Nuestro momento maquiavélico

John Pocock es uno de los más destacados filósofos políticos del siglo XX. En 1975 escribió su obra capital, El momento maquiavélico, basada en la influencia de Nicolás Maquiavelo, que publicó en 1513 El Príncipe, el primer tratado político moderno. Maquiavelo y su Príncipe –que la mayoría de expertos analizan conjuntamente con Los discursos sobre la primera década de Tito Livio– han sido objeto de numerosas interpretaciones, también desde el marxismo, lo que no ha de resultar extraño, pues Maquiavelo aborda la crisis de un sistema y prevé el advenimiento de otro, el de las monarquías modernas y centralizadas. Para Althusser, Maquiavelo es el primer materialista de la filosofía política.

Con Maquiavelo comienza el conocimiento de la cosa política desde la política y no sobre la política como objeto alejado, ajeno e independiente de la acción del hombre. Nos descubre la política tal y como es. Han pasado los siglos y el objeto no ha cambiado en esencia porque tampoco lo ha hecho la naturaleza de los sujetos de la acción, los individuos. Dice el autor de El Príncipe: «Me ha parecido más conveniente ir a la verdad efectiva de la cosa que a su imaginación». Combina teoría y praxis con el análisis de casos históricos concretos sobre la base de que la política es el arte de conseguir y conservar el poder. Todo esto es una novedad a comienzos del siglo XVI.

Sin embargo, Platón le hubiese hecho una observación: Maquiavelo se obstinó en separar el ser del deber ser, pero sus escritos son producto de sus circunstancias. Es decir, sus hechos son reflejo de sus ideas. Maquiavelo, diplomático y funcionario, pensó y escribió su breve tratado durante su reclusión, destierro y posterior retiro tras ser víctima de una conspiración. Por tanto, lo hizo descreído, desairado y deseoso de recobrar el favor de los Medici, no de Lorenzo el Magnífico, a quien idolatra en las últimas páginas de Historia de Florencia, sino de su nieto, Lorenzo el joven. Para ello elabora este decálogo de consejos sobre cómo gobernar.

Pero lo que realmente nos interesa ahora es reparar somera y parcialmente en El momento maquiavélico de Pocock (para una lectura pormenorizada y magistral nos sobra con el estudio preliminar del profesor Eloy García en 2002). Por dos razones: porque extrae la esencia del pensamiento del florentino y porque lo proyecta sobre el futuro. Pocock disecciona otras transformaciones posteriores sustentadas sobre las tesis maquiavelianas. Maquiavelo inicia una tradición –podríamos discutir si tiene un antecedente en Aristóteles–, Pocock sigue el hilo de su pensamiento y nos descubre su influencia sobre procesos esenciales: la forja del constitucionalismo británico; los primeros pasos del parlamentarismo contemporáneo, la construcción de la ciudadanía y la transmutación del republicanismo clásico en moderno durante la independencia de las 13 colonias norteamericanas. Este es el trayecto que recorre el republicanismo original, en el que importan más los valores que la forma que adquiera el Estado.

El momento maquiavélico es para Pocock un instante de crisis en la relación entre personalidad individual y sociedad, virtud y corrupción. Ese corto espacio de tiempo en el que el príncipe propicia la gestación de un nuevo y saludable paradigma o bien los gobiernos asisten impávidos a la desintegración del viejo por putrefacción, lo que perpetúa la situación de inestabilidad y corrupción. Todo depende del resultado de la combinación de dos factores: fortuna y virtud.

El momento está directamente vinculado con la ocasión. Como escribió Maquiavelo a Filippo di Nerli: «No me queda ni un pelo en el cogote, / y nadie consiguió nunca atraparme / si yo ya he pasado o no he llegado». De aquí que a la ocasión la pinten calva. Y concluye: «Y tú, mientras consumes tiempo hablando / en pensamientos vanos ocupado, / no te das cuenta, bobo, y no comprendes / que ya me he escapado de tus manos». Cuando surge la ocasión no hay lugar para las medias tintas, ni para la contemplación ni para echarse en brazos del devenir, de la fortuna. En aquel tiempo se desvanecían las ciudades estado italianas y sólo había dos alternativas: o apostar por la unidad de Italia o la definitiva desmembración en tantas partes como monarcas de nuevos y más poderosos estados desembarcaran en sus territorios. Ocurrió lo segundo.

