Nueva cultura empresarial

Hace 30 años, el profesor Richard T. De-George denunciaba el mito de la amoralidad de los negocios en un libro sobre ética empresarial que está hoy en su séptima edición. Esta amoralidad quedaba reflejada en el conocido aforismo “los negocios son los negocios” (business is business),significando que los negocios son algo puramente económico y la ética no tiene cabida en la actividad empresarial.

Se argumentaba que las leyes son suficientes. Todavía algunos piensan así, pero la tendencia es otra. Hoy muchas empresas entienden que las leyes no bastan: tienen lagunas, no siempre se aplican bien, suelen llegar después de hechos deplorables y, además, no cubren ni pueden cubrir todo. La vida empresarial supera con creces el rígido y limitado articulado de leyes y regulaciones.

Cualquier buen directivo empresarial sabe que las actuaciones poco éticas tienen muchos riesgos. En sentido positivo, la reputación empresarial y la generación de confianza están estrechamente relacionadas con la honradez, la transparencia, la calidad del servicio y la responsabilidad empresarial.

Pero algunos critican, y con razón, que se vea la ética como un mero instrumento para los beneficios. La ética se refiere al bien de las personas, y eso no puede ser instrumental. Cuando las circunstancias lo requieren, una actuación responsable lleva a sacrificar ganancias económicas por motivos éticos, aunque no se vea o no interese la rentabilidad a largo plazo.

Esto lo entienden las empresas más responsables que muestran un sincero compromiso con el bien común de la sociedad y priorizan los valores éticos cuando entran en conflicto con los beneficios. Algunas empresas incluso lo hacen explícito. Tal es el caso de AES, una empresa americana del sector energético. Al salir a bolsa en 1991, explicaba en la documentación cuáles eran sus valores y añadía: “Si la empresa percibe que hay conflicto entre esos valores y los beneficios, la empresa tratará de adherirse a los valores”. Y así lo hacen y les va muy bien. Empezó en 1981 con un millón de dólares de capital riesgo y hoy es una empresa global, con 27.000 empleados presente en 29 países.

En todo caso, se constata un creciente reconocimiento de la importancia de un comportamiento ético para la generación de confianza. Y eso es clave para la continuidad de las relaciones comerciales y para obtener un clima de compromiso y cooperación en las organizaciones.

Una gran mayoría de las empresas grandes y, en menor medida, las medianas han incorporado declaraciones institucionales de misión y valores corporativos, a modo de compromiso público de la empresa y para fomentar la identidad empresarial. Pero son muchas menos las empresas que han logrado que su misión y sus valores estén efectivamente presentes en la formulación e implementación de estrategias, políticas y prácticas empresariales.

Son también numerosas las empresas que han elaborado códigos de conducta empresarial con el objetivo de proporcionar normas y criterios claros para una actuación responsable. Algunas organizan seminarios o cursos de formación para la asimilación de valores y normas de conducta, o tienen departamentos para facilitar su cumplimiento, o incluso una línea directa confidencial para recoger consultas, sugerencias, quejas y denuncias. Eso tiene sus ventajas, pero también el riesgo de codificar demasiado, olvidando que, en último término, la ética requiere intencionalidad y virtudes. El reto es ahora hacer entender que toda decisión empresarial contiene aspectos éticos, por su relación con el daño o servicio previsible y evitable a personas y al medio ambiente.

Bastantes empresas han asumido que tienen responsabilidad social, que se extiende incluso a determinadas acciones sociales. Sin embargo, no siempre estas prácticas cuentan con una adecuada fundamentación ética ni van más allá de un motivo de reputación. Se insiste en que la empresa ha de rendir cuentas, no sólo a sus accionistas, sino también a las personas o grupos que afectan o son afectadas por su actividad (stakeholders)y aun a la sociedad en general. En esta línea, muchas empresas, sobre todo las más grandes, hacen auditorías y publican memorias anuales no sólo de resultados económicos, sino también medioambientales y sociales. Esta “triple cuenta de resultados” (triple bottom line)se va haciendo popular. Es una práctica encomiable, si se hace de modo imparcial, con garantías y no es sólo una operación de imagen.

Por último, subrayar la importancia ética de liderar con ejemplaridad y crear culturas empresariales que faciliten el desarrollo humano y profesional de directivos y empleados. La calidad humana de las personas es fundamental para la buena marcha de la empresa y para desarrollar culturas empresariales de calidad. Y para que la empresa sea una auténtica comunidad en bien de quienes la forman y de la sociedad a la que permanece.

Domènec Melé, titular de la Cátedra de Ética Empresarial del Iese, Universidad de Navarra.