Nueva visión de un pasado distante

«EL pasado es un país extranjero: allí hacen las cosas de otra manera». Rara vez estas famosas palabras escritas por la novelista del siglo XX Leslie Hartley al principio de su novela El mensajero han resultado más apropiadas que durante un viaje a los pueblos medievales «sajones» de Transilvania, ahora en Rumanía aunque formó parte de Hungría durante mucho tiempo y en su día aspiró al autogobierno. Porque se trata de un viaje al pasado.

Estos dos centenares de pueblos fueron construidos en el siglo XII por los alemanes, que acudieron invitados por el rey Geza II de Hungría para que le ayudaran a defenderse contra los tártaros y los mongoles que, en aquella época, siempre estaban irrumpiendo en las zonas pobladas de Europa Oriental y marchándose de ellas. Los enemigos también eran polacos y griegos, y más tarde llegaron a serlo los turcos. Estos «sajones» llegaron en realidad desde Luxemburgo y la región del Mosela. La leyenda cuenta que descendían de los habitantes de Hamelín, cerca de Hamburgo, a los que sedujo la melodía del famoso flautista, quien les hizo abandonar sus casas. Pero no cabe duda de que hablaban con un marcado acento luxemburgués.

La endogamia de estos alemanes fue absoluta hasta, como mínimo, el siglo XX. Vivieron apaciblemente durante muchas generaciones en sus hermosas aldeas antiguas, ligeramente curvilíneas y en tranquilos valles, cuya característica más interesante era una iglesia protegida por una fuerte muralla defensiva. Estas iglesias suelen ser de una belleza exquisita. La iglesia de Malancrav, cerca de donde me alojé, posee un fascinante retablo renacentista (del año 1520, aproximadamente) y un original friso de escenas sagradas que probablemente se diseñó a finales del siglo XIV. Aparte de las imágenes que describen el calvario de Cristo y la historia de Judas, hay allí un relato dedicado a San Jorge y el dragón. En la iglesia hay espacio para unas 100 personas. Las iglesias se construían para los católicos, pero los luteranos se apropiaban fácilmente de ellas.

Pero ahora, como en la mayoría de los sitios, no es habitual que los domingos acuda a misa un centenar de personas. Hay una explicación especial. La caída en 1990 de Ceauçescu, el dirigente comunista, y el hundimiento contemporáneo de la Unión Soviética dieron pie a una generosa oferta de libre circulación y asilo por parte del Gobierno alemán a todos los alemanes que vivían fuera del renacido país unificado. De modo que, después de su estancia de 800 años en Transilvania —o en Hungría y Rumanía— la mayoría de los sajones volvió a «casa», al país de origen de sus antepasados lejanos. No cabe duda de que, en parte, tomaron esa decisión por los durísimos castigos que les impusieron los rusos después de 1945, cuando muchas personas inocentes fueron enviadas a campos de trabajos forzados en la Unión Soviética. Los rumanos y los gitanos ocupan ahora su sitio. Sigue siendo característico de estos pueblos que las largas listas de hombres muertos en las dos guerras mundiales combatiendo por Austria-Hungría o Alemania vayan acompañadas de una tercera lista, la de quienes murieron entre 1945 y 1953 en los campos de trabajo rusos.

Las aldeas siguen teniendo un carácter especial. La agricultura es simple y tradicional. Los caballos se usan constantemente y los búfalos siguen utilizándose ocasionalmente para arar. Las casas de campesinos pintadas con colores brillantes están preparadas para guardar el ganado que entra y sale a primera hora de la mañana y al anochecer, con la misma regularidad que los trabajadores de una oficina. Por lo general, las casas no tienen suministro de agua corriente, pero sí pozos. Las bombas, con sus cubos oscilantes, situadas en el centro de los pueblos, dan la impresión de llevar miles de años usándose. La sensación de paz es extraordinaria. Oímos el ruido constante de los caballos trotando entre una aldea y otra, ya sea de uno en uno o en grupos de dos. Como el uso de los fosfatos ha sido mínimo, las mariposas, los pájaros y las flores silvestres típicas están por todas partes. Las flores silvestres en particular son extraordinariamente diversas y hay muchas que están bastante olvidadas en el resto de Europa. Cuando tienen nombres distintos de sus equivalentes linneanos, la lista de flores se lee como si fuese un poema.

Yo me preguntaba cuándo se usaron realmente esas iglesias fortificadas para la guerra por última vez. No parece que aquí hayan pasado muchas cosas desde la Reforma pero, sea como sea, es fácil imaginar a la gente del pueblo enclaustrada tras los grandes muros y en la iglesia mientras los tártaros arrasaban el exterior.

La raza o los orígenes de quienes viven ahora en estos distritos alemanes son variopintos. Ahora hay pocos alemanes de linaje antiguo, unos 20.000, digamos. Hay rumanos. Hay gitanos, cuyas mujeres a menudo llevan largos vestidos rojos. Hay unos cuantos húngaros descendientes de familias aristocráticas como la de Apafi (este verano me alojé en la mansión Apafi) o la de Bethlen (visité el castillo en ruinas de los Bethlen en Kris), que dirigieron la región en el pasado. Mis amigos alemanes de la zona me aseguran que la armonía entre las distintas gentes es absoluta. No estoy demasiado seguro de eso y he visto claramente que los largos siglos de cultivo de la vid encima de los pueblos han llegado a su fin. Las terrazas siguen ahí, pero no hay cepas.

Un importante avance en la región ha sido la creación de una fundación que lleva el nombre de un poeta rumano, Mihail Eminescu, quien murió en 1910. Fundada en Inglaterra por un amigo mío de Londres, ha recaudado dinero con el fin de preservar la vida rural, mantener los edificios, especialmente las iglesias y, hasta cierto punto, la agricultura. La fundación, movida sobre todo por la belleza del paisaje, ha apuntalado también talleres locales como los de fabricación de azulejos o las herrerías. También han ideado un «proyecto de pueblo integral» que ha obtenido el reconocimiento internacional, en parte por el interés que ha mostrado por él el príncipe Carlos, quien ha comprado una pequeña casa en la encantadora aldea de Viscri y se ha convertido en patrocinador. Su apoyo ha tenido un efecto mágico y ha sido muy útil para animar a quienes han dedicado tiempo y esfuerzo al ambicioso proyecto, que seguramente podrían imitar otros países europeos más ricos como Francia o incluso España, donde las antiguas tradiciones agrícolas todavía no se han olvidado por completo o podrían recuperarse. En la iglesia de Biertan vi un cartel que decía: «Te queremos, príncipe Carlos». Un gran logro para él haberse ganado un afecto así a tanta distancia.

Hugh Thomas, historiador.

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