Nueva York 11-S: el final de la edad de la inocencia

Por Borja Bergareche, abogado y master en Relaciones Internacionales por la Universidad de Columbia (EL CORREO DIGITAL, 11/09/06):

En 1630, el pastor puritano John Winthrop acuñó la metáfora radiante y optimista sobre la que se erigiría, más de un siglo después, la joven nación norteamericana: «Seremos como la ciudad sobre la colina, hacia la que se dirigen todas las miradas». En la pasada década de los noventa, el presidente Bill Clinton, en el apogeo de la última era alegre del poder estadounidense, definió a EE UU como «la nación indispensable», el faro de un mundo que avanzaba hacia la eterna felicidad. Hasta que, hace ahora cinco años, estos tres siglos y medio de inocencia llegaron a su fin. Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, la envejecida nación americana sustituyó de golpe el dulce trago del elixir de la eterna juventud por el sabor amargo de la cruda realidad. Ahora, cinco años después, el país intenta recuperar una ‘nueva normalidad’ en la que su tradicional optimismo debe convivir con el miedo permanente, una creciente sensación de fracaso y las limitaciones de un poder que, todavía el 10 de septiembre de 2001, creían infinito.

Aquél día murieron 2.749 personas. Ocho millones de neoyorquinos, por tanto, sobrevivieron a los ataques. Según el ‘New York Times’, la población de la ciudad ha crecido en 134.000 personas entre el año 2000 y el 2005. En este periodo, el saldo de su población extranjera indica que vive en la ciudad medio millón más de ciudadanos de otros países. Por el contrario, el saldo en cuanto a la población nativa es negativo: la diferencia entre los estadounidenses que se han mudado a Nueva York y los que se han ido a alguno de los 50 Estados de la Unión es de 800.000 a favor de estos últimos. La conclusión es clara: muchas personas que hoy viven en la ciudad no estaban en ella el día de los atentados. Nueva York se divide por tanto entre quienes tienen una historia que contar porque estaban aquí el 11-S y quienes sólo pueden preguntar, y escuchar, para dotar de rostros y voces a las imágenes que recorrieron el mundo.

Con este nuevo repertorio de historias que sumar a las leyendas urbanas de la más legendaria de las ciudades, Nueva York ha recuperado el pulso. El mes de septiembre ha comenzado con los flashes y desfiles de la ‘NY Fashion Week’, la semana de la moda. Modelos, estilistas, cazatalentos, diseñadores, guapos y guapas se saludan en las esquinas del Village, aparentemente aislados del mundanal ruido a su alrededor. Más al sur, los vecinos del distrito financiero, escenario de la tragedia, conocían nuevos detalles de los planes urbanísticos para la ‘zona cero’. El promotor Larry A. Silverstein ha anunciado que tres nuevos rascacielos acompañarán a la Freedom Tower diseñada por el arquitecto Daniel Libeskind. Los arquitectos británicos Norman Foster y Richard Rogers y el japonés Fumihiko Maki deberán construir para el año 2012 las torres 2, 3, 4. Ni siquiera la altura de la más alta de estas tres nuevas torres, los 410 metros de la torre 2 de lord Foster -más alta que el Empire State- logrará hacer sombra a los descomunales 540 metros de la torre 1 de Libeskind, en un nuevo conjunto urbanístico asediado por la polémica.

La ciudad intenta recuperar la normalidad refugiándose en aquello que mejor la define: las reuniones de famosos, el desenfreno inmobiliario y la implacable disciplina del trabajo redentor. Pero ya nada será igual, porque la ciudad que nunca duerme ha descubierto el miedo. Una encuesta reciente para ‘The New York Times’ y la cadena CBS indica que dos tercios de los ‘newyorkers’ están ‘muy preocupados’ ante la posibilidad de un nuevo ataque contra la ciudad, una cifra sólo ligeramente inferior a la que existía en el otoño de 2001. Seis de cada diez encuestados no aceptarían un puesto de trabajo en los pisos altos de los nuevos rascacielos de la ‘zona cero’. Y casi un tercio de los encuestados afirma pensar en el 11-S cada día. El 11-S se ha convertido en la obsesión latente en la ciudad de los psicóticos, que vive ahora en un clima de temor e incertidumbre que ni pasarelas ni nuevos rascacielos lograrán aliviar.

