¿Nueva o vieja política?

Vivimos tiempos convulsos producto de la pérdida de confianza en la política por un segmento muy importante de la población mundial. La globalización nos da más oportunidades, pero también aumenta los riesgos si no sabemos interpretar bien los cambios y aprovechar las nuevas posibilidades.

La revolución tecnológica ha multiplicado esas oportunidades, aunque sólo las aprovechen aquellos que además de incorporar la tecnología a su realidad profesional, han sabido ver que la clave estaba en aplicar después la innovación para adaptarse y dar respuesta a los retos que a todos se nos plantean.

La economía productiva debe impedir que la economía financiera se lo lleve todo. Las empresas maduras deben reinventar sus modelos de negocio para seguir siendo competitivas y las nuevas tienen que partir de un plan de negocio viable. Las redes sociales e internet han democratizado la comunicación y han intercambiado roles entre los que se consideraban importantes y quienes realmente lo son. Los derechos deben equilibrarse con responsabilidades si no queremos gripar el sistema. Los partidos deben transformarse y ser nuevamente instrumentos útiles. La política también.

¿Qué entendemos por vieja política? Aquella que parte de prejuicios ideológicos que convierten después en dogmas de fe. Aquella que sigue pensando que la democracia representativa da carta blanca a quien gobierna para hacer lo que le dé la gana. Aquella que a pesar de no tener mayoría absoluta quiere gobernar como si la tuviera.

Aquella que entiende que para obtener la confianza de la ciudadanía, es mejor derruir el proyecto del partido contrario, que convencer con las soluciones que aporta el propio. Aquella que interpreta el bipartidismo como la estabilidad del sistema, cuando lo que realmente provoca es la división social en bloques a veces irreconciliables. Aquella que cree que la corrupción es soportable si la economía funciona bien. Aquella… sí, también aquella que diciendo que es nueva, representa la vuelta al populismo que tantas veces ha derivado en regímenes totalitarios.

¿Pero entonces, qué es la nueva política? La que partiendo de un diagnóstico certero y compartido por la mayoría de la sociedad, ha entendido que había llegado el momento de resetear el sistema para expulsar la corrupción de la política, para democratizar los partidos sin caer en el asamblearismo. También para hacer leyes electorales más justas y para garantizar la división de poderes que consagra nuestra carta magna.

Asimismo para dotarnos de una ley educativa forjada desde un gran consenso, para racionalizar la administración evitando sus duplicidades, para expulsar la política de los espacios que deben ser propiedad de la sociedad civil y, entre otras muchas cosas, para entender que la democracia representativa no sustituye a la participación directa de la ciudadanía en los asuntos públicos que les atañen reconocida en el artículo 23.1 de la Constitución española.

Pero si simplemente reseteáramos el sistema de la política, utilizando el símil de la tecnología, corregiríamos errores y vicios del pasado reciente, pero no conectaríamos completamente con lo que realmente representa la nueva política en este inicio de siglo XXI. Y es por ello que Ciudadanos como partido ha aplicado la innovación, para regenerar el sistema clásico, de cara a ser un instrumento mucho más efectivo y útil para la sociedad a la que nos debemos.

Desde Ciudadanos partimos de valores éticos y sociales pero nunca sacralizados como dogmas de fe. Frente a la división irreconciliable de clases sociales, plasmadas en ideologías de izquierda y derecha, nosotros entendemos que todos somos compatriotas, y que el diálogo no se reduce a nuestros cercanos ideológicos, sino al conjunto del espectro constitucionalista.

En Ciudadanos evitamos los debates populistas e ideológicos de confrontación, buscando puntos de encuentro que nos permitan construir buenos consensos. Los políticos de Ciudadanos intentamos simplificar la política a la aplicación del sentido común para resolver los problemas cotidianos. Ni somos adalides de los ricos, ni el Robin Hood de los pobres. Queremos generar riqueza y repartirla un poco mejor. Queremos un país con una sociedad en igualdad de oportunidades, sin discriminaciones, con un sistema que aporte oportunidades para que el esfuerzo y el talento triunfen, pero que a la vez ayude a que nadie se quede en la cuneta.

La derecha se siente cómoda en su almena, la izquierda siempre dispuesta para asaltar el castillo. El centro es que todos vivamos en comunidad, prosperidad y paz. Para mí país no quiero el populismo de Podemos que se toca en el extremo a veces con el propio Trump, tampoco comparto el inmovilismo y autocomplacencia del PP al que si dejásemos solo se contentaría simplemente con blanquear la fachada, ni podríamos soportar en este momento perdernos en el laberinto de contradicciones en el que se encuentra inmerso actualmente el PSOE.

Hace unos años le dije a Albert Rivera que España necesitaba un partido como el suyo a nivel nacional, algo que hoy es una clara realidad. Hoy me siento feliz de poder sumar desde el Congreso de los Diputados al proyecto de Ciudadanos. España lo necesitaba, yo también.

Luis Salvador es diputado en Cortes por Ciudadanos.

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