España no ha atravesado su momento maquiavélico. Todavía desconocemos el significado de la virtud –lo aprendieron los ingleses en el XVII, los americanos en el XVIII y luego los franceses al menos supieron lo que no era–. España se quedó a verlas venir en el XIX y la Transición constituyó un ensayo incompleto: asumimos la idea de compromiso, pero no en sentido maquiavélico: no asumimos un compromiso cívico con la virtud, sino un acuerdo político y social por la concordia. La diferencia está en que el primero cimenta unas bases sólidas para el progreso posterior; el segundo obedeció a una necesidad histórica concreta sin afianzar los anclajes.

Si la Transición hubiera supuesto nuestro momento maquiavélico no cabrían las voces que la cuestionan ni mucho menos estaríamos asistiendo al actual proceso de descomposición institucional. Porque la Transición transformó el funcionamiento externo de las instituciones pero no nuestra cultura política. Adaptó la forma pero no alteró su naturaleza. Inglaterra no necesitó cargarse por segunda vez la monarquía para luchar por la erradicación de las prácticas caciquiles y clientelares (patronage e influence). Lo hizo cuando identificó el momento propicio.

En España esto no ha ocurrido: unas élites sustituyeron a otras, pero las nuevas –sobre todo locales, autonómicas y sindicales– pronto advirtieron que modificando apenas unos parámetros del discurso y algo del decorado podían reproducir consentidamente –y esto es fundamental porque se utiliza cínicamente como argumento legitimador– los usos, hábitos y comportamiento de las de siglos precedentes. Y en esas sobrevivimos algo más de 30 años: los primeros, de entusiasmo democrático, y los segundos, de delirio de opulencia.

El Príncipe nuevo accede al gobierno por virtud o por fortuna (no ya por la fuerza de las armas ni el temor). Estas son las dos nociones clave del pensamiento maquiaveliano. Nunca hay una ausencia total de fortuna y la virtud gana importancia en la medida en que el poder requiere el favor de los súbditos. Además, como una parte de la virtud consiste en distinguir la ocasión, tiene que ver con la determinación y el arrojo del príncipe (es la diferencia entre virtud cívica y esta, virtù activa). Por otro lado, la fortuna implica, en parte, adaptación a las circunstancias. Por fortuna se llega con facilidad al principado, pero el poder se conserva con extrema dificultad.

Maquiavelo asocia la virtud a la capacidad de innovación, cualidad que debe poseer más el príncipe nuevo que el natural. Primero porque limitará los efectos aleatorios de la fortuna; y segundo porque le permitirá construir un nuevo sistema de legitimidad que le facilite su permanencia en el poder. En resumen, cuando se produce una crisis –preludio del cambio inevitable más o menos próximo o traumático– el gobernante virtuoso lo anticipa y adapta las instituciones al nuevo paradigma. Los españoles recurrimos con asiduidad al término regeneración, pero Maquiavelo prefirió otro, más sencillo, genérico y ambicioso: renovación.

La renovación, hoy y aquí, no pasa únicamente por la recuperación económica, aunque haya españoles que con razones más que sobradas se conformen con ella. Aceptar esto es asumir que nuestra sociedad no puede dotarse de virtud cívica, o sea, no puede desprenderse de corruptelas y vasallajes ni aspirar a su momento maquiavélico. Dice Pocock que los colonos americanos desconfiaron de sus otrora protectores y clamaron por la independencia cuando entendieron que el gobierno de la metrópoli podía contagiarles la corrupción. Pero sobre todo, implica que nuestros dirigentes se creen príncipes naturales y no nuevos, y eso no sólo multiplica el riesgo de implosión, sino que prolonga indefinidamente la incertidumbre, cierra el paso a la prosperidad e impide también que la virtud constituya el fundamento de nuestra sociedad.

Javier Redondo es profesor de la Universidad Carlos III y director de ‘La Aventura de la Historia’.

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