Nuestro problema es la banca

Desde que en septiembre del 2008 cayó Lehman Brothers, los políticos españoles no han parado de decir que la banca española era la más sana de Occidente, que aquí no hacía falta ayudarla como en el Reino Unido, en Alemania o en Francia, entre otros europeos. Pero últimamente ese eco se ha apagado. Y, en cambio, se han alzado voces de alarma sobre el estado de nuestros bancos. Tan inquietantes como los cada vez más negativos pronósticos sobre la capacidad del Estado español para refinanciar la deuda pública.

Desgraciadamente, ambas incertidumbres están muy relacionadas entre sí. Por ejemplo, la fuerte caída de las cotizaciones bursátiles de los bancos -en los últimos 12 meses en conjunto han perdido un 27 % de su valor en bolsa- es consecuencia, según todos los analistas, del gran volumen de deuda del Tesoro Público español que poseen nuestras instituciones financieras.

Los especialistas dicen que lo que hace que los inversores bursátiles vendan sus acciones bancarias es el temor, creciente, de que llegue un momento en el que el Gobierno español deje de sacar deuda al mercado porque el precio para colocarla resulte inasumible: eso podría producirse si el interés de los títulos a 10 años alcanzara el 6 %. Y esa frontera está cada vez más cerca: el jueves, dichos títulos se vendieron al 5,47 %.

Dado que las citadas emisiones sirven para pagar las deudas que vencen, esa decisión equivaldría a una suspensión de pagos por parte del Estado español. E incluso en el supuesto de que, para impedir eso, se produjera una operación de rescate europea -que parece difícilmente evitable, aunque los líderes políticos de la UE siguen sin acordar cómo llevarla a la práctica-, tras ella podría venir lo que se llama una reestructuración de la deuda, es decir, que una parte de los acreedores se quedarían sin cobrar. Y, entre ellos, los bancos españoles.

Lo malo es que las dudas sobre la situación específica de los bancos es una de las razones principales de que el Estado tenga que pagar cada vez más por colocar sus títulos de deuda. El tan denostado anuncio de rebaja de calificación hecho por la agencia Moody’s esta semana se apoya justamente en eso (además de en las dudas sobre la capacidad del Gobierno para controlar el gasto de las comunidades autónomas o en la vulnerabilidad de España a los movimientos del mercado de deuda).

Moody’s y otros muchos, dentro y fuera de España, creen que el riesgo de que los bancos y cajas españoles entren en pérdidas -y que alguno de ellos vaya a la quiebra- es bastante mayor que el que sugiere su índice de morosidad. Porque a este habría que añadir buena parte del valor de los inmuebles y solares que figuran como activos en las cuentas de los bancos y cajas y que no son sino créditos que inmobiliarias y promotoras no han podido pagar porque han quebrado. Según el Banco de España, la morosidad de los bancos alcanzaba a finales de agosto el 5,61 % del total de sus créditos. Moody’s dice que si se añaden los activos inmobiliarios incobrables, el total de la morosidad del sistema bancario-bancos y cajas- estaría en el 9,2 %.

Esa cifra supera, y no por poco, todos los límites de solvencia del sistema establecidos desde hace tiempo. Y seguramente la de algunas entidades es aún mayor. En esas condiciones, la única solución para evitar lo peor es, según Moody’s, que el sistema bancario, en su conjunto, refuerce su capital en nada más y nada menos que 17.000 millones de euros. Otras fuentes, en privado, creen que haría falta aún más. Entre otras cosas porque, según se ha sabido esta misma semana, el precio de los inmuebles y solares que posee la banca y que sí se pueden vender está cayendo.

¿De dónde se puede sacar tan ingente cantidad de dinero u otra algo inferior a la misma, en el supuesto de que Moody’s exagere? Los bancos, el Banco de España y el Gobierno se afanan, eso sí con enorme discreción, en encontrar una respuesta a esa pregunta. De poco valdría recordar a unos y a otros que durante estos años no han dejado de decir que el Estado no ha puesto un duro en la banca. Ocultando el agujero que la crisis inmobiliaria había hecho en los bancos y cajas de ahorros solo han logrado engañar a los más crédulos. Pero puede que hayan agravado la situación.

Ahora las soluciones, si las hay, tienen que venir de fuera. Porque, además de la íntima relación que existe entre los problemas de financiación del Estado y la solvencia de los bancos, ambos necesitan que los mercados internacionales les compren su deuda a precios asequibles. El Tesoro Público tiene que refinanciar más de 200.000 millones de euros en el 2011. La banca, más de 90.000 millones.

Vistas así las cosas, la situación no es totalmente distinta de la que ha llevado a la economía irlandesa a ser intervenida por Europa, con las terribles consecuencias que eso ha tenido para sus ciudadanos corrientes. Allí también los bancos, eso sí, en medida muy superior, eran el problema y en su ayuda ha acudido el dinero extranjero. Allí también el déficit público, la obsesión de nuestro Gobierno, estaba, sin la deuda de los bancos, por debajo de la media europea.

Carlos Elordi, periodista.

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