Nueva diplomacia nuclear

A juzgar por el proceder de sus  principales protagonistas, el incipiente otoño diplomático de Oriente Medio promete acción, mucha acción. Lo asegura la confluencia de los distintos procesos, algunos recientes, otros de larga historia, que convergen en la región. Lo único evidente por el momento es que el panorama no es promisorio en demasía y que más de uno saldrá escaldado.

Nada más imprudente en esta sufrida parte del mundo que arriesgar un pronóstico cuando de política se trata. Las previsiones son difíciles, sobre todo cuando se trata del futuro, nos enseña un antiguo proverbio chino. Una y otra vez, conspicuos analistas equivocaron sus previsiones.

Una y otra vez, renombrados servicios de inteligencia fracasaron en sus intentos de anticipar hacia dónde “se mueven las cosas”.

En lo que todos coinciden es en que el tema prioritario en las agendas de los grandes protagonistas internacionales es la amenaza nuclear del régimen de Teherán. En lo que algunos politólogos consideran la mayor ruptura en política internacional respecto a la posición de su predecesor, el presidente Barack Obama, mientras intenta dialogar con Irán, aborta el “escudo antimisiles” destinado a contener la amenaza iraní, que había desatado una violenta reacción rusa, que trajo al recuerdo los viejos vicios de la guerra fría. Rusia, a su vez, en un tono conciliador poco común en los últimos tiempos hacia la alianza transatlántica, se ha comprometido a hacerse eco de los esfuerzos de Washington y Bruselas por conseguir un consenso internacional que permita forzar al régimen iraní a entrar en negociaciones serias sobre el futuro de su programa nuclear. Moscú, hasta ahora había rehusado apoyar la imposición de sanciones a Irán que le disuadan de llevar adelante un programa nuclear que en opinión de los más autorizados expertos podría permitirle acceder a armas nucleares.

Israel, por su parte, expresa reiteradamente su “impaciencia” ante la inoperancia de la comunidad internacional y no ceja en sus intentos de convencer a EE. UU., laUE y Rusia del peligro existencial representado por un régimen encabezado por un fanático líder que un día sí y otro también amenaza abiertamente con “borrarlo del mapa”. Su mensaje es contundente: si la comunidad internacional no detiene a un régimen “mesiánico y apocalíptico como el iraní”, lo hará Israel. El Gobierno israelí explica que preferiría poner coto a la amenaza iraní a través de la diplomacia – léase, la aplicación de severas sanciones-y no del uso de la fuerza, pero, según fuentes gubernamentales que prefieren mantenerse en el anonimato, Israel tiene un plan B en caso de que fracasen las negociaciones con Irán. Para el presidente Shimon Peres, armas nucleares en poder de Irán serán “como un campo de exterminio volador”.

Es difícil ser optimista: Irán ha decidido adoptar una “nueva” diplomacia nuclear. Acepta, sí, la exigencia de negociar de los Seis (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania), pero insistiendo en que “sus derechos inalienables” a desarrollar su programa nuclear no son negociables, mientras sigue desarrollando su infraestructura para enriquecer uranio y se embarca en la construcción de un reactor nuclear para producir plutonio. Todo ello mientras trata de ocultar del Organismo Internacional de Energía Atómica información vital sobre su programa nuclear.

¿Una “nueva diplomacia”? Los términos que ofrece para las negociaciones con los Seis no constituyen sino un reiterado intento de seguir ganando tiempo. Algo que vienen haciendo durante años. Irán, por lo visto, sigue sin tener intenciones serias de mantener negociaciones sustantivas. Aunque esta vez el paquete de propuestas que Teherán presentó a los Seis omite la usual lista de agravios contra Occidente, no es exactamente lo que se esperaba y no ofrece respuestas a la cuestión más preocupante, la carrera nuclear iraní. Sus cinco folios se ocupan de todo: temas políticos, económicos y de seguridad, pero no de su programa nuclear. En opinión de sus destinatarios, Irán aclara así que la cuestión nuclear está cerrada.

Evidentemente, estamos ante una difícil prueba de fuego para la comunidad internacional. Irán lidera hoy el “eje de la desestabilización” en Oriente Medio y con su intervención en todos y cada uno de los focos de tensión, internacionales y locales, que agobian la región (Iraq, Líbano, Palestina, Yemen, las cada vez más tensas relaciones chiíes-suníes, etcétera), pretende transformarse en la potencia regional hegemónica y seguir exportando su revolución islámica. Los países del Golfo, Arabia Saudí, Jordania y Egipto no ocultan sus temores ante la injerencia directa o por interposición en sus asuntos internos del régimen de Teherán. Israel es, por supuesto, un excelente caballo de batalla para su presidente, Mahmud Ahmadineyad. Su problemática reelección y el cuestionamiento a su liderazgo de importantes sectores del clero y el descontento popular – por el momento contenido por la fuerza-amenazan su posición. Siguiendo el ejemplo de otros regímenes autoritarios, no encuentra mejor vía para enfrentar a sus enemigos internos que recurrir a “las amenazas externas”.

El 1 de octubre se abrirán las negociaciones entre los Seis e Irán. Unas negociaciones que podrían ser cruciales. ¿Tendrán EE. UU. y la UE la voluntad política necesaria para contener a Irán? Aunque parece improbable que esto suceda, lo más deseable será dejar por el momento este interrogante sin respuesta.

Samuel Hadas, analista político, ex embajador de Israel en España y en la Santa Sede.