Nuestros hombres de mar

“Y los remos crujían, y los hombres jadeaban. Cuando la popa tocaba la cima de la montaña rugiente, y la débil embarcación iba a recibir de ella el último impulso favorable, Andrés, orzando brioso, gritó conmovido, poniendo en sus palabras cuanto fuego quedaba en su corazón: -¡Jesús y adentro!... Y la ola pasó también, sin reventar, hacia las Quebrantas, y la lancha comenzó a deslizarse por la pendiente de un nuevo abismo. Pero aquel abismo era la salvación de todos, porque habían doblado la punta de la Cerda y estaban en puerto seguro”. Este fragmento de la novela “Sotileza” de nuestro montañés José María de Pereda fue hecho óleo por su amigo Fernando Pérez del Camino en su cuadro “Jesús y adentro”. Jaculatoria marinera al entrar al refugio salvados de la mar abierta que ojalá hubiesen podido exclamar nuestros pescadores del “Villa de Pitanxo” en la tempestad del Mar de Terranova. Desigual lid del hombre contra el reino de las algas, donde en su bregar por el sustento familiar afrontan borrascas y galernas, frío y bochorno, icebergs y sargazos, fuegos de San Telmo y nieblas, mientras oceánidas y nereidas esperan una debilidad, un fallo mecánico, un error por el cansancio, para abalanzarse sobre ellos y atraparlos en un beso de eterna frialdad y negrura en el abismo abisal.

Muchos son los súcubos que cada marino, pescador, hombre de mar, afronta durante las largas noches y los agotadores días trabajando sobre las olas para cumplir su misión, concluir su labor investigadora, descargar sus contenedores o combustible, y, en especial, cosechar en sus redes los peces necesarios para entregar el jornal a la familia que en tierra espera, plegaria diaria, el regreso de sus seres amados embarcados entre las redes y aparejos de sus barcos de pesca. Si recia es la vida en los buques de nuestra Armada española, en los eficaces mercantes, en los gigantescos petroleros, en las embarcaciones científicas, nada es comparable a la dureza existencial de nuestros pescadores. Como todos los marinos, pero con una dimensión titánica, son hombres de manos encallecidas, piel de cobre y mirada recia, sonrisa franca y alegría contagiosa, cuya alma y voluntad están forjadas con valores que necesita nuestra adocenada sociedad española: la humildad, la reciedumbre, la alegría, el sacrificio, la generosidad, el compañerismo, el esfuerzo, la lealtad, el trabajo y, sobre todo, la trascendencia del valor.

Porque el ser valiente, afirma el Mariscal Von Clausewitz en su tratado “De la guerra” (“Vom Kriege”), nace de la trascendencia de la vida interior y espiritual. Así, cuando ululan los Cincuenta Rugientes, encañonados por el Canal de Beagle o desaforados por el salvaje Cabo de Hornos, y atacan nuestro bergantín-goleta “Juan Sebastián de Elcano”; cuando en el monzónico Índico la proa de nuestra fragata “Numancia” penetra una montaña líquida de más de diez metros, se cubren de espuma y agua hasta los radares por encima del puente de mando, y durante unos segundos eternos se duda si picaremos hacia el fondo o la nave saltará retando el siguiente machetazo oceánico; cuando en el Mar de Libia la calma se metamorfosea en un monstruo de remolinos, corrientes que chocan y huracanado viento que golpea de través nuestra fragata “Navarra” y nos convierte a la dotación en marionetas y en juguetes rotos del destino a los infelices emigrantes que en ataúdes flotantes de plástico y maderas podridas afrontan desamparados y a la deriva las embestidas de las trombas marinas; cuando el bochorno se trueca en estremecedora galerna que ilumina nuestra fragata “Canarias” o nuestro buque-escuela “Elcano” con los terribles rayos que lanza Zeus a su hermano Poseidón; en estos lances, además de otros intensísimos y arriesgados duelos náuticos entre el hombre y la naturaleza, aseguro al lector -soy testigo- que hasta los ateos rezan a Dios y a la Virgen del Carmen, con el valor que mana de la trascendente vida interior del marino.

Lucha entre el hombre y la mar despojada en su grandeza de cualquier romanticismo que no sea vencer o morir, en la cual entre los hombres de mar hay una raza especial: los pescadores. En nuestros barcos de la Armada española, recordamos a nuestros compañeros del pesquero “Villa de Pitanxo” y a sus familias con nuestra oración marinera de cada ocaso: “Tú que dispones de viento y mar, haces la calma, la tempestad. Ten de nosotros, Señor, piedad. Piedad, Señor. Señor, piedad”. A ellos, que han entregado su alma al Creador en las gélidas aguas del Mar de Terranova, con especial cariño a sus familias, se dedican con respeto estas líneas. Porque los pescadores de Galicia son los pescadores de Cantabria, de España, de Hispanoamérica, de Europa, del mundo. Descansen en paz nuestros hombres de mar.

Alberto Gatón Lasheras, Capellán y Profesor de la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales.

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