Nueva izquierda, ¿nueva o casposa?

Lamentablemente, no fue posible formar un Gobierno de coalición de centro-izquierda con el que se hubiera abierto una nueva etapa política en nuestro país, y con ella una nueva esperanza para los millones de españoles que votaron a favor del cambio. Se frustró un proyecto que hubiera permitido abordar con consenso e ideas renovadas los grandes problemas del país: el paro, la corrupción, las duplicidades administrativas, las tensiones territoriales y la educación. No ha sido posible. Somos muchos los que señalamos a un responsable principal de nuestra frustración: Podemos, y, en particular, Pablo Iglesias y su radicalismo verbal, que tanto recuerda el lenguaje de ciclostil clandestino de los años 60 y 70 del siglo pasado. Una versión actualizada de Lenin, González y Anguita han dicho.

No pongo en duda la pertinencia de un movimiento de hondo calado social, resultante de la depresión económica que nos mantiene en vilo y que tanto ha perjudicado a quienes menos tienen. La raíz ética y las acusaciones certeras del movimiento indignado no deben tomarse a la ligera. Responden a una crisis sistémica que va mucho más allá del bache económico o de la corrupción estructural. Crecen en paralelo la miseria y el lujo, las necesidades más básicas y el despilfarro, la pobreza y la ostentación. Hay una base social amplia que hoy contesta abiertamente el neoliberalismo y su secuela más grave: la desigualdad.

Nueva izquierda, nueva o casposaAhora bien, la pretensión de Podemos de llevar la protesta y la tensión social por derroteros veterocomunistas con un discurso arrogante y despreciativo para con el resto de formaciones políticas resulta anacrónica. Su negativa a negociar con la socialdemocracia (en otro tiempo era con los blancos o los mencheviques) tiene cierta similitud con las acusaciones y diatribas comunistas lanzadas contra los partidos de la Segunda Internacional que serían finalmente los protagonistas de la Europa de progreso social que siguió a la segunda guerra mundial.

¿Recuerdan ustedes las connivencias antisocialistas de comunistas y nazis en la Alemania de preguerra? Yo escucho lo que me parecen ecos de aquellas pullas en las arrogantes palabras de Iglesias, que parecen más bien destinadas a crispar los ánimos de las masas y predisponerlas al asalto de la Moncloa que a pensar una alternativa económica y territorial de progreso. Su deseo de controlar el Centro Nacional de Inteligencia me dejó pensativo. No es que el secretismo de Estado me sea particularmente grato, pero cualquier aprendiz de la agitación sabe que resulta imposible hacer saltar el sistema por los aires sin apropiarse de los mecanismos íntimos del poder. Esto ya lo vimos durante el Terror francés, en los comunismos de obediencia, en los fascismos. Más, no.

Una amplia mayoría progresista de este país desea reformas profundas del capitalismo neoliberal. Espera con ansiedad nuevas propuestas económicas; exige que se pongan límites razonables al enriquecimiento personal y un freno a la especulación bursátil y el tráfico de capitales. Pero no estamos por la marcha atrás a lo Maduro ni estamos por redescubrir la Alemania del Este. Hemos leído a Orwell y a Koestler y a Gide y a Judt, y a tantos otros que nos han prevenido contra los idealismos radicales. ¡Cuidado cuando la bondad se defiende prescindiendo de las buenas personas! Fuimos testigos del ridículo maoísmo de Sartre y del castrismo de la izquierda francesa; por ello nos alarman las frívolas posiciones políticas de Podemos respecto a Venezuela, ETA o el terrorismo. Por no hablar de su guiño, táctico y oportunista, al independentismo, cuando podría sumarse a la racionalidad federal.

Vivimos en una España políticamente plural y culturalmente diversa que viene de la mejor etapa de su historia. Este es un patrimonio que no debemos malgastar. El discurso podemita huele a rancio; carece del frescor que cabría esperar de una revuelta imaginativa de principios del siglo XXI; se enreda en las telarañas ochocentistas del Manifiesto Comunista cuando no en el estalinismo. Ahí tienen la consulta a las bases, una variante actualizada de la exaltación democrática del Gran Timonel; ahí tienen la depuración de Sergio Pascual; ahí tienen el pacto de conveniencia con Izquierda Unida, lo poco que queda del eurocomunismo en Europa. Es curioso que un partido que nace en la universidad nazca anclado en un pasado intelectual casposo, demagógico, de cuya práctica política solo quedan aisladas rémoras en proceso de autoliquidación.

Lamentablemente, se nos viene encima una legislatura posiblemente presidida por el PP de siempre gracias a la verbosidad de bar de copas de los recién llegados a la izquierda, cuyo ardor anticapitalista puede acabar en una decepcionante, ineficaz y trasnochada gesticulación.

Antonio Sitges-Serra, Catedrático de Cirugía (UAB)

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