Además, este nuevo ambiente a base de alertas antiterroristas ha cambiado para siempre la ubicación de la ciudad en la geografía mental y política del país. Si en la campaña electoral de las presidenciales de 2004 abundaban las propuestas para separar la ciudad de la Unión, cortar amarras y unirla a Europa por el Atlántico, la ola de solidaridad tras los atentados de Al-Qaida y el miedo compartido han acercado la ciudad al resto de EE UU, han americanizado Nueva York. Prueba de ello es que hasta cuatro políticos de la ciudad tienen serias posibilidades de ser candidatos presidenciales en 2008, algo inaudito a todos los efectos si tenemos en cuenta que ningún ‘newyorker’ ha sido elegido presidente desde que Franklin D. Roosevelt obtuvo su cuarta mandato en 1944. Ahora, la senadora demócrata Hillary Rodham Clinton, el ex alcalde republicano Rudolph W. Giuliani, el multimillonario alcalde independiente de la ciudad, Michael R. Bloomberg, y el gobernador republicano del Estado George E. Pataki figuran en las quinielas presidenciales. Pero los cuatro saben de primera mano que, de convertirse en presidentes, heredarían un país que ya no se parece en nada al que soñó el puritano Winthrop.

EE UU ha descubierto bajo los escombros de las Torres Gemelas la huella de su propio fracaso, el reflejo de un país incapaz de cuidar de los suyos. Un informe publicado esta semana por el prestigioso hospital Monte Sinai de Nueva York concluye, tras haber mantenido en observación entre julio de 2002 y abril de 2004 a 10.000 trabajadores de los servicios de urgencia que trabajaron en los escombros de la ‘zona cero’, que el 70% tiene problemas pulmonares y que la mayoría estará enfermo el resto de su vida.

Nueva York se ha convertido en una ciudad de asmáticos, sinusitis y bomberos prejubilados. Actores y famosos siguen organizando galas benéficas para estos nuevos héroes y se acercan a llevar galletas y cheques a las estaciones de bomberos de sus barrios. Hasta 5.000 candidatos engrosan la lista de espera para pasar a forma parte de este codiciado y admirado cuerpo formado por 11.000 vecinos vestidos con buzos azules y amarillos y armados de cascos, hachas y mangueras, del que sólo el 2% vive en Manhattan. Pero la realidad del ahora mítico cuerpo de bomberos de Nueva York tras haber perdido a 343 de los suyos en el 11-S es otra. Su día a día lo conforman las pastillas para dormir y los tranquilizantes con los que intentan olvidar el horror, las luchas legales por obtener pensiones de invalidez dignas, acusaciones soterradas de cobardía e infamia en el ‘día D’, y apenas 500 dólares después de impuestos de paga semanal. Cinco años después, el mito del 11-S ha dado paso a la revisión a la baja de las glorias y gestas del día en que América se despertó para encontrarse inmersa en una pesadilla.

El descenso más vertiginoso ha sido el del entonces alcalde Rudolph Giuliani, el héroe de la jornada que consoló al aterrorizado pueblo de Nueva York mientras la presencia reconfortante del presidente y el vicepresidente brillaba por su ausencia. Las numerosas comisiones de investigación de los atentados han destapado el caos y la falta de coordinación que caracterizó a la respuesta de las autoridades ante la emergencia. La falta de un puesto de mando unificado de bomberos y policía y la asombrosa falta de interoperabilidad de las radios de estos dos cuerpos clave en semejante situación han acabado con la reputación, y el jugoso negocio, de Giuliani como máxima autoridad mundial en liderazgo y gestión de crisis.

Cinco años después de los atentados terroristas del 11-S, EE UU ha visto cómo el optimismo impenitente de la ‘nación indispensable’ se ha tornado en una dolorosa sensación de fracaso colectivo, sin duda agravada al ver cómo la misma falta de previsión y profesionalidad en la gestión de crisis permitía a la naturaleza llevarse con ella la ciudad de Nueva Orleáns. Del delirio del presidente Bush y sus asesores neoconservadores, que creyeron que el poder imbatible e implacable de la superpotencia caería con proporciones bíblicas sobre los culpables reales (Al-Qaida) e imaginarios (Sadam Hussein) del 11-S, hemos pasado a unos índices de popularidad de Bush por los suelos después de alcanzar el 89% en los meses posteriores a la crisis, y a la noticia que mejor simboliza este quinto aniversario: el anuncio de Tony Blair de que abandonará su puesto en un año. Se van así, uno a uno, los protagonistas de la foto de las Azores. Para los que nos quedamos, quizás lo peor esté por venir.