Nueva geografía humana

¿Qué tienen en común Can Vies y la Via Catalana? Más de lo que parece. No existen ideas políticas sin un espacio al cual sean referibles estas, ni espacios o principios espaciales a los que no correspondan ideas políticas. Esta afirmación de Carl Schmitt abre una vía de análisis en la cuestión política hasta ahora poco explorada: el desbordamiento de los espacios tradicionales de la democracia (municipio, provincia y Estado) por nuevos impulsos políticos.

El franquismo como sistema político tenía claramente definido sus espacios. Estructurado sobre el concepto de “entidades naturales”, la ley de Principios del Movimiento Nacional de 1958 los definía de manera clara: la familia, el municipio y el sindicato. Cada uno de estos ámbitos tenía un espacio definido. La familia en el hogar, en la vivienda, el ámbito doméstico que se convirtió en la ambición máxima de los españoles del desarrollismo y objeto de las políticas estrella de gobernadores civiles y de ministros del ramo. El municipio, por su parte, era el espacio político por excelencia: en él y por él, cada español se definía. Todavía hoy, cuando vemos concursos de televisión entre pueblos a ver quién comete la mayor barbaridad, asoma un perfume a fotograma del No-Do. El sindicato tenía su ámbito social en su rama específica (el metal, el campo, el espectáculo…), el espacio vertical. Tres espacios pues: el privado, el público-político y el social-laboral. Esta trilogía geográfica ha ido siendo erosionada, pero no anulada, en el tránsito hacia el régimen democrático. La España democrática mantuvo algunos espacios heredados del franquismo y desnaturalizó otros, como la vivienda. Pese a ser reconocida como un derecho en la Constitución, la conversión del espacio más privado de la persona, su hogar, en una mercancía, es ya un hecho. La muerte del franquismo abrió la puerta a las libertades, pero con ellas entró también el capitalismo más feroz. Por otra parte, con acelerado éxito, la región (en su sentido más laxo) sustituyó al municipio como espacio de identificación. Catalunya es un ejemplo de tradición nacional, pero Andalucía o La Rioja han ido construyendo identidades por encima de la ecijana o la logroñesa. Por último, el espacio del sindicato (la fábrica, el campo, el teatro) se fragmentó e incluso ha desaparecido del horizonte de muchas personas, especialmente con esta crisis.

Por ello, la historia de la geografía política de la democracia es la historia de la disolución de los espacios del franquismo como baluartes de la cotidianidad y su sustitución por una miríada de nuevos espacios de vida: los barrios, las calles y las plazas para los jóvenes; la región (o la nación) para las ilusiones políticas de muchos; los centros comerciales de la periferia para las familias; el extranjero para la clase media… Sucesión de espacios para una sucesión de ideas políticas. Los jóvenes, desposeídos del horizonte de una vivienda (e incluso de una familia propia), estructuran su sociabilidad espacial de manera distinta: no hay refugio, o, mejor dicho, el refugio estará fuera, no dentro. La espacialidad de los jóvenes se plasma en el exterior, desde el botellón hasta Can Vies, desde bares informales de “quinto-y-tapa-a-un-euro” en el centro histórico a microactuaciones de transformación anticapitalista del espacio urbano periférico.

Vaticinemos que la irrupción de nuevas ideas políticas en España deberá motivar, en consecuencia, la irrupción de nuevos espacios de vida, participación y sociabilidad. Revisemos algunos escenarios. Primero: la vivienda volverá a ser estandarte de la insurgencia urbana (ya lo es, con las plataformas antidesahucio). Segundo: los espacios sociales de vida se formarán en torno a Can Vies, Gamonal o el Cabanyal-Canyamelar. Ni toda Barcelona, ni todo Burgos, ni toda Valencia serán los espacios de resistencia que articularán movimientos. Tercero: las tensiones sobre el Estado-nación continuarán, pues la erosión del Estado de bienestar no podía dejar inalterado a este, su reverso espacial por excelencia. Así pues, serán previsibles nuevos reacomodos de espacios de vida política más allá del caso catalán y escocés. Cuarto: lo mismo pasará con el municipio, que cederá su protagonismo a nuevas áreas metropolitanas cooperantes, fusionadas y a grandes macrorregiones urbanas con superalcaldes. Quinto: el espacio laboral, como la sociedad, fluirá sin fronteras y sin límites estrictos. Por último, se advierte una consecuencia final: la monarquía de Juan Carlos tuvo en el Estado de las autonomías su plasmación espacial (y viceversa). La de Felipe de Borbón deberá buscar también su nuevo espacio geopolítico, pues la ley de Schmitt certifica que es imposible continuar como hasta ahora. Y es que política y espacio siempre van de la mano.

Josep Vicent Boira, Doctor en Geografía por la Universitat de València y profesor en el Departament de Geografia de la misma.

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