Nuevamente el desierto

Por Joan Garí es escritor (EL PAÍS, 25/10/05):

Si hay algo intolerable para cierta idea de lo español, si hay una situación condensadora del asco metafísico y la cefalea más inquietantemente patriótica, si hay un dedo que se crispa en el gatillo de una pistola imaginaria, todo ello se genera con la figura mítica aunque ya peligrosamente manoseada del catalán que le habla a España -del catalán que reclama lo que España debe ser-.

Lo que repugna del proyecto del nuevo Estatut d’Autonomia de Cataluña no es la nación verbalizada ni la pasta gansa, ni las competencias exclusivas ni ese afán incomprensible de los indígenas por utilizar su propia lengua -por proclamar la plena propiedad de su idioma materno-. Todo eso son bagatelas. Ya conocemos a estos tipos. Viajantes de comercio, poetas, mecenas con barretina, socios del Barça, cristianos que le hablan a Dios sin pasar por Lavapiés. Qué se puede esperar de esta gentuza. Pero lo repugnante no es todo eso. Lo auténticamente intolerable es el catalán que se alza como el niño del cuento ante el gigante, y le dice a España lo que quiere de ella. Artículo quinto del preámbulo del Estatut: “Cataluña considera que España es un estado plurinacional”. El acabose. Anson de los nervios, Pedro Jota reclamando de sus Exuperancias doble ración, Jiménez Losantos a punto de ahorcarse con su micrófono, Rajoy cada vez menos gallego y más madero, Rodríguez Ibarra y Bono chillando juntos “¡A mí la legión!”. Un catalán que se atreve a manifestar su idea de España. Como si ellos fueran españoles. Porque Cataluña tiene derecho a sentirse independiente, pero no tiene derecho a sentirse España -a sentir España como le dé la gana- Vale Joan Maragall cuando concluye “Adéu Espanya!”, pero no vale su nieto, Pasqual Maragall, cuando dice ¡Hola! a un estado plurinacional.

Pero pasa a veces, qué duda cabe. En la última guerra civil, pongamos por caso. Algunos ciudadanos de Cataluña tuvieron dificultades para reconocerse en cualquiera de los dos bandos que chocaban en los frentes. Eran leales a la República y por ende a la democracia, y después se preguntaban qué tenían en común con los legionarios fascistas o con los milicianos de la FAI. Estos ingenuos fueron dos veces derrotados y vagaron por la posguerra con la vidriosa sensación de que el exilio era un estigma que sólo se padece realmente cuando se ha creído firmemente en alguna forma de civilización. Con todas estas lecciones aprendidas, un hombre, un antiguo periodista, se instala en Madrid -la ciudad de “un millón de cadáveres” de Dámaso Alonso- y funda una editorial. Por las noches este hombre, a cuya cabeza pusieron precio los rojos y los blancos, comenta las señales más llamativas de la actualidad de un país en ruinas y se siente tan solo como un profeta en su desierto: “Las escasas tres docenas de españoles que lo vemos claro somos dignos de lástima. Embarcados siempre a la fuerza en una nave capitaneada por algún timonel loco, sentimos el peligro, pero nada podemos hacer para evitarlo”.

El hombre que escribe estas palabras es Agustí Calvet, conocido con el seudónimo de Gaziel. La editorial Destino ha recuperado ahora para los lectores del castellano sus memorias de posguerra, Meditaciones en el desierto, un libro valiente, más que lúcido, escrito por supuesto para esconderlo inmediatamente bajo las sábanas dobladas en un cajón de la cómoda. Gaziel, ex director de La Vanguardia hasta 1936, no puede olvidar que un periodista interpreta siempre el mundo. Y un periodista catalán interpreta siempre España. ¿Y qué dice este catalán? Se escandaliza, simplemente, de cómo la burguesía ha aceptado a Franco y cómo los intelectuales actúan de fieles propagandistas del fascismo.

Por estas páginas pasa Ortega inaugurando la cátedra del Ateneo de Madrid bajo el retrato del caudillo, el doctor Marañón resaltando en Río de Janeiro “el clima de libertad que se vive en España” (sic), Azorín aceptando la presidencia del patronato de la Biblioteca Nacional entre loas al “invicto Franco”: “Jamás los escritores más eminentes de este pobre país”, se indigna Gaziel, “habían caído en semejante bajeza”. También entre los catalanes encuentra prodigiosos casos de conversión personal: así, el izquierdista Josep Mª Massip (a quien escribe cartas imposibles), miembro de ERC y director de La Humanitat, es ahora un obediente corresponsal de ABC. O “nuestro ex separatista” Joan Estelrich se convierte en 1952 en uno de los embajadores de España en la UNESCO.

Gaziel cree, ingenuamente, que cuando se evalúe desde la distancia ese periodo histórico, el fenómeno de la “traición de los intelectuales” será el más inexplicable de todos. Pero basta leer El pensamiento cautivo de Milosz para convencerse de que, en todo acceso del totalitarismo al poder, las ratas intelectuales son las primeras que abandonan el barco de la libertad.

Sin embargo, Meditaciones en el desierto es más que un libro de lamentaciones por la traición de los mejores. También hay algo que nos suena mucho más actual. “Según el sentido que Castilla ha dado a España y ha impuesto a todos los pueblos peninsulares, con la sola excepción de Portugal, los catalanes no somos españoles”. Y luego añade: “Cataluña podría sentirse plenamente española si formara parte de una España que se pareciese a Suiza: trabajadora, menestral, burguesa, ordenada, pacífica, casera y de composición política federativa”. Bajo Franco, por supuesto -bajo la dictadura de los militares y los curas-, nada que se parezca al país helvético, ni siquiera las vacas. Pero, ¿no son esos términos de una actualidad intemperante e inhóspita? Cincuenta años después, hay en este país un nutrido rebaño de herederos de la España imperial -algunos disfrazados, otra vez, de “intelectuales liberales”- dispuestos a jugarse la vida para impedir que esta desgraciada península sea un lugar donde diferentes nacionalidades y lenguajes podamos convivir en pie de igualdad.

Gaziel, como tantos otros de sus compatriotas, quería seguir siendo catalán y español, pero cuando le mentaban los luceros y el imperio, le entraba un irreprimible dolor de muelas. Ahora Cataluña pide un nuevo Estatut y no quiere otro desierto como respuesta. ¿Habrá en la clase política española alguien con la suficiente altura de miras para comprender el envite?