Civil contada por un escritor tan espantosamente manipulador y mediocre como José María Gironella? ¿Quién osaba negar entonces que aquel relato era literatura, no digamos ya historia? ¿Y si lo mismo ocurriera con Javier Cercas y su recreación del instante más largo de nuestra democracia? Porque el secreto de Gironella entonces y de Cercas ahora posiblemente se reduzca a una evidencia, dar a la gente lo que la gente quiere. ¡No me cuentes la verdad, chaval, házmela asumible! Héroes de papel para una sociedad encantada de conocerlos.

Gregorio Morán

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