Nueva Orleans, promesas rotas

Por Paul Krugman, profesor de Economía en la Universidad de Princeton. Traducción de News Clips (EL PAÍS, 31/08/06):

En septiembre del pasado año, el presidente Bush estuvo en Nueva Orleans, donde acababa de volver la luz por primera vez desde el Katrina, y prometió "uno de los mayores esfuerzos de reconstrucción que el mundo haya visto jamás". Luego se marchó y la luz se volvió a ir. Lo que pasó después fue una repetición de lo ocurrido después de que Bush pidiera al Congreso que asignara 18.000 millones de dólares para la reconstrucción de Irak. En los meses posteriores, los congresistas que visitaron Irak volvieron con relatos optimistas sobre las cosas maravillosas que se estaban haciendo allí, como repintar escuelas y, mmm, repintar escuelas.

Pero cuando la Autoridad Provisional de la Coalición, que dirigía Irak, cerró el tenderete nueve meses después, resultó que sólo se había gastado el 2% de los 18.000 millones de dólares, y que sólo un puñado de los proyectos que supuestamente debían haberse financiado con ese dinero habían sido al menos iniciados. Al final, Estados Unidos no consiguió siquiera efectuar las reparaciones más básicas de las infraestructuras iraquíes; actualmente, Bagdad dispone de menos de siete horas de electricidad al día.

Y lo mismo ocurre en nuestra propia costa del Golfo. Al gobierno de Bush le gusta hablar de todo el dinero que ha asignado a la región, y planea un bombardeo publicitario para convencer a Estados Unidos de que está haciendo un magnífico trabajo para ayudar a las víctimas del Katrina. Pero como los iraquíes han descubierto, asignar dinero y usarlo de hecho para la reconstrucción son dos cosas distintas, y por el momento el Gobierno de EE UU no ha hecho casi nada para cumplir las promesas del año pasado. Es cierto que se han gastado miles de millones en ayuda de emergencia y en limpieza. Pero ni siquiera se ha terminado la limpieza: casi la tercera parte de los desechos causados por el huracán en Nueva Orleans no se han retirado aún. Y el proceso de pasar de la limpieza a la verdadera reconstrucción apenas ha comenzado.

Por ejemplo, aunque el Congreso asignó 17.000 millones de dólares al departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano para compensar los daños causados por el Katrina, principalmente para proporcionar ayuda en efectivo a los propietarios de casas, hasta la semana pasada ese departamento sólo había gastado 100 millones de dólares. Los afectados de Luisiana no han empezado a recibir los cheques del programa financiado por la administración federal hasta hace unos días. Misisipi, con un programa similar, sólo ha enviado hasta el momento unas dos docenas de cheques. Los gobiernos locales, a los que se prometió ayuda para reconstruir instalaciones como parques de bomberos y sistemas de alcantarillado, no han salido mucho mejor parados en lo que a recibir de hecho ayuda se refiere.

Un artículo publicado recientemente en The National Journal describe una situación kafkiana en la que a pueblos y parroquias devastados que solicitan fondos federales se les han exigido demasiados requisitos, haciéndoles emplear un dinero y un tiempo que no tienen en cosas como demostrar que los árboles caídos fueron en realidad derribados por el Katrina, para inmediatamente exigirles aún más papeleo.

Indudablemente, los que defienden la actuación del Gobierno afirmarán que la culpa de que no se avance no la tiene Bush, sino la ineficacia inherente a la burocracia de la administración pública. Eso es lo bueno de ser un conservador partidario de la constante reducción de los poderes y tareas del Estado: aunque fracases en la tarea de gobernar, puedes reivindicar tu ideología. Pero las burocracias no tienen por qué ser tan ineficaces.

El hecho de que no se avance en la reconstrucción refleja falta de liderazgo en la cima. Bush podría haberse movido con presteza para hacer realidad sus promesas de reconstrucción. Pero no lo ha hecho. A medida que los meses avanzaban con pocos signos de acción por parte de la Casa Blanca, desaparecía toda urgencia para desarrollar un plan de reconstrucción. Bush podría haber nombrado a alguien visible y enérgico que supervisara la recuperación de la Costa del Golfo, alguien que pudiera actuar como defensor de las familias y de los gobiernos locales necesitados de ayuda. Pero no lo ha hecho. ¿Cuántas personas saben siquiera cómo se llama el presunto zar de la reconstrucción?

Bush podría haber intentado arreglar el FEMA, el organismo federal para la gestión de emergencias, cuya eficacia destruyó mediante el amiguismo y la privatización. Pero no lo ha hecho. El FEMA sigue siendo una organización desmoralizada e incapaz de volver a llenar sus filas: en la actualidad tiene menos del 84% del personal al que está autorizado. Quizá la ayuda prometida a la región del Golfo llegue de hecho algún día, pero para entonces probablemente sea demasiado tarde.

Muchos ex residentes y propietarios de pequeños negocios, cansados de esperar una ayuda que no llega, se habrán instalado permanentemente en otra parte; los negocios que permanecieron abiertos, o que reabrieron después del huracán, se habrán hundido por falta de clientes.

En Estados Unidos, como en Irak, la reconstrucción retrasada es una reconstrucción negada y, una vez más, Bush ha roto una promesa.